Tú nombre escrito en sal

 



I

Lleva tres días lloviendo sin tregua en Mundaka. El cielo está encapotado y, esta noche, los relámpagos rasgaban la noche como si fueran cuchillas de luz. Los truenos, cada vez eran más cercanos y, parecía que la tormenta quería anunciarnos algo más.

Este mal tiempo comenzó el jueves, y desde entonces, el pueblo no conoce nada más que agua, viento y un cielo que parece que quiere tragarse el mar. Los pescadores de la zona no pueden salir a faenar, las ventanas de las viviendas están cerradas con doble cerrojo y en el puerto, alguien dijo haber visto unas velas negras entre las olas.

Es de decir que, aquí en Mundaka, cuando llueve varios días seguidos y los truenos no cesan, los mayores del pueblo murmuran que el mar está inquieto. En medio de la noche y en plena tormenta, alguien creyó ver una silueta en la bahía. No era un barco cualquiera.

Comenzamos nueva semana y este lunes se presenta idéntico al fin de semana, pasado por viento y lluvia. Asier se ha levantado con mucho sueño y le ha costado ponerse en pie, porque con este frío, mejor quedarse en casa. Se da una ducha calentita, desayuna su tostada y su café bien cargadito y decide ponerse el chubasquero, porque, aunque lleva paraguas, es como si no lo llevara.

Al llegar a la redacción de El Faro Invisible, Unai Zubizarreta, se encuentra de un humor de perros, porque con este mal tiempo, al repartidor le está costando realizar su ruta habitual y claro, lo que no se reparte, no se gana. Y, también, tiene a media familia acatarrada por culpa de este maldito tiempo. De momento, él es el único que se libra. Cuando Asier llega al despacho, Unai acaba de despachar por teléfono a uno de los representantes que quería que le hicieran publicidad de sus productos gastronómicos, pero resulta que hoy no es el día de hacer publicidad y eso, que al señor Zubizarreta la comida le encanta.

-       Jefe, ha llegado el joven Asier, ¿lo hago pasar? – pregunta la simpática secretaria.

-       Sí, hazlo pasar, que hoy estoy hasta arriba de papeles y de llamadas. Marga, no me pases más llamadas, que me llamen mañana, o pasado o la próxima semana, si eso.

-       Como usted diga jefe. Asier, puedes pasar, el jefe está encantado de recibirte – comenta mientras se va haciendo una mueca similar a una risa.

Asier mira a Marga con cara de estupor porque desde que lleva trabajando en el periódico, nunca ha hecho amago de sonreír y menos de llamarlo por su nombre. Al final, la cara de acelga va a tener sentido del humor.

-       Buenos días, señor Zubizarreta, ¿puedo pasar?

-       ¡Pasa, pasa, chaval! Y, llámame Unai, que señor me hace feo y gordo, y, no soy ni lo uno ni lo otro.

-       Como quieras, Unai.

-       Muchacho, estoy muy contento contigo. El primer número de tu sección de misterios y leyendas, ha sido todo un éxito. Has conseguido atraer al público, se han suscrito más personas y el faro comienza a volar como en sus mejores años y, todo gracias a ti. Si es que, más majo no puedes ser. Por lo menos, el primer telediario lo has terminado.

-       Gracias Unai, pero he de decir que lo pasé fatal con el primer relato. Silverpilen es una historia que no conocía y, he de reconocer que estar en aquel tren lúgubre, con esas personas ahí al lado mío y conocer a la muerte, no fue mi mejor plan…

-       Venga muchacho, no te me achantes ahora. Eso fue una pesadilla, ya lo sabes. Y, los sueños, sueños son. No le des más vueltas. Ahora quiero proponerte un nuevo misterio que trae de cabeza a muchos marineros cuando están en alta mar. Resulta que cuenta la leyenda que hay un barco, conocido como el holandés errante, que fue condenado a vagar eternamente por los mares y se sitúa la trama hacía el siglo XVII. Me parece una idea fascinante para que lo investigues y me crees la mejor historia de todos los tiempos. ¿Qué me dices, chaval? – dice muy contento Unai, a la par que da una palmada fuerte y la luz se va en todo el edificio.

En ese momento, ambos se sobresaltan por el apagón sufrido, consecuencia de la tormenta que está acaeciendo ahora mismo.

