I
Como todas las
mañanas, Asier ha salido a correr por la ría de Urdaibai sus siete kilómetros
diarios. En su periplo habitual, se ha encontrado a esa mujer joven con la que
coincide, pero ninguno ha decidido dar un paso adelante y entablar
conversación. Hasta hoy. Nuestro querido protagonista ha decidido ser valiente
y decirle algo.
-
Hoy hace un día estupendo para correr, a
pesar del frío – comenta Asier, de forma tímida.
-
Sí, la verdad es que sí. Llevamos semanas que
no hacía un día así, con tantas lluvias generalizadas – responde Silvia.
-
Perdón, no me he presentado. Soy Asier
Aretxaga, periodista del periódico El Faro Invisible – dice mientras le
extiende la mano.
-
Encantada Asier. Yo soy Silvia Goikoetxea,
inspectora de la Ertzaintza – responde mientras le estrecha la mano.
-
Encantado, inspectora. Si quieres podemos
correr juntos hoy – le comenta Asier de forma graciosa.
-
Por mí, no tengo problema. Lo único es si
serás capaz de seguirme el ritmo…
-
Soy todo un atleta. Por supuesto que te sigo.
-
Me parece fenomenal. ¡Vamos!
Después de una
ruta de 15 km por la ría, Asier llega agotado y pidiendo la hora.
-
No pensaba que corrías tan deprisa…
-
Te lo he dicho antes…y al final, te ha
costado – dice mientras se ríe.
-
No suelo correr tantos kilómetros, no estoy
acostumbrado. Pero seguiré intentándolo. No puedo dejar que me ganes…
-
Asier, el próximo domingo voy a participar en
la media maratón de la ciudad de Bilbao. Si te animas a venir…
-
Sí, claro. Si 15 kilómetros se me hacen
pesados, imagínate 21…
Al llegar a
casa, Asier se da una ducha rápida y se prepara un desayuno completo para
reponer todo lo que ha perdido. En esta ocasión, tendrá más agujetas que de
costumbre…
Antes de
marcharse al trabajo, comprueba en su ordenador si tiene algún mensaje en el
correo electrónico. Mientras está en ello, salta un correo en su bandeja de
entrada. Decide abrirlo. Lo que ve en él le parece muy raro. Las casas
encantadas sólo aparecen en los cuentos y en las historias de fantasías, no en
pleno siglo XXI.
De: Sarah Winchester
Para: Asier Aretxaga
Asunto: La mansión encantada.
Estimado señor Aretxaga.
Le escribo desde mi mansión en la ciudad de San José, en California.
Llevo mucho tiempo viviendo con miedo, desesperanza y angustia. Cada pasillo se
me hace eterno; cada susurro, me pone el vello de punta; oigo ruidos extraños
cuando sé que no hay nadie más en casa…
Señor Aretxaga, sé que usted tiene una relación que une el mundo de
los vivos con el mundo de los muertos, por eso necesito su ayuda.
¿Podría venir aquí a observar esta casa y guiarme? Tengo la sensación
que los muros hablan, pero no sé si para protegerme o para encadenarme.
Con respeto y urgencia.
Sarah Winchester.
¿Quién será esa señora Sarah Winchester? ¿Y, por qué me
está pidiendo ayuda?
II
Al llegar a la
redacción del Faro Invisible, Asier va en busca de su jefe, el ilustrísimo Unai
Zubizarreta. En esta ocasión, Marga está de vacaciones, así que se salta el
paso previo de saludarla.
-
Buenos días, Unai. ¿Puedo pasar?
-
Claro muchacho, pasa, pasa. ¿En qué puedo
ayudarte?
-
Verá Unai, resulta que esta mañana me ha
llegado al correo electrónico un mensaje raro, aunque más bien es paranormal…
-
Cuando no, mi querido Asier. Lo raro sería
que te llegaran mensajes coherentes – responde Unai mientras él mismo se ríe de
la chanza.
-
Lo sé, Unai. Las cosas raras sólo me pasan a
mí. Lo tengo asumido – dice mientras se lleva la mano al pecho.
-
Bueno, cuéntame, qué es lo que te preocupa.
-
Resulta que he recibido un correo de una
mujer un tanto peculiar. Se llama Sarah Winchester. Vive en San José, en
California. Quiere que vaya allí a observar su casa y a guiarla
espiritualmente…
-
¡Aiba la ostia! No sabía yo que tenías tantos
contactos, muchacho…
-
Ni yo, Unai, ni yo…
-
Pues nada, Asier. A California tendrás que
ir. Quiero la mejor crónica jamás contada. Así que, venga. ¡Lárgate de aquí!
Al salir de la
redacción, se marcha al edificio de la Ertzaintza a buscar a la inspectora. Al
llegar le comunican que ha salido a tomar algo al bar de enfrente. Así que, ni
corto ni perezoso, allí se presenta.
