I
Como todos los
días, haga frío o calor, Asier corre sus siete kilómetros diarios por la ría de
Urdaibai. En esta ocasión, no ha corrido solo, lo ha acompañado su amiga, la
inspectora de la Ertzaintza Silvia Goikoetxea.
Como ya es
tradicional, cuando corre con ella no son 7 km, son algunos más. Al final, 15
km y Asier pide la hora, no puede más. Todavía no tiene la forma física de la
que Silvia presume.
Al llegar a su
destino, Asier se despide de Silvia y se va para su piso. Cuando llega, se
encuentra en el buzón con una invitación a la exposición que se va a celebrar
en la biblioteca de Mundaka sobre el comerciante Wilfrid Voynich. En especial,
sobre el manuscrito Voynich, que es el “Santo Grial” de la criptografía y de la
bibliografía antigua.
La exposición
comienza en dos días y Asier está muy contento porque lleva tiempo esperándola
y, además, se va a celebrar en Mundaka.
Al llegar a la
redacción, Marga está muy atareada con el teléfono y el correo electrónico a
punto de explotar de los mensajes que están llegando. Hoy es un día de mucho
trabajo, la exposición del manuscrito va a traer mucho público y también,
muchos periodistas.
Asier llama a la
puerta del despacho de Unai y, él, sentado en su silla giratoria, le hace señas
para que entre y se siente en la silla que tiene enfrente de su mesa.
-
Unai, buenos días. Hoy está la redacción al
rojo vivo – dice Asier mientras se sienta.
-
No me digas nada Asier, esto es de locos. No
damos abasto a recibir llamadas ni a responder correos. ¡Esta exposición es de
lo mejor que nos ha pasado en años! Pero madre mía, hasta que sea capaz de
gestionar todo esto… - responde Unai mientras se seca el sudor de la frente con
su pañuelo.
-
Unai, esta exposición es magnífica. Vamos a
poder contemplar el famoso manuscrito de Voynich, un libro de unas 240 páginas
de vitela, aunque según los escritos, le faltan algunas. Está lleno de
ilustraciones hechas con pigmentos de diferentes colores, como azules, rojos,
verdes, marrón y amarillo.
-
¿Desde cuándo sabes tú tanto de un libro,
Asier?
-
Unai, parece mentira que todavía no me
conozcas lo suficiente – comenta Asier mientras se ríe. – Soy un apasionado de
la historia y de los libros antiguos y, este manuscrito es especial, es como el
“Santo Grial” de la criptografía universal.
-
Iba a leerme el folleto que me mandaron con
la información, pero ya que te tengo aquí, mejor me lo cuentas tú. ¿Qué debo
saber sobre ese manuscrito?
-
Pues según su origen, el análisis de carbono
14 data el pergamino en el siglo XV, más específicamente los años 1404 y 1438,
en un Renacimiento temprano. Lleva ese nombre por un comerciante de libros
polaco que lo adquirió en el año 1912 en una villa jesuita en Italia. Es un
libro que, por lo general, tiene ilustraciones de botánica, astrología, de biología,
farmacología e incluso hay párrafos cortos que parecen fórmulas de recetas.
-
Madre mía chaval, ¿y esto genera tal
operativo?
-
Ya te he dicho que no es algo inusual. Lo que
más llama la atención es que no se puede descifrar, es decir, tiene un alfabeto
único, no se parece en nada al latín, griego, árabe o hebreo. Si que cumple con
la Ley de Zipf, lo que sugiere que es un idioma real o un código muy
sofisticado.
-
Pues bastante nos ha caído con el pergamino…
-
Y no te he contado lo mejor, ese manuscrito no
tiene errores ni correcciones de ningún tipo.
-
Lo que yo te digo…la que se está liando aquí
con ese manuscrito. Con lo tranquilo que es este pueblo…Pues nada Asier, a
trabajar. Quiero la mejor crónica, ya lo sabes.
II
Mundaka se ha
convertido en el centro del mundo con la exposición del manuscrito, con una
vigilancia extremada y con un operativo sin igual. La inspectora Goikoetxea es
la que lidera el grupo que se ha organizado y cuenta con mucha presión de los
mandos superiores, nada puede salir más.
Asier ya se está
preparando para ir a la inauguración de la exposición cuando llega un
misterioso sobre a su puerta. Al abrirla encuentra una nota.
