El faro de Fisterra (Capítulo 3)

 


CAPIÍTULO 3

I

Después de la charla con la dueña del hostal, Gabriela no fue capaz de dormir. O si durmió, ni lo sintió.

Cada vez que intentaba cerrar los ojos, volvía a ver como la niebla regresaba a ella, moviéndose como si fuera una persona y, el triskel dibujado en el cuaderno latiendo como un corazón antiguo. La frase pronunciada por la dueña del hostal seguía martilleándole la cabeza: “Se el di que o mar devolve o que colleu…corre”.

Cuando los primeros rayos de luz iban iluminando la habitación, algo llamó la atención a Gabriela. Sobre su mesilla de noche había dejado un amuleto muy especial: la pulsera de plata que le había regalado su madre al cumplir los 18 años. Ahora no estaba. Miró desconcertada por todos lados, incluso en el baño, por si la había dejado allí olvidada, pero nada, no había nada.

Gabriela tenía a certeza que no la había perdido. Al contrario, estaba segura que anoche, al irse a la cama, la había dejado justo ahí.

En ese momento, el Faro a lo lejos, emitió un destello.

Solo uno.

Como si quisiera mandarle un mensaje.

Cuando Gabriela era pequeña y sentía miedo en su casa, salía corriendo a su habitación, se metía en su cama, abrazaba a su peluche favorito y se tapaba entera, como si eso fuera a salvarla de todos los males. Pues ahora mismo se debate consigo mismo si meterse dentro de la cama, cerrar los ojos y después, despertarse como si todo hubiera sido una pesadilla.

II

Después de recuperar la compostura, Gabriela bajó al comedor a desayunar. La dueña del hostal estaba allí, pero en esta ocasión, no tejía, no limpiaba y tampoco fingía indiferencia. Estaba deseando que apareciera su huésped.

-          Perdin algo. Una pulsera. Estaba en mi mesita – dijo Gabriela sin dar los bos días.

La mujer la miró con una mezcla de compasión y con un miedo interno.

-          O faro devolve o que colle. Sempre o fixo. Pero non sempre devolve o que un espera.

Gabriela se sentó apesadumbrada. Cada vez entendía menos esa situación con el faro.

-          Ayer, usted me dijo que era una moura. ¿Qué significa eso realmente?

La mujer suspiró y miró al techo como si ahí estuvieran todas las respuestas, como si cargar con ese peso fuera demasiado grande.

-          As mouras somos fillas da néboa e da pedra. Nacemos onde a terra fala, onde os ríos gardan segredos, onde as portas entre mundos se abren. Non somos inmortais, pero tampoco morremos como os humanos.

Gabriela la escuchaba con atención, sin parpadear.

-          ¿Y se puede saber que guardan con tanto esmero?

-          Recordos. Promesas. E advertencias. Somos gardiás do que non debe ser esquecido. E do que non debe ser liberado.

La mujer se acercó más a Gabriela y con una mezcla de compasión y de cariño, le dijo:

-          E ti, Gabriela Souto, es parte dunha historia que comenzou moito antes de que naceras.

Gabriela sintió nauseas. No había comido nada, pero su estómago había decidido hacer una fiesta grande…

-          Señora, ¿de qué historia me está hablando? ¿Qué historia es esa que tiene que ver conmigo antes de que yo naciera?

La mujer negó con su cabeza, se levantó y antes de salir del comedor, dijo:

-          Iso non me corresponde dicilo a min.

 

III

Gabriela salió deprisa del hostal hacía el puerto. Necesitaba respirar aire puro. Sus pasos la llevaron hacía el barco del pescador que conoció el día anterior. El hombre de barba blanca estaba sentado sobre una caja de redes haciendo hora, como si esperara que Gabriela fuera a ir allí.

-          Sabía que volverías por aquí – respondió el hombre sin apartar la vista de las redes.

Gabriela se acercó con paso decidido al hombre.

-          Usted me dijo ayer que yo tenía los ojos como Oán.

El hombre asintió mientras seguía con sus redes.

