I
El cuaderno seguía allí, sobre la mesa, como si alguien lo hubiera colocado de forma estratégica. Gabriela lo miraba sin atreverse a cogerlo, aunque, por otra parte, quería saber qué contenía. La tapa cubierta de polvo, parecía que estaba fuera de lugar en aquella sencilla habitación de hostal.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Decidió acercarse despacio, temiendo que el cuaderno pudiera moverse de nuevo. Las hojas amarillentas crujieron cuando las tocó Gabriela. Allí, con las líneas incompletas de Ogham, había un símbolo que no recordaba haber visto antes: una espiral triple. Un triskel. Estaba dibujado con una tinta que parecía más sombra que pigmento.
Debajo del dibujo, con una caligrafía muy nerviosa, una palabra en gallego antiguo: “Espertar”.
Gabriela tragó saliva. No sabía qué pensar de ese mensaje. Desconfiaba si era una advertencia, una orden o un simple eco del pasado. Lo único de lo que tenía una certeza es que estaba sola en esa habitación del hostal. ¿O no? Y, aún así, el cuaderno estaba abierto una página en concreto.
Se sobresaltó. Miró hacía la ventana. Escuchó un gemido largo, como humano. Nada, por más que miraba, seguía sola. Era una noche cerrada y la niebla empezaba a hacer acto de presencia trepando por el cristal.
Intentó dormirse, pero sus ojos no se lo permitían. Veía las líneas de Ogham moviéndose como raíces vivas formando palabras que no alcanzaba a leer. Y, a lo lejos, el faro volvía a parpadear. Desde la habitación no se debería escuchar nada, pero ella distinguía claramente esos destellos que se filtraban entre la niebla.
Tres cortos.
Uno largo.
Dos pausados.
Mismo patrón.
Mismo llamado.
El cansancio por fin la venció. El faro emitió un nuevo destello de luz que iluminó la habitación como si la niebla hubiera desaparecido por un instante. El cuaderno crujió, como si se estremeciera.
II
Al día siguiente, Gabriela se despertó cansada, con ojeras y una sensación rara. La dueña del lugar, la mujer de ojos claros la estaba esperando. Había preparado el desayuno sin que Gabriela se lo pidiera.
- Durmiches pouco onte á noite, nena – le dijo la mujer sin haberla mirado, mientras dejaba sobre la mesa una taza de porcelana.
A Gabriela no le gustó la frase. No le había dado tiempo a decirle ni bos días.
- ¿Cómo lo sabe? – pregunta asustada.
La mujer se encogió de hombros, pero sus ojos decían mucho más que las palabras, tan pálidos como la espuma del mar…la observaron con una mezcla de pena y de ternura.
- Hai noites nas que a luz non deixa descansar a ninguén – respondió la mujer.
Gabriela sintió un nudo en el estómago. No ha sido la única que lo ha sentido y lo ha visto.
- Me está hablando de la luz del faro, ¿verdad? – preguntó, intentando sonar natural.
La mujer dejó de manera brusca la jarra de leche sobre la mesa.
- Non espertes o que dorme baixo a luz – susurró para ella.
Y se marchó sin decir nada más.
Gabriela se quedó fría como el témpano, con la cuchara en la mano. Aquella frase no era ningún refrán. No era una advertencia al uso. Era algo más antiguo, más profundo. Era algo que la dueña del hostal no quería o no podía explicar.
Cuando terminó de desayunar decidió salir a que le diera el aire, que estaba demasiado denso. El aire frío de la mañana se dejó notar en la cara de Gabriela. Su olor característico a sal y humedad le limpió la mente. Caminó hacia el puerto, donde los pescadores estaban comenzando a preparar sus redes para salir a la mar. Uno de ellos, un hombre de avanzada edad con barba blanca y la piel muy curtida, la observó con detenimiento.
- Ti non es de aquí – le comentó.
- No. Estoy de paso – respondió Gabriela, de forma incómoda.
El hombre asintió con la cabeza de forma lenta, como si aquello confirmara lo que él ya sospechaba.
- Tes os ollos claro coma el – murmuró para sí.
- ¿Cómo quién? Yo aquí no conozco a nadie.
El pescador, sin dejar de hacer su trabajo, señaló con la barbilla hacia el cabo.
- O farero. Oán.
Gabriela notó un escalofrío interior y su corazón comenzó a bombear más deprisa de lo normal.
- Por lo que tengo entendido, ese hombre…desapareció hace décadas.
- Desapareceu, si – respondió el hombre, sin apartar la vista del mar -. Mais hai cousas que non marchan. Cousas que quedan.
Gabriela no se atrevió a preguntar más. Con más dudas que certezas, decidió seguir su camino.