La encuentra
sentada en su mesa de siempre, leyendo el periódico de la localidad, cuando
nota que alguien se ha sentado en su misma mesa sin permiso. Lo que no esperaba
era encontrarse con ese rostro conocido.
-
Buenos días, inspectora. Espero que no me
detenga por haberme sentado a la mesa sin su permiso… - responde mientras le
guiña un ojo.
-
Pero si es el joven periodista de las cosas
paranormales, con sus misterios y leyendas que tiene cautivados a todos los habitantes
de Mundaka y alrededores…
-
¿Ha leído mis crónicas, inspectora?
-
Sí y no. Sí, las he leído, pero no me creo
nada de lo que escribes. Todo eso no existe. Es un cuento barato para
entretener a la gente. Pero si sigues en esa línea, llegarás muy lejos.
Próximamente, nos saldrás con un libro bajo el brazo…
-
Todo a su tiempo, inspectora. Pero no vengo a
publicitarme, que ya veo que me tiene bien fichado. Quisiera contratarla.
Silvia
Goikoetxea se esperaba cualquier cosa, menos que el periodista le saliera con
tremendo despropósito.
-
¿Cómo? No te he entendido bien, ¿quieres
contratarme? ¿Para qué?
-
Porque tengo que viajar, por trabajo, a San
José, California. Y necesito que alguien me cubra las espaldas por si se pone
fea la situación. Y, qué mejor que la insuperable e inagotable inspectora,
Silvia Goikoetxea.
-
Asier, no sé en qué líos andarás metido, pero
a mí no me contrata nadie. Al contrario, son mis superiores los que deciden a
qué misiones tengo que ir y a cuáles no. Y, mientras no tenga ninguna orden
directa, no me muevo de Mundaka.
En ese momento,
el teléfono de la inspectora comienza a sonar.
-
Sí, comisario. Dígame. Sí. Perfecto. Cómo
usted mande. Correcto. De acuerdo. Pues lo preparo todo. Gracias.
La cara de Asier
comienza a pintar una sonrisa maliciosa, a la par que la de la inspectora se
torna entre una mezcla de confusión y de intriga.
-
Asier, no tengo ni idea de cómo lo has hecho,
pero me acaban de asignar a acompañarte a la tarea más paranormal que he tenido
nunca. Esta tarde salimos para California.
-
Lo sabía. Gracias inspectora, nos vemos en el
aeropuerto. Será un placer que conozcas este mundo tan paranormal en el que vivo.
III
Durante las casi
veinte horas de viaje entre Bilbao – Madrid, con destino a San José, la
inspectora y Asier han ido investigando todo lo que saben sobre esa mansión y
sobre la familia que la habita o la habitaba.
No existen
vuelos directos, así que han tenido que realizar varias escalas, pero al final
han llegado.
Allí han
alquilado un coche y han dejado el equipaje en un hotel modesto donde van estar
durante su estancia. Mientras están en el modesto edificio, las gentes del
lugar responden de forma amigable las preguntas de Silvia como de Asier. Para
evitar que los descubran, han optado por meterse en sus papeles: ambos son
pareja y se dedican a la investigación, porque van a publicar un libro con las
curiosidades del entorno y de la ciudad de San José y en especial, de
California.
Después de dejar
todo en el hotel, deciden ir caminando hacia la plaza principal de San José en
busca de alguien que les pueda explicar más cosas sobre la famosa mansión…allí
se encuentran con Paolo Santini. Este señor tiene raíces italianas muy
presentes en California y presenta un aire de credibilidad y de misterio a
partes iguales.
En el
interior de la mansión Winchester, un pasillo interminable se abre paso con
puertas que no van a ninguna parte. Paola guía a Silvia y a Asier por esos
pasillos.
-
Bienvenidos a la casa que nunca termina. La
señora Sarah Winchester se encargó de levantarla durante casi cuarenta años,
estando muy convencida que cada ladrillo era un conjuro contra los espíritus
que la persiguen de día y de noche – explica Paolo Santini.
-
Paolo, ¿usted quiere hacerme creer que todo
esto se construyó para que lo habiten los fantasmas? Lo siento, pero no me lo
creo – responde Silvia mientras mira que esa escalera va directa al techo.
-
No vayas tan deprisa, Silvia. En muchas
culturas, las casas y los laberintos que ni tienen salida son rituales muy
utilizados para confundir a los que ya no están, es decir, a los muertos.
Sarah, a lo mejor, quiso transformar su culpa en esta arquitectura tan
espectacular – comenta Asier.
-
Exacto, joven. Aquí podrán encontrar puertas
que se abren al vacío, pasillos que regresan al mismo lugar o ventanas
interiores que no dan al exterior. La señora Winchester decía que, de esta
manera, los espíritus se perdían, incapaces de seguirla – responde Paolo.