“Tengo
la clave para descifrar la “sección biológica” del libro. Si quieres saber cuál
es, tendrás que quedarte hasta el final de la exposición. Espero que no falles
a la cita”
El sobre, como
es de costumbre, no lleva matasellos ni datos. Solo una nota. Asier se
estremece, ¿quién le habrá mandado esa nota? ¿Es prudente ir?
La inauguración
de la exposición ha sido un éxito y la gente está disfrutando del manuscrito,
el cual está expuesto en una urna de cristal blindado en el centro de la sala
con una vigilancia frenética.
Cuando la
inauguración termina, la sala se va desalojando y Asier se queda en un rincón sin
ser visto. La vigilancia se diluye y Asier contempla el manuscrito él solo. En
ese momento, las luces se apagan. Hay un forcejeo en la sala. El aire no es
nítido. Alguien ha lanzado una bomba de humo. Al regresar la luz, la urna está
vacía y Asier solo en mitad de la sala. Asustado, se mira las manos. Las tiene
manchadas de un reactivo químico, usado para marcar el libro y con una página
arrancada en su mano derecha. Asier comienza a llorar, sabe que, en esta
ocasión, no puede salvarlo nadie. Pero, ¿cómo demuestra que es inocente?
III
Con todo el
jaleo producido, Asier no sabe en qué momento sonó la alarma antirrobo y cómo
ha llegado una página del manuscrito a su mano. Se ha visto rodeado por un
grupo de policía de la Ertzaintza, con la inspectora Silvia Goikoetxea a la
cabeza. Al verlo, no puede creérselo, está en estado de shock.
-
Inspectora, las cámaras han sido hackeadas,
no hay imágenes del robo. La versión de ese joven puede ser crucial, o es
inocente o es culpable.
-
Cabo, antes de culpabilizar a alguien, está
la presunción de inocencia, no lo olvide nunca. Nosotros investigamos, otros
juzgan.
-
Lo siento inspectora, lleva razón.
-
Asier, lo siento, pero tengo que hacerlo.
Tienes derecho a guardar silencio, a no confesar tu culpabilidad, tienes
derecho a un abogado, si no puedes permitírtelo, se te asignará uno de oficio,
tienes derecho a que se informe a cualquier familiar y a ser reconocido por un
médico forense. Y, sobre todo, a conocer los elementos de las actuaciones –
comenta Silvia de carrerilla mientras le pone las esposas y se lo llevan al
coche patrulla. Antes de volverse hacía sus compañeros, Silvia se limpia las
lágrimas que le han caído por las mejillas. La mirada suplicante de Asier le ha
hecho mella en ella. Pero el trabajo es el trabajo.
Ya en la
comisaria, la inspectora Silvia Goikoetxea se debate entre su deber profesional
y la relación que le une con Asier. Ella tiene un presentimiento, lleva varios
años en este trabajo y sabe cuando un acusado miente o dice la verdad. En este
caso, lo sabe, lo nota, que Asier es inocente, aunque todas las pruebas digan
lo contrario. Las pruebas son demasiado perfectas para ser verdad. Quiere
protegerlo, pero ¿cómo?
IV
El ambiente está
tenso. Silvia está nerviosa. Tiene que interrogar a Asier y no puede, pero
tiene que hacerlo. Se mete en su papel de inspectora, entra en la sala de
interrogatorios y sin mediar palabra, tira las carpetas sobre la mesa.
-
Asier, por favor, mírame. En las cámaras de
seguridad, se te ve entrar en el edificio sobre las 20h, vas con paso decidido
a la sala de exposiciones y se te ve observar el manuscrito dentro de la urna
de cristal blindado. Dos minutos antes del apagón, se te ve rondar la zona. Mis
compañeros están afuera pidiendo tu cabeza y el juez está redactando el auto.
Si tienes que contarme algo, éste es el momento adecuado.
-
Silvia, ¡fue una trampa! Me citaron allí a
través de una nota que me dejaron en la puerta de mi piso. Quien fuera que me
la llevó, sabía dónde vivo – responde Asier enfurecido por el miedo que lleva
dentro. – La nota me decía que tenían la clave para el Voynich. Alguien sabía
que yo no dejaría pasar una exclusiva de ese tipo. Cuando se fue la luz, me
quedé mirando hacía todos los lados, como si fuera capaz de ver algo. Escuché
unos pasos a mi espalda. Eran dos personas. Y, no, no eran aficionados, eran
dos personas con una precisión muy ágil. Se movían en la oscuridad con una
precisión militar. Uno de ellos me empujó contra la urna mientras el otro
quitaba la urna y arrancaba la hoja del pergamino…
-
Pues el profesional del que hablas, ha
cometido un error de manual.