-            Unai, si tú dices que esto es causa de la tormenta, vale, pero ¿no tendrá nada que ver esa historia que acabas de contarme?

-            Venga muchacho, no te acobardes, los vascos somos personas muy valientes y tú también. Ale, ale, a trabajar.

Asier sale del despacho dirección a su mesa, cuando recibe en el móvil un mensaje de su amigo Mikel, que le está proponiendo una fiesta de disfraces de Halloween que se va a celebrar el último fin de semana de ese mes de octubre y, quiere que vaya con todo el grupo de amigos. Asier no está muy por la labor de disfrazarse, así que deja el mensaje en visto y decide ponerse a trabajar.

Lleva varias horas investigando y viendo vídeos para documentarse sobre este barco y cada línea que lee, le fascina más que la anterior. Cuando se da cuenta, es la hora de marcharse a casa. Recoge todo, guarda en la nube lo necesario para trabajar en casa y se marcha. Al llegar, parece que la incesante lluvia ha cesado. Así que decide bajar a correr por la ría de Urdaibai un rato, porque tiene las piernas y el cuerpo agotado de esa silla que tiene en la oficina.

Lleva cuatro kilómetros transcurridos cuando se encuentra con una joven, que también ha salido a correr, ambos van en sentidos opuestos, se miran, se sonríen y siguen su camino. Agradece llegar a casa, darse una ducha calentita y mientras enciende la tele, una película hace acto de presencia. La trama está interesante, pero aparecen unas olas gigantes que las compara con las de Mundaka, pero se dice para sí mismo: “las nuestras son mejores, más grandes, esas son una copia barata”. No puede evitar cerrar los ojos y caer vencido por el sueño.

Al despertarse, nota que todo le da vueltas a su alrededor. Es como si lo estuvieran meciendo en una cuna y, hasta donde él sabe, se ha quedado dormido en su sofá. Le da miedo abrir los ojos, pero cede por las rendijas de luz que lo van espabilando. Cuando Asier abre los ojos de par en par, se queda ensimismado y perplejo. Se dice para sí mismo: “y será verdad. No estoy en ningún barco y menos en alta mar. Ni de coña”. Se levanta como puede y comprueba por él mismo que sí, que está donde no quería estar.

II

En la cubierta del barco, envuelta en una bruma densa, Asier sale a popa, empapado por la lluvia que cae. El mar ruge como un león enjaulado. No sabe cómo ha llegado allí.

-       ¿Dónde…dónde estoy?, ¿Qué barco es este?, ¿Quiénes sois vosotros? – pregunta descolocado Asier.

-       (Apoyado en su timón y con una sonrisa socarrona) – Vaya, ya se ha despertado el nuevo huésped del barco. Ya era hora, zagal. Qué lastima que no vengas con respuestas, sino haciendo preguntas. Siempre llegan así, temblando y perdidos – responde el capitán Van der Decken.

-       Yo…yo no recuerdo haber subido a este barco. No recuerdo nada de nada. ¿Qué está pasando? – explica Asier.

-       Muchacho, estás en el Vliegende Hollander. Más conocido como el barco que no conoce puerto ni perdón. Y tú…tú has cruzado el umbral sin saberlo.

-       No, no, no. De eso nada. Esto no puede ser verdad y menos que me pase dos veces. Si es que estoy gafado. Por algo me decían que los anteriores no llegaban a dos telediarios. Solo a mí me pueden ocurrir estas cosas sin sentido - masculla para sí mismo Asier.

-       Zagal, no tengo ni idea que has dicho, pero que sepas que el barco es real, nosotros somos reales. ¿Crees que la eternidad se mide en relojes? – se ríe con sorna el capitán – Escucha, ya que estás por aquí, te contaré en primicia por qué el mar nos devora y el cielo nos ciega. Verás, verás…

Asier se le empieza a atragantar la propia saliva. No sabe si saldrá con vida de ese barco. 

-       Todo comenzó por la zona del Cabo de Buena Esperanza. El cielo se partía en dos, como si le hubieran dado un hachazo. Las olas eran como montañas que rugían mi nombre. Desde los mandos superiores, me ordenaron volver. ¡Volver yo! Ja. Como si el destino se pudiera esquivar, juré con todas mis fuerzas y por lo más sagrado que no daría marcha atrás. Iba a cruzar el cabo, aunque me tomara hasta el día del Juicio Final.