-          E tes algo máis. Algo que el tamén tiña. Algo que non se aprende.

Gabriela sintió un escalofrío que le sacudió el cuerpo entero.

-          ¿Qué sabe de él? – preguntó asustada.

El pescador levantó la vista de las redes. Sus ojos, oscuros y cansados, parecían que veían más que la superficie del mar.  

-          Oán non desapareceu. Foi chamado. E cando un é chamado…non pode negarse.

-          ¿Llamado para qué?

El pescador señaló el cabo con un movimiento de barbilla que solo él sabía hacer.

-          Pola luz. Pola porta. Pola mesma cousa que te chama a ti.

Gabriela volvió a notar las nauseas que tenía desde por la mañana. Retrocedió un paso atrás.

-          Yo no estoy llamada para nada.

El pescador sonrió, pero de forma triste. Como si esa frase ya la hubiera escuchado anteriormente.

-          O mar devolve o que colleu. E hoxe…devolveu algo para ti.

Gabriela sintió que el corazón latía cada vez con más fuerza.

-          ¿Qué le ha devuelto?

El pescador se echó mano al bolsillo interior de su abrigo, curtido también por los años de trabajo.

Era algo pequeñito.

Metálico.

Brillante.

Era la pulsera de plata. La que había desaparecido de su mesita de noche.

-          Apareceu na rede esta mañá. A máis de cen metros de profundidade. 

Gabriela la cogió con sus manos temblorosas. No podía creer lo que estaba viendo con sus propios ojos.

-          Eso es imposible…

-          Nada é imposible en Fisterra. Non cando a luz fala.

IV

Por la tarde, Gabriela, con más dudas que certezas, decidió volver al faro. La niebla la envolvió con un abrazo frío. El faro estaba apagado. Pero volvía a sentir esa presencia humana a su lado.

En la base del edificio, algo llamó la atención. No sabía si acercarse o no. Pero fue ahí.

Había una caja de madera, vieja, húmeda, como si hubiese estado en el agua durante todo ese tiempo.

Y encima, una figura tallada de Ogham. 

El mismo patrón.

Tres cortos.

Uno largo.

Dos pausados.

Y el trazo nuevo.

Gabriela cogió la caja con miedo a que fuera a romperse.

Dentro de la caja había varias cosas:

-          Un cuaderno idéntico al suyo.

-          Una fotografía en blanco y negro.

-          Una carta doblada.

La foto le llamó la atención. En ella se encontraba un hombre joven de ojos claros. No había duda. Era Oán. A su lado lo acompañaba una mujer.

Esa mujer le recordaba a alguien a Gabriela. Ese rostro. Esa figura…

En ese momento, se llevó la mano a la boca. No podía ser. Ahora que se fijaba con más detalle, todo cuadraba.

Tenía un parecido muy grande con su madre.

Muy grande.

El mundo se estaba partiendo en dos y Gabriela no era capaz de moverse de allí.

V

El viento volvió a emerger entre la niebla.

Un destello la sobresaltó.

El faro seguía apagado.

La luz provenía de la niebla.

Una silueta apareció entre los pliegues blancos.

Era alta y delgada. Con ojos claros que brillaban como brilla el mar en plena tormenta.

Gabriela se quedó paralizada. No sabía si ir hacía la luz o retroceder hacía detrás.

La figura se acercó a ella.

-          Gabriela, eres tú. Xa é hora – susurró esa voz, que no era humana, pero tampoco ajena.

La niebla se abrió paso como si el telón se levantara.

Y allí estaba él. Oán.

O, por lo menos, lo que de él quedaba.

Sus ojos eran los mismos que ya había contemplado en la fotografía de la caja como la del periódico. Eran los mismos ojos de Gabriela.

Ella sintió que el aire de sus pulmones se vaciaba a pasos agigantados.

-          ¿Qué…qué eres? – logró decir.

Oán extendió la mano hacia ella.

-          O que queda dun camiñante. E ti…ti es o que falta.

La niebla los envolvió a los tres.  

Último capítulo: Próximo Sábado 28 de marzo

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