I
Después de la charla con la
dueña del hostal, Gabriela no fue capaz de dormir. O si durmió, ni lo sintió.
Cada vez que intentaba
cerrar los ojos, volvía a ver como la niebla regresaba a ella, moviéndose como
si fuera una persona y, el triskel dibujado en el cuaderno latiendo como un
corazón antiguo. La frase pronunciada por la dueña del hostal seguía
martilleándole la cabeza: “Se el di que o mar devolve o que
colleu…corre”.
Cuando los primeros rayos de
luz iban iluminando la habitación, algo llamó la atención a Gabriela. Sobre su
mesilla de noche había dejado un amuleto muy especial: la pulsera de plata que
le había regalado su madre al cumplir los 18 años. Ahora no estaba. Miró
desconcertada por todos lados, incluso en el baño, por si la había dejado allí
olvidada, pero nada, no había nada.
Gabriela tenía a certeza que
no la había perdido. Al contrario, estaba segura que anoche, al irse a la cama,
la había dejado justo ahí.
En ese momento, el Faro a lo
lejos, emitió un destello.
Solo uno.
Como si quisiera mandarle un
mensaje.
Cuando Gabriela era pequeña
y sentía miedo en su casa, salía corriendo a su habitación, se metía en su
cama, abrazaba a su peluche favorito y se tapaba entera, como si eso fuera a
salvarla de todos los males. Pues ahora mismo se debate consigo mismo si
meterse dentro de la cama, cerrar los ojos y después, despertarse como si todo
hubiera sido una pesadilla.
II
Después de recuperar la
compostura, Gabriela bajó al comedor a desayunar. La dueña del hostal estaba
allí, pero en esta ocasión, no tejía, no limpiaba y tampoco fingía
indiferencia. Estaba deseando que apareciera su huésped.
-
Perdin algo. Una pulsera. Estaba en mi mesita – dijo Gabriela
sin dar los bos días.
La mujer la miró con una
mezcla de compasión y con un miedo interno.
-
O faro devolve o que colle. Sempre o fixo. Pero non sempre
devolve o que un espera.
Gabriela se sentó
apesadumbrada. Cada vez entendía menos esa situación con el faro.
-
Ayer, usted me dijo que era una moura. ¿Qué significa eso
realmente?
La mujer suspiró y miró al
techo como si ahí estuvieran todas las respuestas, como si cargar con ese peso
fuera demasiado grande.
-
As mouras somos fillas da néboa e da pedra. Nacemos onde a
terra fala, onde os ríos gardan segredos, onde as portas entre mundos se abren.
Non somos inmortais, pero tampoco morremos como os humanos.
Gabriela la escuchaba con
atención, sin parpadear.
-
¿Y se puede saber que guardan con tanto esmero?
-
Recordos. Promesas. E advertencias. Somos gardiás do que non
debe ser esquecido. E do que non debe ser liberado.
La mujer se acercó más a
Gabriela y con una mezcla de compasión y de cariño, le dijo:
-
E ti, Gabriela Souto, es parte dunha historia que comenzou
moito antes de que naceras.
Gabriela sintió nauseas. No
había comido nada, pero su estómago había decidido hacer una fiesta grande…
-
Señora, ¿de qué historia me está hablando? ¿Qué historia es
esa que tiene que ver conmigo antes de que yo naciera?
La mujer negó con su cabeza,
se levantó y antes de salir del comedor, dijo:
-
Iso non me corresponde dicilo a min.
III
Gabriela salió deprisa del
hostal hacía el puerto. Necesitaba respirar aire puro. Sus pasos la llevaron
hacía el barco del pescador que conoció el día anterior. El hombre de barba
blanca estaba sentado sobre una caja de redes haciendo hora, como si esperara
que Gabriela fuera a ir allí.
-
Sabía que volverías por aquí – respondió el hombre sin
apartar la vista de las redes.
Gabriela se acercó con paso
decidido al hombre.
-
Usted me dijo ayer que yo tenía los ojos como Oán.
El hombre asintió mientras
seguía con sus redes.
-
E tes algo máis. Algo que el tamén tiña. Algo que non se
aprende.
