El pueblo desaparecido

 



I

Después de pasar unos días de vacaciones en Transilvania con su hermana Anne y de descubrir que es el elegido, Unai Zubizarreta le ha dado todos los poderes a Asier para que investigue aquellos casos que quiera darles voz, esa verdad que no se debe callar.

Su hermana Anne, pidió traslado a Bilbao para poder trasladarse allí y comenzar una nueva vida junto a su hermano, ya es hora de que ambos se conozcan mejor y puedan ser familia. A Anne le confirmaron el cambio de destino y mientras encuentre un lugar donde vivir, se está quedando con Asier en su pequeño piso de Mundaka.

Ya hace unos meses que Asier comenzó a trabajar en el Faro Invisible y, desde entonces, no han parado de pasarle cosas extraordinarias, pero a la vez, reveladoras. Por lo que ya que ha aceptado ser el elegido para darles voz a esas historias que deben ser contadas.

Un nuevo año ha comenzado en Mundaka, a la espera de ver cómo avanza. Como todas las mañanas, Asier ha salido a realizar sus siete kilómetros por la ría de Urdaibai, mientras que su hermana Anne se ha marchado bien temprano a realizar unas diligencias por la ciudad de Bilbao, ultimando los detalles de su nuevo trabajo.

Al regresar de su carrera matinal, Asier suele realizar sus estiramientos en un parque cercano a su piso, donde, por enésima vez, vuelve a coincidir con esa chica a la que le brillan los ojos cada vez que se encuentran. Ninguno de los dos puede negar que se sienten atraídos, pero ninguno da un paso adelante…

Después de su ducha y de desayunar algo, Asier sale al buzón de la entrada con una manzana en la mano, la cual va masticando, cuando al recoger el correo, nota que hay algo atascado. Se acerca, mira con curiosidad y comprueba que hay un paquete más grande de lo normal ahí atascado. Termina su manzana, se limpia la mano e intenta sacar ese enigmático sobre del buzón intentando que se dañe lo menos posible. Cuanto más insiste, menos lo consigue. Decide parar y pensar en otra opción, por lo que al final, lo consigue. Recoge todo el correo y vuelve a entrar a casa. Se acerca a su escritorio, deja todo esparcido y se centra en el sobre. Dentro de él, se encuentra con una fotografía dañada, en blanco y negro, con gente que él no conoce de nada y viene acompañada con un amuleto. Le recuerda a los inuit, un pequeño tótem de lobo. Pero, ¿Cómo ha podido llegar ese sobre a su piso?

II

Asier acaba de llegar a la redacción del Faro Invisible y le pide a Marga hablar urgentemente con Unai Zubizarreta.

-          Asier, el señor Zubizarreta está ocupado, en cuanto se desocupe, te aviso.

En ese momento, a Unai se le escucha dar unas cuantas voces, muy típicas de él. Sale echando humo del despacho.

-          Unai, quisiera decirl…- no termina la frase Marga cuando Unai le responde con cajas destempladas.

-          ¡Nada! No vas a decirme nada, porque no estoy de humor, ¡carajo!

-          A sus órdenes, jefe. Asier, hoy no te va a poder atender Unai, ya has visto cómo está.

-          Está bien, Marga, no te preocupes.

En ese instante, Unai se da cuenta que está Asier y se dirige a Marga.

-          ¿Pero mujer, como no me has dicho que mi periodista estrella está aquí?

-          Porque no me ha dejado. Me acaba de decir bien clarito que no me va a dejar decirle nada.

-          Pamplinas, yo no he dicho eso. Vamos Asier, a mi despacho, tenemos muchas cosas de las que hablar tú y yo.

-          Madre mía…este hombre va a acabar muy mal…menos mal que yo no me enfado – comenta Marga hablando para ella.

Ya en el despacho…

-          Muchacho, ¡qué sorpresa verte! ¿Qué me cuentas de nuevo?

-          Pues resulta que esta mañana cuando he venido de correr mi carrera matinal, al recoger en el buzón mi correo, me he encontrado con este sobre y este amuleto.