III
Con su cuaderno bajo el brazo, Gabriela llegó al faro. Necesitaba las respuestas a las preguntas que la atormentaban. O al menos, necesitaba comprobar con sus propios ojos que todo aquello tenía una explicación lógica.
Cuando llegó al cabo la niebla se posó de golpe, como si cayera un telón. El faro, apagado a plena luz del día, emitió un destello casi imperceptible. Un destello imposible.
Gabriela comenzó a temblar.
Su cuaderno vibró de forma ligera. O ella se pensaba que lo había hecho.
Entonces lo vio. Su mirada se fijó en una barandilla del acantilado. Allí había un símbolo tallado. Otro triskel. Idéntico al que se encontraba en el cuaderno. Y debajo de él, una línea de Ogham que reconoció.
Era el mismo patrón de la noche anterior.
Tres cortos.
Uno largo.
Dos pausados.
Pero ahora había otro trazo que la desconcertaba.
Algo nunca visto hasta la fecha por ella misma.
Parecía… ¿Una advertencia?
Gabriela dio un paso atrás, asustada y confundida.
El viento aumentó y susurraba su nombre.
Y el faro…como si supiera que ella estaba allí, parpadeó de nuevo, con fuerza.
IV
La niebla se posaba más densa alrededor del faro, como si quisiera ocultarlo del mundo. Esa niebla asustaba a Gabriela, que lo único que hacía era apretar su cuaderno a su pecho, pensando si sería capaz de salir de allí. El triskel tallado en la barandilla del acantilado brillaba con luz propia, como si respirara.
El viento, muy genuino a su gusto, decidió cambiar la dirección. No era un viento normal de la zona, era cálido, diría que humano. Traía consigo un murmullo que no lograba reconocer.
- Gabriela…- susurró algo de fondo.
Ella dio un respingo. Seguía sin haber nadie a su alrededor. Solo la acompañaba la densa niebla, el acantilado y el mar. El faro emitió un nuevo destello casi imperceptible a la luz del día.
Con mucho miedo y angustia atrapado en su cuerpo, se armó de valor y regresó al hostal.
V
La dueña del hostal estaba esperándola en el recibidor. Normalmente se entretenía tejiendo, limpiando o fingiendo indiferencia, pero hoy no era el caso. Simplemente estaba allí, de pie, como si tuviera esa sensación de saber que iba a llegar.
Sus ojos claros brillaban de una manera especial.
- Volviches cedo – dijo en voz baja.
Gabriela no quiso responder, no le nacían las palabras. La mujer la observó durante un largo rato, como si buscara respuestas en su rostro.
- Non deberías ir soa ao faro. Non de día. E moito menos…de noite.
Gabriela tragó saliva.
- ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo? – preguntó sin estar segura de querer saber la respuesta.
La mujer suspiró de forma cansada.
- Porque hai cousas que non son para os ollos dos vivos. E porque alguhas portas, uhna vez abertas, non se poden pechar.
Un escalofrío le vuelve a recorrer no solo la espalda, sino el cuerpo entero.
La dueña se acercó a ella, como si su sola presencia la impusiera.
- Ti non o sabes, pero recoñézote. Recoñézote dende hai moito tempo.
- ¿De qué me conoce, señora? – pregunta Gabriela muy confundida y extrañada al mismo tiempo.
La mujer sonrió. Fue una sonrisa triste, como la de alguien que ha visto demasiados inviernos.
- As mouras no olvidamos.
VI
Gabriela no podía respirar con normalidad. El aire no le entraba en el pecho.
- ¿Moura, ha dicho?
La mujer asintió levemente.
- Somos fillas da néboa e da pedra. Gardiás do que queda entre mundos. Vivimos entre a xente, pero non somos coma eles. Reunímonos cando a terra chama, cando algo esperta, cando unha porta se move. E agora…algo mouvese.
- ¿Qué tiene que ver conmigo todo eso?
- Ti es a razón pola que a luz volveu falar. E non deberías estar aquí – le advirtió.
- ¿Por qué no? No lo entiendo – contestó frustrada.
La mujer se acercó a la ventana, corrió los visillos y señaló hacía el faro.
- Porque o faro non chama dúas veces. E ti xa fuches chamada unha vez – responde la mujer mientras el silencio se apodera de la estancia y prosigue. – E hai outra cousa. O pescador…non debería terche falado. El sabe mais do que di. E se falou…e porque algo vén cara aquí.
La dueña se giró hacía ella, con los ojos muy pálidos y le dijo:
“Se el di que o mar devolve o que colleu…corre”.
Si él te dice que el mar devuelve lo que tomó…corre.
La frase se quedó cortando ese halo de miedo e inseguridad que hay en el ambiente.
¿Es advertencia, una orden o es casualidad?
Próximo Sábado 21 de marzo: Capítulo 3
El Oasis de las Letras

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