Gabriela sintió un
escalofrío que le sacudió el cuerpo entero.
-
¿Qué sabe de él? – preguntó asustada.
El pescador levantó la vista
de las redes. Sus ojos, oscuros y cansados, parecían que veían más que la
superficie del mar.
-
Oán non desapareceu. Foi chamado. E cando un é chamado…non
pode negarse.
-
¿Llamado para qué?
El pescador señaló el cabo
con un movimiento de barbilla que solo él sabía hacer.
-
Pola luz. Pola porta. Pola mesma cousa que te chama a ti.
Gabriela volvió a notar las
nauseas que tenía desde por la mañana. Retrocedió un paso atrás.
-
Yo no estoy llamada para nada.
El pescador sonrió, pero de
forma triste. Como si esa frase ya la hubiera escuchado anteriormente.
-
O mar devolve o que colleu. E hoxe…devolveu algo para ti.
Gabriela sintió que el
corazón latía cada vez con más fuerza.
-
¿Qué le ha devuelto?
El pescador se echó mano al
bolsillo interior de su abrigo, curtido también por los años de trabajo.
Era algo pequeñito.
Metálico.
Brillante.
Era la pulsera de plata. La
que había desaparecido de su mesita de noche.
-
Apareceu na rede esta mañá. A máis de cen metros de
profundidade.
Gabriela la cogió con sus
manos temblorosas. No podía creer lo que estaba viendo con sus propios ojos.
-
Eso es imposible…
-
Nada é imposible en Fisterra. Non cando a luz fala.
IV
Por la tarde, Gabriela, con
más dudas que certezas, decidió volver al faro. La niebla la envolvió con un
abrazo frío. El faro estaba apagado. Pero volvía a sentir esa presencia humana
a su lado.
En la base del edificio,
algo llamó la atención. No sabía si acercarse o no. Pero fue ahí.
Había una caja de madera,
vieja, húmeda, como si hubiese estado en el agua durante todo ese tiempo.
Y encima, una figura tallada
de Ogham.
El mismo patrón.
Tres cortos.
Uno largo.
Dos pausados.
Y el trazo nuevo.
Gabriela cogió la caja con
miedo a que fuera a romperse.
Dentro de la caja había varias
cosas:
-
Un cuaderno idéntico al suyo.
-
Una fotografía en blanco y negro.
-
Una carta doblada.
La foto le llamó la
atención. En ella se encontraba un hombre joven de ojos claros. No había duda.
Era Oán. A su lado lo acompañaba una mujer.
Esa mujer le recordaba a
alguien a Gabriela. Ese rostro. Esa figura…
En ese momento, se llevó la
mano a la boca. No podía ser. Ahora que se fijaba con más detalle, todo
cuadraba.
Tenía un parecido muy grande
con su madre.
Muy grande.
El mundo se estaba partiendo
en dos y Gabriela no era capaz de moverse de allí.
V
El viento volvió a emerger
entre la niebla.
Un destello la sobresaltó.
El faro seguía apagado.
La luz provenía de la
niebla.
Una silueta apareció entre
los pliegues blancos.
Era alta y delgada. Con ojos
claros que brillaban como brilla el mar en plena tormenta.
Gabriela se quedó
paralizada. No sabía si ir hacía la luz o retroceder hacía detrás.
La figura se acercó a ella.
-
Gabriela, eres tú. Xa é hora – susurró esa voz, que no era
humana, pero tampoco ajena.
La niebla se abrió paso como
si el telón se levantara.
Y allí estaba él. Oán.
O, por lo menos, lo que de
él quedaba.
Sus ojos eran los mismos que
ya había contemplado en la fotografía de la caja como la del periódico. Eran
los mismos ojos de Gabriela.
Ella sintió que el aire de
sus pulmones se vaciaba a pasos agigantados.
-
¿Qué…qué eres? – logró decir.
Oán extendió la mano hacia
ella.
-
O que queda dun camiñante. E ti…ti es o que falta.
La niebla los envolvió a los
tres.
Último capítulo: Próximo Sábado 28 de marzo
El Oasis de las Letras

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