Silvia abre la
carpeta y le muestra a Asier dos fotografías de huellas dactilares parciales.
-
La urna tiene un cristal reforzado, no era
blindada al 100%. Al romperla, uno de ellos, se rompió el guante de látex.
Hemos conseguido sacar dos huellas de la estructura. Las hemos pasado por el
escáner de la base de datos de la Ertzaintza y de la Policía Nacional. ¿Y sabes
qué? No han saltado en el registro de delincuentes.
-
¿Entonces? – pregunta Asier frunciendo el
ceño.
-
Pues lo más extraño del caso es que han
saltado justo en el archivo de jubilaciones y bajas del cuerpo. Asier, son
agentes de policías. O al menos, lo fueron en un tiempo. Según nos muestran los
datos, fueron Ignacio Varga y Javier Leguina. Son inspectores con una hoja de servicios
impecables hasta que dejaron la placa para “encontrarse con Dios” en la orden
jesuita.
Asier se queda pálido. No puede ser. No puede estar pasándole esto.
-
Silvia, los conozco. Llevan meses ayudándome
a preparar la documentación histórica para el reportaje del periódico. Fueron
ellos los que me hablaron de la conexión que existe entre el manuscrito y las
cuevas de Santa Catalina.
A la inspectora
Goikoetxea no le gusta lo que está escuchando. Se cruza de brazos y le dice a
Asier:
-
Lo siento Asier, pero te han engañado. Te han
utilizado de escudo humano. Han usado sus antiguos trucos policiales para
limpiar la sala sin dejar rastro, excepto por el guante roto. El problema es
que ahora que tienen el manuscrito, conocen los protocolos que se van a llevar
a cabo, como es el cierre de fronteras y de vigilancia. No van a esconderse en
cualquier sitio. Saben dónde están nuestros puntos ciegos.
-
Silvia, no van a irse de Mundaka por
carretera. Para ellos, el manuscrito es su vía de escape. Han robado el
manuscrito con una sola condición. Usarlo como mapa de última hora.
Silvia mira sus
llaves y a Asier sin saber qué hacer. Se debate entre ir por libre o dejar a
Asier a su suerte.
-
Si es así, tenemos una hora hasta que suba la
marea y los oculte en alguna de las galerías de la costa. Pero si te saco por
la parte de detrás, mi carrera se acaba hoy.
-
Silvia, si no me sacas de aquí, el Manuscrito
de Voynich terminará en la colección privada de algún millonario y esos dos
“santos” se jubilarán en una isla privada forrados de millones. Tú eliges,
inspectora.
V
La lluvia cae en
los acantilados de la ermita de Santa Catalina. La inspectora Goikoetxea y
Asier llegan al lugar. A lo lejos, las luces azules de las patrullas se acercan
a buen paso. Mientras esta singular pareja ha localizado el rastro de los
expolicías. Una cuerda de escalada profesional anclada a una roca.
La inspectora,
sujeta su arma reglamentaria mientras baja por el sendero embarrado por las
continuas lluvias.
-
Asier, ¡quieto ahí! No quiero que te muevas.
Es peligroso.
-
Silvia, si esos dos usan tácticas policiales,
irán por la otra salida, la zona norte de la cueva, la que solo puede accederse
cuando la marea está baja. ¡Silvia, allí!
Bajo el arco de
piedra que presenta la cueva, los dos jesuitas que se han despojado de sus
hábitos, van vestidos para la ocasión: con neoprenos negros. Ambos cargan con
una mochila. Ignacio en un acto reflejo encañona a la inspectora.
-
Atrás Goikoetxea, ni se te ocurra dar un paso
más. Hace veinte años nosotros fuimos mejores policías que tú y hoy, seguimos siéndolo.
No seas necia de arruinar tu carrera en la Ertzaintza por un libro de dibujos
que no vale nada para ti – responde Ignacio con una voz fría.