-          Déjame que lo vea. Esto es muy interesante Asier. Este tótem de lobo no es muy frecuente encontrarlo hoy en día. Simboliza una guía espiritual, una conexión con la naturaleza y la protección frente a lo desconocido. Y esa fotografía…parece sacada de algún pueblo lejano.

-          Exacto, Unai. Ese pueblo existe. Bueno, mejor dicho, existió. Es un pueblo fantasma. El pueblo de Anjikuni está ubicado junto a un lago que tiene el mismo nombre, en el territorio de Nunavut, al norte de Canadá. Es una región extremadamente remota, dentro del Ártico canadiense, caracterizada por la tundra, los lagos helados y una población inuit dispersa históricamente.

-          Joven, ya veo que has hecho los deberes. Pero me imagino que me quieres pedir algo, ¿o me equivoco?

-          Andas en lo cierto, Unai. Me gustaría viajar a Canadá unos días a investigar qué ocurrió en ese pueblo remoto y por qué sus habitantes se marcharon del lugar dejando todo tal y como estaba, es decir, sin llevarse nada, dejando también a sus animales a su suerte.

-          Asier, desde que me contaste lo que os ocurrió en Transilvania a Anne y a ti, obviamente queda claro que eres el elegido. Así que, tienes vía libre para irte a investigar y crear la mejor crónica jamás contada. Ten mucho cuidado, campeón. Te queremos de vuelta.

-          Volveré Unai, ten por seguro que volveré.

III

En un avión de hélices, Asier ve cómo va amaneciendo en Nunavut. Aterrizan en una pista helada, perdida en la inmensidad blanca. El viento es muy cortante, como si fueran cuchillas y hay un silencio absoluto, que incluso, da miedo. Asier desciende del avión con su maleta y su mochila sobre sus hombros. Es consciente que está entrando en una zona donde las historias tienen que ser contadas, no calladas.

A pocos metros del avión, se encuentra junto a una camioneta llena de escarcha a un señor de rostro curtido y con una mirada penetrante. Es Bernabé Kallik, un historiador mestizo, mitad inuit, mitad europeo, que lleva ya muchas décadas en la zona. Lleva un abrigo de piel de caribú y un colgante de hueso, el cual relaciona la vida de dos mundos.

-          Bienvenido, Asier. Espero que hayas tenido un buen viaje. Aquí hace muchísimo frío. Este lugar no es un sitio como cualquier otro, era un pueblo pequeño y agradable que desapareció sin dejar rastro. Aquí desapareció una memoria que hoy, espero que se recupere.

Mientras avanzaban por las carreteras heladas hacia el lago Anjikuni, Bernabé fue narrándole a Asier lo que conocía a través de diferentes testigos: las luces verdes en el cielo, los cantos que no sonaban humanos o amuletos de los cuales los inuit no se separan de ellos. Asier escuchaba todo con mucha atención, anotando todos los detalles en su libreta. Bernabé se paró en seco frente a la inmensidad del lago (congelado) y le señaló hacía el horizonte.

-          Si quieres entender qué ocurrió aquí, tendrás que pasar unas horas con ellos. No me preguntes cómo. En este lugar, el tiempo no es lo que parece. Puedes bajarte, joven. Vendré a buscarte en unas horas.

Genial, pensó Asier. ¿Y, cómo piensa Bernabé que voy a pasar tiempo con personas que ya no viven aquí?

Asier sintió un escalofrió que le heló la sangre. El viento acompañaba un murmullo lejano, con voces que se confundían con el crujido del hielo debajo de sus pies. Entonces comprendió que estaba a punto de cruzar una frontera invisible, con una mezcla entre historia y leyenda.

El paisaje que se encuentra Asier al atravesar el pueblo es desolador, pero hay algo que le llama la atención. Hay una cabaña intacta, escucha que de fondo una voz lo nombra, hay objetos que no deberían estar ahí…Se acerca a la cabaña, los cristales están empañados por el frío, de ahí sale un olor de comida, como si fuera un caldo. Tiene miedo. Su mano derecha comienza a temblar. No sabe si llamar a esa puerta y entrar o marcharse por donde ha venido. Decide entrar.