-
Más bien sería porque son incapaces de
encontrar al arquitecto que decidió crear semejante locura – dice la inspectora
con un tono escéptico.
-
La verdad es que se equivoca, señora
Goikoetxea. No hubo ningún arquitecto. Todo lo que ven, salió de los planos que
hizo la propia Sarah. La obra nunca se detuvo, ni de día ni de noche. Los
obreros se dedicaban a recibir las órdenes directas de ella, como si la casa
fuera un organismo que debía seguir creciendo – comenta Paolo.
-
Esto es…fascinante. Es como si fuera un
templo del miedo convertido en piedra. Una auténtica penitencia – observa
Asier.
-
Dirás lo que quieras Asier, pero yo solo veo
a una señora con mucho dinero y con mucha imaginación – responde Silvia
mientras se cruza de brazos.
-
Tal vez señorita. Pero todos aquellos que han
pasado una noche aquí, hablan de pasos en los pasillos vacíos, de puertas que
se cierran solas, de voces que susurran desde las chimeneas…yo mismo he sentido
en varias ocasiones que, me observan desde las esquinas – explica Paolo.
-
Pues a mí solo con eso no me vale, necesito
más pruebas – responde con firmeza la inspectora.
-
Silvia, ¿no es prueba suficiente que esta
casa ya exista? Porque que alguien se dedicara a construir este laberinto de
pasillos, escaleras o puertas para calmar lo invisible… - comenta Asier.
-
Pareja, aquí es donde comienza lo
inexplicable. Si se atreven a entrar, la mansión les va a mostrar su verdadero
rostro.
IV
Un pasillo
estrecho, con puertas que dan al vacío. Asier y Silvia avanzan de forma rápida
con las linternas encendidas. El aire se hace pesado, como si costara respirar.
-
Madre mía, Asier. ¿Has visto? Esa puerta da
directamente al vacío, al abismo en toda la grandeza de la palabra. No me
gustaría quedarme atrapada aquí.
-
Esto es un laberinto ritual, Silvia. Sarah lo
construyó esto para confundir a los espíritus. Aunque ahora nosotros somos los
que estamos perdidos.
De pronto,
surge una figura en una zona oscura, que va vestida de negro y aparece por el
pasillo. Es Sarah Winchester, que porta un candil en la mano.
-
No teman, pareja. La casa no busca su muerte,
busca vivir en paz y en armonía. Cada escalera lleva a un destino, cada ventana
interior, es un muro contra las voces que me persiguen sin parar.
-
¿Calma? Pero si esto parece una
pesadilla…¿Cómo se supone que vamos a salir vivos de aquí? – se pregunta Silvia
con miedo.
-
Inspectora, la salida no aparece en los
planos. Tiene que reflexionar. Si aceptan que la casa es un espejo de la culpa,
entonces, encontrarán el verdadero camino a la salida.
-
Señora Winchester, ¿nos está diciendo que
cada pasillo es un exorcismo que debemos descifrar? – pregunta Asier mirándola
con fascinación.
-
Exacto joven. Yo levanté este laberinto para
que los espíritus se pierdan y dejen de molestarme. Pero quienes deciden entrar
aquí deben preguntarse: ¿se van a dejar atrapar por el miedo o siguen la
lógica?
-
Señora Winchester, yo no creo en fantasmas,
pero sí quiero sobrevivir. Díganos como debemos salir de aquí – dice Silvia.
-
La respuesta es sencilla, joven. Deben seguir
la luz que nunca se apaga. No la de la linterna o el candil, sino la que
ustedes llevan consigo, la interior. La mansión se encargará de ponerlos a
prueba. Pero si caminan juntos de la mano, hallarán la salida.
Silvia y
Asier, se miran, conscientes que la única forma de salir de allí es juntos. No
les queda otra que confiar el uno en el otro.
-
Inspectora, no es cuestión de creer o no, es
cuestión de avanzar.
-
Está bien, Asier. Caminaremos juntos. Si esta
casa quiere tragarnos, lucharemos hasta el final, pero saldremos victoriosos.
-
Esa es la respuesta que quería escuchar.
¡Vamos!
V
En el exterior
de la mansión, la noche se presentaba fresca en San José. Silvia y Asier han
cruzado la última puerta y por fin, pueden respirar aliviados.
-
Madre mía…creía que no íbamos a ser capaces
de salir de la mansión con vida – responde jadeando Silvia.
-
La casa quería probarnos, Silvia. Pero el trabajo
en equipo hace que lo hayamos conseguido – comenta Asier mientras mira hacía
atrás, con voz grave.
Ambos se quedan en silencio durante unas
décimas de segundo, después, Silvia se acerca y abraza con fuerza a Asier. Este
responde con un abrazo sincero y cálido.
