I
A veces la vida no se presenta de la forma que más te gusta a ti, sino que te va enseñando poco a poco la realidad. Pues eso es lo que le ha pasado a nuestra protagonista. Se llama Gabriela Souto, es una joven administrativa del concello de Ourense. Su vida ha sido maravillosa hasta hoy, que las cosas se han torcido.
Se ha visto atrapada en una tela de araña que ella no ha construido, el mundo se le ha venido encima y ha tomado una decisión: marcharse.
Gabriela aparte de su trabajo como administrativa, tiene como hobby narrar en su blog todo lo que conoce de su tierra, la publicita mediante textos y fotos que acompaña y también participa en el periódico de su ciudad de forma esporádica. Su ciudad se estaba quedando pequeña…las mismas calles, las mismas voces, las mismas historias que contar, como la feria del pulpo, las reuniones del concello o las quejas vecinales con las luces de navidad. Todo muy rutinario, todo muy previsible.
Por muchos motivos que la estaban atormentando, Gabriela decidió tomarse unos días libres. Hizo su maleta con lo justo, apagó el móvil y condujo hasta el oeste, en busca de su paz interior. Conduce por las carreteras sinuosas entre bosques húmedos y aldeas donde el gallego suena más antiguo, como más profundo. Al llegar al pueblo de Fisterra, sintió un alivio, como si el lugar la estuviera esperando.
Busca aparcamiento en el hostal donde se hospeda, ahora mismo con poco movimiento. El hostal se encuentra a un kilómetro del cabo, es una casa de piedra con vistas al Atlántico. Todo lo que necesita para resurgir.
La dueña del hostal, es una mujer mayor de ojos claros, que le entrega la llave de su habitación sin pedirle nada, excepto su nombre. Gabriela juraría que, al oírlo, la mujer parpadeó con una mezcla entre sorpresa y reconocimiento.
Decidió salir a dar una vuelta antes de cenar, así conocía un poco el pueblo donde se iba a hospedar unos días. Sus pies se encaminaron hasta el faro. El viento rugía con fuerza, empujándola hacia delante, como si cuando llegara, le esperara un premio. El edificio era alto y de color blanco, el cual, emergía entre la niebla como un guardián cansado. Gabriela se apoyó en la barandilla del acantilado y se dejó llevar por el olor salado del mar.
Entonces lo vio.
Ella miró a todos lados, pero no había nadie allí arriba. Se giró hacía el faro. En ese momento, el faro comenzó a emitir destellos. No de forma regular, sino siguiendo un patrón. Era una secuencia irregular: tres destellos cortos, uno largo, dos pausados. A Gabriela no le gustaba lo que veía. Ya había escrito para el periódico algún reportaje sobre las señales marítimas que emitían los faros, pero ese código no estaba registrado, no se correspondía con lo que ella conocía.
II
Gabriela sacó su teléfono móvil y comenzó a apuntar lo que estaba viendo. Cuando levantó la vista hacia el faro, la luz volvió a parpadear, ahora con un ritmo distinto. De pronto, un recuerdo le cruzó la mente. Cuando era pequeña, estando en el cole, las llevaron de excursión y se encontró con una piedra tallada, con líneas verticales y diagonales que se cruzan como ramas. Es Ogham, el alfabeto celta.
Ogham era, en esencia, un código, es decir, un sistema diseñado para ser leído rápidamente en piedras fronterizas o para transmitir mensajes cortos y directos. A diferencia de nuestro alfabeto, el Ogham no usa letras como tal, sino con formas variadas. Se basa en una línea central llamada flesc, sobre las que se realizan muescas o trozos. Se compone de veinte letras originales divididas en cuatro grupos de cinco. Y lo más importante, en las piedras se lee de abajo hacia arriba. Si es en horizontal se lee de izquierda a derecha.
Sintió un escalofrío que le sacudió el cuerpo entero. ¿Por qué, en este preciso momento, recordaba ese detalle?
El viento la condujo de nuevo al presente, trayendo consigo un murmullo que parecía una voz. Gabriela volvió a retroceder un paso. Seguía estando sola. Solo el mar rompía contra las rocas y el faro, que volvía a emitir de nuevo.
Tres cortos. Uno largo. Dos pausados. Aquello no podía ser una casualidad, no para ella.