Sin saber cómo, cruza al año 1930. No existe una máquina del tiempo, pero sabe que acaba de traspasar la frontera.

Al abrir la puerta, se encuentra con una familia de inuit. La pareja tiene tres hijos pequeños, muy tapados, a pesar que el fuego de la chimenea prende con fuerza. La mujer va a comenzar a llenar las tazas para el caldo. Cuando la mujer se gira, lo mira y con una sonrisa amigable, lo anima a compartir mesa con ellos. Asier está temblando, pero no de frío. Aun así, decide seguir adelante, devolver la sonrisa y sentarse a la mesa con ellos.

-          Aquí vivimos de la caza y de la pesca – explicó el hombre -. Nuestros perros nos acompañan durante los viajes y nuestras manos, tejen lo que el frío se encarga de arrebatarnos. Somo un pueblo que escucha a la tierra, porque ella nos habla.

El padre de familia, se llama Aqpak (42 años). Es cazador de caribúes y pescador en el lago. Se caracteriza por ser un hombre sereno, poco hablador, pero con una mirada profunda. Lleva consigo un amuleto de hueso de lobo, su guía y resistencia.

La madre es Nuna (38 años). Es hilandera y tejedora de profesión. Es conocida por su habilidad para transformar las pieles de foca en bonitas parkas resistentes al frío. Lleva siempre consigo un pequeño saco de piel con varias piedras verdes, las cuales, protegen a sus hijos de los espíritus del hielo.

Ivik (10 años), es el mayor de los tres hijos. Es un chico curioso a la vez que soñador. Le encanta dibujar en la nieve con los palos y le chiflan las auroras boreales.

Sila (7 años). Es la única chica. Es muy risueña, se encarga de ayudar a su madre a preparar las comidas y a cuidar de los perros.

Taq (5 años). Es el más pequeño de la familia. Es un chico muy inquieto y le gusta imitar a su padre cazando con arcos de juguete.

El amuleto de la familia es el “Aarnussaq del testigo”. Es una figura tallada en hueso de caribú, con incrustaciones de piedra verde. Se transmite de generación en generación y según manda la tradición, solo se entrega a quién está destinado a contar la verdad del pueblo.

La educación de esos niños consistía en la observación diaria siguiendo los pasos de sus padres, tanto en la caza, en la pesca o en la construcción. Sus juegos infantiles consistían en imitar a sus padres cazando o en el manejo de trineos.

Asier anotaba cada palabra, cada frase que le narraban. Estaba fascinado por la serenidad que demostraba esa gente. Pero entonces, un ruido extraño interrumpió la conversación. La nieve empezó a crujir, se escuchaban murmullos que no parecían humanos. Los niños que, estaban jugueteando, se quedaron mudos. La mujer, temerosa, apretó el amuleto que llevaba colgado a su cuello.

Todos salieron juntos al exterior de la cabaña. El cielo se había teñido de un color verde, imposible de describir. Las luces danzaban como si de una coreografía se tratara sobre el lago helado. El firmamento parecía que se iba a romper por la mitad. El aire se hacía más pesado, costaba respirar.

Miraron al lado opuesto, la gente corría. Ellos se acercaron un poco más hacía el horizonte y se encontraron algo devastador. Las tumbas del cementerio estaban abiertas. Vacías. El pueblo entero parecía que se difuminaba. Las familias de inuit miraban al cielo, esperando una explicación. Sabían que había llegado la hora.

Asier no era capaz de articular palabra alguna. Entonces lo comprendió. No estaba allí para salvarlos, sino para contar esa historia. Sin saber cómo ni por qué, él también ve la luz. Escucha un canto que no es humano. De pronto, desfallece. Al despertar, se encuentra en una tienda de campaña, con la grabadora encendida y una voz que dice: “no deberías haber venido”. Raudo y veloz, acude a su mochila, saca su cuaderno y comprueba las notas que tiene escritas. Repara en una de ellas: “No desaparecieron. Fueron llamados”. Vuelve a rebuscar en la mochila. Saca la foto. La mira. Es la familia con la que acaba de estar. Parecían felices. Mientras la mira, ocurre algo. Los miembros de la familia, junto con los perros, van difuminándose y desaparecen de la imagen. Ahora aparece una imagen desoladora de un paisaje abandonado.