-
Asier, quiero darte las gracias. Sin ti, no hubiera
sido capaz de salir de ahí dentro, me habría perdido, aún asiendo una de las
mejores inspectoras de la zona.
-
Y yo, sin tu valor y tu coraje para enfrentarte
a situaciones extremas, hubiera dado pasos en falso y a saber dónde hubiera
acabado – le dice con una leve sonrisa.
A pesar de este momento tan bonito entre ambos, se
separan rápido, incómodos pero conscientes de lo que acaban de compartir.
-
Bueno, ya está bien. Hay que
centrarse en volver a Mundaka y que escribas tu crónica. La mansión tiene mucho
que hacer con sus queridos habitantes dentro…
VI
Crónica: La casa que nunca termina
Por Asier Aretxaga
En esta ocasión me hallo en una
pequeña ciudad de California, exactamente en San José. La mansión Winchester se
alza como si fuera un organismo vivo, un laberinto que desafía en extremo a la
lógica y a la razón. He sido participe de una aventura sin igual, recorriendo
sus pasillos junto a mi amiga, la inspectora Silvia Goikoetxea. Puedo aseguraros
que no se trata de una simple edificación como otra cualquiera, no, es un lugar
donde nada es lo que parece. Es decir, un ritual se queda corto.
El sitio es una obra de arte, muy
extravagante, sí, pero muy peculiar. Tan pronto encuentras escaleras que
ascienden hacia techos cerrados, como puertas que se abren a un vacío sin
igual, ventanas que no dan hacía ninguna parte…pero todo ello está hecho con un
propósito: apaciguar a los inquilinos que en dicha mansión viven. O, al menos,
es lo que la señora Sarah Winchester dice. Para ella, los espíritus la
persiguen, por ello, decidió crear sus propios planos.
En la zona más inexplicable que
puedan imaginarse, la propia Sarah nos recibió a la inspectora como a mí. Nos
estuvo explicando por qué la casa está diseñada de esa manera, nos habló de la
culpa y del perdón y de por qué cada ampliación era un muro que frena las voces
invisibles. El miedo se palpaba, Teníamos la sensación que la mansión podía
atraparnos para siempre en ese lugar.
Mi amiga, la inspectora Goikoetxea
exigía pruebas, ya que era no se creía nada de lo que Paolo Santini nos estuvo
contando. Yo, como persona elegida para dar voz a aquellas historias que no quieren
que se cuenten, vi en cada rincón un exorcismo arquitectónico. Y, sin embargo,
ambos compartimos el mismo temor: no ser capaces de encontrar la salida.
Al cruzar la última puerta, San
José nos devolvió a la realidad. Ambos nos fundimos en un cálido abrazo,
celebrando nuestra supervivencia. La mansión se quedo atrás, con sus adorables
inquilinos y su silencio.
Hoy escribo esta crónica para mi
periódico, ese que me da alas para que siga creciendo, para que narre en primera
persona los sucesos que otros quieren callar. La casa Winchester no es solo un
simple edificio arquitectónico, es un espejo de la condición humana, un intento
desesperado de dar forma al consuelo, de construir muros contra lo invisible.
Mientras haya algo que contar,
ahí estará mi voz y mis letras.
NOTA
DEL DIRECTOR
Publicado
en el Faro Invisible, edición mes de febrero.
Por Unai Zubizarreta, director
del Faro Invisible
La crónica que hoy nos relata
nuestro periodista Asier Aretxaga no es solo el relato de un viaje, es una
advertencia sobre cómo una casa puede convertirse en el espejo de la conciencia
humana. Sarah Winchester levantó esta mansión en un intento desesperado por
calmar a los espíritus, de ahí su miedo y su culpa.
Desde esta redacción, creemos que
este testimonio no debe leerse solo como una simple curiosidad histórica, sino
como una metáfora de nuestro tiempo, es decir, sociedades que construyen
laberintos para ocultar a los fantasmas.
En esta ocasión, Asier ha estado acompañado
de la inspectora Silvia Goikoetxea, a la cual, le agradezco con mucho cariño su
participación en este viaje, cuidando y protegiendo a nuestro querido periodista.
Ambos han sobrevivido a los misterios y exorcismos de la mansión, por lo que, han
terminado con otra experiencia que contar. Nos han enseñado los lugares más
oscuros, la confianza mutua y el valor de compartirlo.
Me gustaría que esta edición
sirviera como recordatorio. Todos los lugares que frecuentamos guardan sus secretos
más oscuros, los muros tienen memoria y los fantasmas que lo habitan se
encargan de recordarnos quiénes somos y de dónde venimos. Porque, aunque no
queramos reconocerlo, el pasado siempre vuelve y nos enseña el camino de
vuelta.
El Faro Invisible seguirá alumbrando
allí donde otros prefieren la oscuridad.
U.Z.
El Oasis de las Letras

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