El faro de Fisterra (Capítulo 4)

 



CAPÍTULO 4

I

Después del encuentro con Oán y con su mujer, Gabriela seguía allí, envuelta en la niebla que escondía el faro. Oán estaba frente a ella, pero no en forma de hombre.

No del todo.

Su figura no parecía real, estaba hecha entre la luz y la bruma, como si el faro quisiera moldearla a partir de un recuerdo. Pero había algo en ese ser que no podía dejar de observar Gabriela, esos ojos inconfundibles, los cuales brillaban con una intensidad difícil de explicar.

-          Non te achegues máis – le pidió Gabriela, muy asustada.

Oán inclinó la cabeza, como si le doliera escuchar esas palabras en sus entrañas.

-          Non quero facerche dano. Nunca quixen. Pero xa non queda tempo.

La niebla volvió a hacer acto de presencia a través de una vibración poco común, como si quisiera tomar la palabra.

-          ¿Qué eres? – pregunto Gabriela desconcertada y con mucho miedo en su interior.

-          O que queda dun camiñante. Un gardián da porta. Un que cruzou…e non puido volver.  

Gabriela volvió a sentir un escalofrío por todo su cuerpo. Las respuestas no la ayudaban. Seguía teniendo mucho miedo.

-          ¿Qué es un caminante? – preguntó con una mezcla de miedo y de curiosidad.

Oán la miró fijamente a los ojos, levantó la mano derecha  y la niebla se arremolinó a su lado, formando los símbolos de Ogham que flotaban en el aire, como si fuera una pizarra interactiva.

-          Os camiñantes somos aqueles que poden ver os dous lados. Os que poder abrir e pechar a porta entre mundos. Os que herdaron o sangue antigo.

Los símbolos se deshicieron con rapidez sobre la niebla.

-          E ti, Gabriela…ti tamén o es.    

El mundo se inclinó bajo sus pies.

-          No, yo no sé nada de eso.

-          Es o que sempre dixo túa nai. Pero non era verdade.

El nombre de su madre cayó como si fuera un rayo.

-          ¿Mi madre? ¿Qué tiene que ver ella con todo este asunto? – preguntó Gabriela herida.

Oán dio un paso adelante. Su forma tembló, como si la niebla se fuera desgarrando.

-          Ela era unha camiñante. A última…antes de ti.

Gabriela sintió que el aire le faltaba, se le escapaba del pecho a pasos agigantados.

-          Mi madre nunca me ha hablado de este tema. Nunca.

-          Ela quixo protexerte. Porque sabía que, se a luz te chamaba…non habería volta atrás.

II

Gabriela cogió la carta que había en la caja que se encontró en la puerta del faro.

La letra era firme y elegante.

La reconoció al instante. Era la letra de su madre.

“Se estás lendo isto, é porque a luz te chamou.

E porque Oán non puido volver”.

Gabriela sintió cómo le ardían los ojos, se le escapaban las lágrimas.

“Oán era meu irmán. O teu tío.

E ti herdaches o que el e máis eu herdamos.

A capacidade de ver o que outros non ven”

Gabriela dejó de leer la carta.

No podía.

Su mundo interior estaba roto. Se sentía engañada.

No entendía nada.

Oán era su tío. Su madre había sido una caminante.

Y ella…

Ella tenía en camino marcado. Era la siguiente.

 

III

En medio de la espesa niebla, hubo un claro donde se fue esparciendo y se volvía a ver el mundo. En ese claro, apareció la dueña del hostal. Iba caminando hacía ellos con una serenidad infinita.

Su figura parecía más alta, con mucha más luminosidad, como si la niebla supiera de quién se trataba.

-          Xa o sabe. Xa non hai volta atrás – le respondió a Oán.

Gabriela los miró a los dos como si siguiera sin entender la situación.

-          ¿Por qué nadie se atrevió nunca a decirme las cosas?

La mujer la miró con una ternura inexplicable.

-          Porque as mouras gardamos o que debe ser gardado. E a túa nai pediunos que te protexeramos. Que mantivésemos a porta pechada para ti.  

-          ¿Por qué? – preguntó Gabriela sin poder reprimir el llanto.

-          Porque ser camiñante é un don…e unha condena – le explicó la mujer -. Os camiñantes poden cruzar. Pero cada cruzamento deixa unha marca. E algún día…non se pode volver.

Oán comenzó a temblar.

Bajó su mirada al escuchar a la moura.

-          Eu non puiden volver. E agora…a porta esta abríndose de novo.

IV

El cielo de oscureció de golpe.

El faro, el cual llevaba horas apagado, resurgió de la nada y encendió la luz sin que nadie lo tocara.

Tres cortos.

Uno largo.

Dos pausados.

Y el trazo nuevo.

Una advertencia.

La niebla comenzó a rugir como si de un león enjaulado se tratara.