-
Ignacio, hay una diferencia entre tú y yo. Y
es que yo no me he olvidado para quién trabajo. Soltad el manuscrito. La barra
de Mundaka está cerrada por el temporal, por lo que ninguna lancha va a venir a
buscaros.
Desde detrás de
unas rocas, con un enclave privilegiado, Asier toma fotos de lo ocurre en la
cueva.
-
¡Ignacio,
no te resistas! He enviado las fotos a mi redacción y a partir de este momento
ya no sois unos fantasmas, sois los ladrones más buscados del pueblo de Mundaka
y del País Vasco – dice Asier gritando a pleno pulmón.
Gracias a la idea
de Asier, Silvia puede avanzar. Tras un breve intercambio de disparos por ambas
partes y un forcejeo en las aguas heladas, la inspectora Goikoetxea, ha
conseguido reducir a Ignacio, mientras que Javier, el otro jesuita que no ha
abierto la boca, acaba resbalando por la roca y es interceptado por los refuerzos
que acaban de llegar al acantilado.
-
¿Dónde te crees que vas, jesuita? – pregunta con
sorna el Cabo Cifuentes mientras lo apunta con su arma reglamentaria.
VI
Después de todo
lo ocurrido en los últimos días, el manuscrito de Voynich se lo han llevado a
restaurar. La exposición seguirá, pero sin su elemento estrella.
En la comisaría,
el comisario Lertxundi, apodado el “Dientes”, por su costumbre de apretar tanto
la mandíbula hasta que le acaba crujiendo, espera a la inspectora Goikoetxea en
su despacho.
-
Señor, buenos días. Me han dicho que me
buscaba. Usted dirá.
-
Siéntese, Goikoetxea. Tenemos mucho que
hablar. ¿Se puede saber que hacía un civil en una zona de exclusión? Y, además,
he recibido no una ni dos, sino tres llamadas del Departamento de Seguridad preguntando
¿por qué una inspectora de mi comisaria ha sacado a un sospechoso de una celda
sin una orden judicial? – pregunta el comisario muy enfadado dando golpes en la
mesa con sus puños.
-
El “civil” del que usted habla, comisario, es
el que ha localizado el punto de extracción. Gracias a él hemos dado con Varga
y Leguina. Sin su capacidad de análisis, ahora ambos estarían camino de aguas
internacionales con el patrimonio nacional en su mochila.
-
No me jodas, Goikoetxea. Bien sabes que no
llegarían tan lejos. Los habríamos interceptado antes. Has pasado por encima de
mi autoridad y has puesto en peligro una investigación. ¡Voy a pedir tu suspensión
antes de que salga el sol!
Antes de
marcharse a casa sin saber qué ocurrirá mañana, la inspectora Goikoetxea
termina de escribir los informes del caso. El teléfono de su mesa comienza a
sonar. El comisario quiere verla en su despacho. Ya. Y es urgente.
El comisario
está fumando un cigarrillo electrónico frente al ventanal que da a la costa. La
inspectora Goikoetxea entra.
-
El fiscal ha confirmado que las pruebas son
sólidas. Varga y Leguina van a pasar mucho tiempo en una fría celda que no se
parece en nada a las habitaciones que tiene el monasterio.
-
Me alegra saberlo, comisario.
Hasta ese momento,
el comisario Lertxundi no se había girado y ahora lo hace, apretando la
mandíbula.
-
No te equivoques conmigo, Goikoetxea. No me
gusta tu estilo de trabajo. El que hagas las cosas de manera precipitada y no
midas las consecuencias de tus actos. Confías mucho en ese periodista de poca monta
más que en ti misma y en la unidad que te acompaña. Me has dejado en evidencia
delante de los compañeros de Madrid.
-
Comisario, ya que estamos siendo sinceros el
uno con el otro, lo que me molesta más a mí es que dos de sus inspectoras más
honorables del cuerpo, fueran los ladrones del manuscrito y, que, además, han
sido los autores de otros robos en otras zonas de España y usted, no los viera venir.
-
Escúcheme inspectora. En esta ocasión, he
archivado el informe de tu “falta de disciplina”. El libro está a salvo y en
proceso de restauración y eso, me ha salvado el cuello ante el consejero. Pero,
si vuelvo a ver a ese periodista de pacotilla husmeando en otra escena del
crimen antes que la policía científica…os encierro a los dos en una misma celda
y, además, te arruino tu carrera policial. ¿Queda claro, Goikoetxea?