-       ¿Qué hizo qué, capitán?, ¿No se le ocurrió hacer otra cosa más sensata que desafiar a Dios? – pregunta de forma incrédula Asier, aparte de asustado, claro.

-       Yo no desafié a ningún dios, desafié al miedo, al tiempo, al destino y, de paso, a la muerte. Y, por esa razón, el mar me respondió solo como él sabe. Se formó una tormenta que fue creciendo igual que una bestia. El mástil crujía, los hombres gritaban y yo…yo me reía. Hasta que el cielo me maldijo con todas sus fuerzas.

En ese momento, se oye un trueno, Asier se estremece. El cielo se encapota de forma muy rápida y parece que se va a partir en dos en cualquier momento.

-       Desde entonces, así andamos. Vagamos sin rumbo, sin descanso. A veces, el mundo nos ve, otras veces no. A veces, alguien como tú sube a bordo. Pero nadie se baja.

-       Entonces, ¿estoy condenado a navegar en este barco toda mi vida? – pregunta asustado Asier.

-       (El capitán lo mira con una sonrisa burlona) – No, condenado no estás. Eres el elegido. El mar te ha llamado, Asier. Y, cuando el mar habla, nunca se equivoca, recuérdalo.

Asier no respondió. Solo cerró los ojos y, entonces, un trueno se convirtió en un grito helado, la lluvia en vapor y el barco…en niebla.

III

            Se despertó en la playa de la arena de Mundaka, con el salitre pegado a la piel y los labios partidos. La lancha de su padre estaba varada a unos metros, anclada. El cielo estaba claro, comenzaban a brillar los primeros rayos de sol. Caminó hasta su casa con pasos de náufrago, sin saber cómo había sobrevivido o, por el contrario, seguía soñando.

Al llegar, se encontró su cuaderno de notas con palabras escritas: “Van der Decken”, “el mar elige”, "Cabo de Buena Esperanza”. Al terminar de leerlas, no sabía si se sentía vivo…o vacío.

IV

El mar ha elegido

Por Asier Aretxaga

Todavía no recuerdo si fue un sueño, un delirio o una condena, sólo sé que el mar me llamó.

Comencé investigando como hago siempre que me encargan un caso. Estaba en casa tomando notas cuando, sin saber cómo ni por qué, acabé en el mar con la lancha de mi familia. Me dejé llevar. Las olas me golpeaban. El cielo no me asustaba. Y, cuando el relámpago rasgó el horizonte, lo vi.

El capitán Van der Decken me esperaba. Yo no lo conocía. Su voz era una mezcla entre sal y siglos. Me llamó huésped de su propio barco. Me contó la historia de por qué vagaba sin rumbo por los mares. Y me dijo algo que me dejó helado: “el mar te ha elegido. Todo el que sube a este barco, nunca regresa”.

Caminé por la cubierta sin rumbo fijo, calado hasta los huesos. Vi rostros en la espesura de la niebla. Encontré un cuaderno. En él, figuraba mi nombre. Todo estaba escrito.

Todavía no sé cómo regresé. Desperté en Mundaka. Mi lancha seguía en el mismo lugar, como si nunca hubiera partido. Pero sí partí y, regresé.

Este relato no es mío, es del mar. Yo solo soy el elegido para escribirlo.

NOTA DEL DIRECTOR

Publicado en El Faro Invisible, edición especial de otoño

Por Unai Zubizarreta, director de El Faro Invisible

Hay relatos que no se escriben, se sobreviven. El texto que hoy nos entrega Asier no es una simple historia, sino una herida abierta por el mar. Una travesía que no figura en ninguna ruta ni en cuadernos de bitácora. El encuentro desafía la lógica y la vigilia.

El Faro Invisible está encantado de publicar este testimonio, no como una crónica, sino como una advertencia. Hay ciertas fuerzas que no entienden de tiempos ni de tierras. Asier ha regresado con la mirada de una persona que ha visto demasiado.

Mientras la sal aún se posa sobre estas palabras, una nueva sombra se cierne sobre nosotros. Calles frías, luces que parpadean, pasos que no deberían oírse…en el próximo número abordaremos un escenario distinto, pero igual de inquietante.

Recuerden, el misterio puede cambiar de forma, pero no desaparece nunca.

U.Z.

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