El mar dejó de estar en calma para proceder con unas elevaciones considerables, formando unos remolinos frente al acantilado.

-          A porta esta abrindo. E só un camiñante pode pechala – dijo la moura.

Gabriela sintió que el corazón se le salía del pecho.

-          ¿Qué ocurre si no la cierro?

La moura la miró con una tristeza muy profunda.

-          O outro lado virá aquí.

Oán se acercó a Gabriela y le extendió su mano derecha hacía ella.

-          Eu non podo facelo. Xa non pertenzo a ningún dos dous mundos. Pero ti…ti aínda podes escoller.

Gabriela se quedó pensativa mirando el faro.

La luz parpadeaba de una manera frenética, como un corazón a punto de explotar en cualquier momento.

V

Gabriela se armó de valor y dio un paso adelante hacía Oán.

-          Si cierro la puerta, ¿qué pasa conmigo?

Oán no se atrevió a responder.

Pero la moura sí.

-          Perderás algo. Quizais moito. Pero salvarás o que queda deste mundo.

Gabriela tragó saliva. Seguía sin decidirse.

-          ¿Y si no lo hago?

La moura bajó la mirada.

-          Entón perderémelo todo.

El mar volvió a hacer acto de presencia y rugió con todas sus fuerzas.

La niebla se abrió como un telón de fondo.

El faro emitió un destello tan fuerte que iluminó la costa entera.

Gabriela tomó aire profundo.

Miró a Oán a los ojos.

Miró la carta que llevaba en sus manos, la de su madre.

Miró la pulsera de plata que había regresado del mar.

Cerró los ojos, suspiró y caminó decidida.

Dio el paso.

Seguía los mandatos. Ella sería la nueva caminante.

VI

Gabriela colocó su mano sobre la barandilla del acantilado, la que tenía tallado el símbolo de Ogham.

El triskel brillaba más que de costumbre.

El faro respondió también.

La luz se volvió blanca.

Pura.

Cegadora.

La niebla soltó un grito ahogado.

El mar se abrió y se formó un pasillo.

La puerta apareció. En ella había un círculo de luz suspendido entre la arena y el mar.

Gabriela sintió que alguien tiraba de ella. Algo antiguo. Algo que conocía muy bien.

Oán la miró con orgullo. Una lágrima se le deslizaba por la mejilla.

-          Agora xa sabes quen es.

Gabriela se dejó llevar y cerró los ojos.

Y habló con todas sus fuerzas.

-          Pechar.

La palabra salió de su boca en Ogham.

No sabía cómo la podría conocer, si nunca lo había hablado.

Pero la conocía.

 

La puerta tembló.

La luz se contrajo dejando un hilo muy fino.

El faro emitió su último destello.

Y todo se volvió oscuro.

 

EPÍLOGO

Días después de la entrada al otro mundo, los pescadores comentaban entre ellos que la niebla había cambiado, ya no era como la de estos años anteriores. El faro ya no parpadeaba de forma incansable, al contrario, estaba muy tranquilo, al igual que el mar que, últimamente estaba muy alterado.

El pescador de la mirada triste y barba blanca ya no era el mismo. Sus compañeros lo notaban. Hablaba menos, miraba más al horizonte y cada tarde se quedaba en su barco, con las manos entrelazadas, esperando una señal.

Una mañana un joven pescador se acercó a él y le preguntó:

-          ¿E logo, que miras tanto?

El pescador poco dado a mirar a los ojos, siguió mirando el horizonte.

-          A nova gardía. Está aí.

El chico frunció el ceño sin entender nada.

-          ¿Quen?

El pescador sonrió con esa sonrisa apagada que solo tienen los que han visto y vivido demasiado.

-          A rapaza. A que veu cando non debía. A que marchou cando tiña que marchar.

El joven seguía sin entender nada, así que se marchó por donde hubo venido.

El hombre mayor de barba blanca respondió para él.

-          Non marchou. Só cruzou.

La dueña del hostal cerró la ventana y sonrió con tristeza.

-          A camiñante fixo a súa elección – dijo susurrando.

Como si el viento pudiera hablar, se escuchó un susurro que decía:

“Entre este mundo e o outro, só hai un paso…

e un corazón valente para cruzalo”.  

En el acantilado, apareció un nuevo triskel en la barandilla, el cual se añadía al anterior.

En la base del faro, donde nadie podía verlo, se encontraba una figura de luz que se encargaba de vigilar el horizonte, para que no ocurriera nada.

Oán.

Y a su lado, una figura mucho más joven.

Más firme.

Con la mirada fija y decidida.

La misma mujer de ojos claros.

Gabriela.

La nueva guardiana de la puerta.

La caminante que eligió quedarse entre mundos.  

 

El faro desde lo alto del cabo, respondió con un destello.

En esta ocasión no es ninguna advertencia.

Es una despedida.


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