-
Alto y claro, señor comisario. Por cierto,
ese periodista de pacotilla, como usted lo llama, tiene nombre y apellido. Es
Asier Aretxaga y me ha dicho que el libro sugiere que hay otra entrada en la
isla de Izaro.
-
¡Inspectora, fuera de mi despacho, YA! No
quiero volver a verte en una temporada – responde gritando.
En el puerto de
Mundaka parece que los ánimos se han calmado. En una mesa de la terraza
acristalada se encuentra Asier, que recibe con los brazos abiertos a la
inspectora Goikoetxea.
-
Me alegra verla, inspectora. ¿Qué tal la
charla con el comisario “el Dientes”? – pregunta Asier con sorna.
-
Pues muy bien, la verdad. Te manda recuerdos –
comenta mientras sonríe y le guiña un ojo.
-
Vamos, que no quiere verme el pelo, ¿no?
-
Ni por asomo – ambos se ríen.
Ahora que parece
que las lluvias han amainado, la inspectora Goikoetxea y Asier se toman un
txakoli en el puerto, mirando hacia el mar, mientras Asier confiesa que se ha
guardado una copia de la página que consiguió descifrar. El misterio del
manuscrito aún tiene un capítulo más…
VII
El Manuscrito robado en Mundaka
Por Asier Aretxaga, periodista
del Faro Invisible
Por el motivo que sea, hay
libros que no se dejan leer o si lo hacen, es por alguna persona especial;
incluso, hay libros que no se dejan robar. El Manuscrito Voynich, ha sido un
rompecabezas que ha burlado a los mejores criptógrafos de la CIA y del FBI sin
resultado aparente. Quisieron silenciarlo bajo el salitre de la costa vizcaína,
pero no pudieron.
Lo que comenzó como una
historia mundana en Mundaka, terminó siendo una persecución de cine negro por
las galerías subterráneas de Santa Catalina. Pero el giro de guión no terminaba
ahí, no, ni en el idioma, sino en quienes portaban las linternas en la oscuridad
de la cueva. Dos hombres (supuestamente de fe), el Hermano Ignacio y el Hermano
Javier, resultaron ser dos ex inspectores de policía, expertos en la misma ley
que decidieron quebrantar. Buscaban un tesoro, como en el libro “La isla del
tesoro”, pero no llegaron muy lejos. Cambiaron la placa por el hábito, y el hábito
por el neopreno, intentando así vender nuestra historia al mejor postor
extranjero. Pero había un detalle que no vieron venir, el instinto de este
maravilloso lugar como es Mundaka.
Hoy, el Manuscrito de Voynich
se encuentra en el taller para ser restaurado. Sigue mudo e ilegible. Si te fijas
bien, dentro se encuentra un mapa de misterio que lleva siglos esperando que
dejemos de traducirlo, para que empecemos, a sentirlo.
NOTA EDITORIAL. DIRECTOR DEL FARO
INVISIBLE.
Por Unai Zubizarreta.
Escribir relatos es fácil,
pero hacerlo viviendo la situación al límite como lo hace Asier, es otra cosa
muy distinta. Algo que algún día, para desgracia de mi salud cardiovascular y para
la Ertzaintza, nos va a dar un susto muy grande.
La crónica que hoy publica
Asier Aretxaga en el Faro Invisible, no es solo un relato de un robo frustrado,
no, es un recordatorio de que el peligro no siempre viene de lo desconocido o
de lo indescifrable. A veces, el peligro viste con uniforme o con sotana, lo
mismo da y, se esconde detrás de una hoja de servicios impecable.
Como director de este
humilde periódico que solo hace su trabajo, me veo en la obligación de pedir
disculpas a la Inspección de Policía de la Ertzaintza por los “quebraderos de
cabeza” provocados por nuestro redactor y cronista Asier Aretxaga. Pero, al
mismo tiempo, no puedo evitar sentirme orgulloso de él. Porque si para salvar
el patrimonio de nuestra tierra hace falta que un magnífico periodista se
manche las manos de tinta reactiva y de barro, que así sea.
Desde aquí, en esta redacción
del Faro Invisible, por mucho que se empeñen en lo contrario, nosotros
seguiremos iluminando las sombras y dando luz.
U.Z.
El Oasis de las Letras

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