III
Al regresar al hostal venía calada por una suave neblina que había aparecido de repente. Algo muy típico en la zona en la que nos encontramos.
Gabriela subió directamente a la habitación, se duchó, se puso ropa cómoda y pidió al hostal si podían subirle algo de cenar. La mujer le dijo que sí. Mientras ella, encendió el portátil, puso sus claves y comenzó a bucear por la red. Lo que iba encontrando es lo mismo que ella ya conocía. Las luces de los faros emiten señales con un código, pero ese código no se parecía en nada a lo que ella había visto.
Accedió a los periódicos antiguos de la zona para comprobar si el faro había tenido algún problema en el pasado, pero nada. Hasta que sí encontró algo. Una trágica historia del farero, la cual, comenzó a leerla.
Periódico de la zona. Novos Mondos.
A finales de los años 30, nació Aodhán Meixide, más conocido como Oán, que fue el farero de Fisterra desde 1952 hasta 1974. Era un hombre muy reservado, de ojos claros casi translúcidos y en el pueblo lo describían como “demasiado callado para ser de este lugar”. Vivía solo en una casita junto al faro y muy de vez en cuando, bajaba al pueblo a comprar pan, aceite o cualquier cosa que necesitara.
Desde que era niño tenía una habilidad extraña: era capaz de ver patrones donde otros se pensaban que eso no tenía nada de extraordinario. Su abuela le decía que ella un fillo do vento, descendiente de los antiguos druidas que se encargaban de construir los límites entre mundos.
En el año 1963 se produjo una tormenta de grandes magnitudes. Oán comenzó a darse cuenta que el faro emitía una luz de forma irregular. Eso no terminaba de convencerlo. No era ningún fallo eléctrico ni humano. Era un ritmo. Un patrón. Pero sí lo reconoció, era Ogham, el alfabeto celta. Pero no era el moderno, sino uno más antiguo. El llamado Ogham de los caminantes, el cual, se encargaban de usar los druidas para comunicarse con los “otros lados”, los lugares donde el tiempo fluye de forma distinta.
En el año 1974, Oán dejó de bajar al pueblo. Los pescadores que faenaban por la zona comentaban que veían encenderse y apagarse la luz del faro de forma frenética, como si alguien estuviera mandando mensajes de forma atropellada.
Una noche arreció de nuevo una tormenta, la más violenta desde que se tienen datos, azotó Fisterra. El faro parpadeó con un patrón tan rápido que se parecía a los latidos del corazón. Los vecinos que vivian cerca del faro aseguraron escuchar entre el ruido interminable de la lluvia un grito ensordecedor que no sonaba humano.
A la mañana siguiente, algunos vecinos decidieron subir a la casa del farero. Allí no había nadie. La cama estaba sin hacer, la puerta abierta y la linterna seguía encendida en el suelo.
Oán nunca más volvió a aparecer por la zona. La Guardia Civil concluyó su atestado diciendo que Oán podría haber caído al mar por causa del temporal de lluvia y de mala mar. Pero los ancianos del lugar pensaban otra cosa:
“O faro chamou por el. E el respondeu”.
El faro lo llamó. Y él respondió.
IV
Gabriela sigue impactada con el relato del periódico “Novos Mondos” y sigue leyendo las crónicas de los días de después.
Los pescadores de la zona aseguran que, en las noches de niebla, la luz del faro parpadea con el mismo patrón que Oán escribía en sus cuadernos. Para unos es un aviso; para otros, un llamado. Y para los más supersticiosos, Oán no murió, sino que cruzó la puerta.
Que el faro es una puerta.
Que el código es una llave.
Y que solo aquellos con “sangre antigua” pueden entenderlo.
Cuando el cansancio puede con Gabriela, decide apagar el ordenador y meterse en la cama. Pero hay algo encima de la mesa que llama su atención. Un cuaderno antiguo, como si llevara años sin abrirse y con la solapa cubierta de polvo. Sopla la solapa y a la vez, estornuda. Decide abrirlo y descubre que contiene patrones incompletos y un nombre escrito en Ogham: Gabriela.
En ese momento se pregunta: ¿Qué hace escrito mi nombre ahí?
Próximo capítulo: Sábado 14 de marzo
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