IV

Crónica: El silencio de un pueblo.

Por Asier Aretxaga

Hace casi 100 años, en un frío mes de noviembre de 1930, el trampero Joe Labelle, llegó exhausto a la orilla del lago del que toma nombre este lugar, buscando refugio en alguna aldea inuit que tantas veces lo había acogido anteriormente.

Pero lo que allí encontró lo dejo perplejo. Había un silencio sepulcral. Las cabañas estaban intactas. La comida estaba servida sobre la mesa, aún caliente. Las ropas colgadas como si sus dueños fueran a regresar de un momento a otro. Pero allí no había ningún alma.

Asustado y alarmado, dio avisó a la Real Policía Montada de Canadá. La investigación se produjo se forma inminente. Los agentes se encargaron de peinar la zona y de examinarlo todo con precisión: las chozas, los senderos, los rincones más escondidos…hasta el propio cementerio. Lo que ellos hallaron los dejó helados, incluso a los más veteranos del oficio. La imagen era desoladora. Los perros de trineo estaban muertos de hambre; las tumbas, abiertas y vacías; y, para más inri, un silencio tan denso que cortaba la respiración.

Lo más paradójico es que no había huellas de huida desesperadas, ni tampoco signos de violencia. Simplemente, un pueblo entero se había desvanecido de la faz de la tierra. 

Varios testigos afirman que vieron luces verdes danzando por el firmamento de la noche, como si fueran auroras poco convencionales. Otros, decían haber escuchado cantos extraños que se confundían con el sonido del viento. Entre tanto, la policía no llegaba a entender qué ocurrió exactamente en ese lugar. No sabía cómo explicarlo. Por lo que cerraron el caso con un informe que, a día de hoy, sigue inacabado.

Puedo decir que yo he estado allí, que he tocado las maderas de las cabañas que siguen en pie, he pisado la misma nieve, pero reconozco que el tiempo allí no es igual como en Mundaka. Anjikuni no fue una desaparición: es un borrado de la memoria colectiva.

Hay historias que deben ser contadas y yo tengo el privilegio o el don de hacerlas leer allá por donde me lleve mi destino.

NOTA DEL DIRECTOR

Publicado en el Faro Invisible, edición año nuevo.  

Por Unai Zubizarreta, director del Faro Invisible.

La desaparición del pueblo de Anjikuni no es solo un simple misterio canadiense, es un recordatorio de que la historia se guarda para ella silencios que nadie se atreve a romper. La crónica de nuestro mejor periodista, Asier Aretxaga, nos devuelve a un episodio, que podemos considerar fantasma, ya que, la memoria oficial quiso enterrarla bajo la nieve. Pero, afortunadamente, esa memoria sigue latiendo en las voces de aquellos a quienes aún recuerdan esas luces verdes y ese vacío tan impotente.

Como medio de comunicación, asumimos la responsabilidad de dar espacio a lo que otros incomodan, a lo que desafía. No somos de los que buscamos respuestas fáciles, ni queremos alimentar ningún tipo de supersticiones, queremos preservar la verdad de los hechos narrados y su derecho a que la sociedad los conozca.

Anjikuni no es un lugar desaparecido de la faz de la tierra. Al contrario, es un símbolo de lo que ocurre cuando la memoria se borra y el silencio se impone. Me gustaría que esta crónica sirva para crear conciencia, que ayude a preguntarse cosas y para recordar que hay historias que no quieren ser contadas…pero que necesitan ser escuchadas.

El Faro Invisible seguirá alumbrando allí donde otros prefieren la oscuridad.

U.Z.

El Oasis de las Letras

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