Billete, ¿de ida?

 



Billete ¿de ida?

I

 

Hay ciudades que se conocen más que otras, pero el lugar donde yo vivo es un sitio emblemático y fascinante, dicen que es el mejor lugar para practicar surf, famoso por sus olas y por su tradición marinera.

En la costa vasca, donde el mar parece que susurra historias antiguas, se esconde el pueblo de Mundaka. En este lugar, cada piedra tiene voz propia y cada ola que rompe contra el puerto, parece contarnos historias de otros lugares.

Si nos remontamos a su origen, su nombre proviene de una fuente de agua tan pura que los marineros escoceses llamaron “munda aqua”, o lo que es lo mismo, “agua limpia”.

El pueblo se asienta en la ría de Urdaibai, rodeado de acantilados que parecen guardar grandes secretos. Sus calles estrechas, las fachadas de colores marcados por la sal o el murmullo de los pescadores al amanecer, todo en este pueblo parece formar parte de un ritual que se repite desde hace siglos.

Y, después de esta presentación del sitio de mi recreo, donde he vivido y he crecido, me presento. Soy Asier Aretxaga, un joven de 28 años. Terminé mi grado de Periodismo en la Universidad de Bilbao hace unos años y hasta hoy, he tenido trabajos de poca monta y al final, uno de los periódicos de la zona me ha llamado para realizarme una entrevista. El periódico se llama El Faro Invisible y obviamente, su título no fue elegido al azar, tiene su explicación.

Según cuentan las lenguas antiguas, el periódico se creó antes de la Guerra Civil, sobre 1934, al cual, intentaron callar en muchas ocasiones para que no contara nada relativo a esos años cruciales que marcaron nuestra historia. El Faro Invisible nació como un susurro entre las sombras, un espacio donde no obedecía ni a partidos ni a banderas, sino la verdad que nadie quería escuchar. Estaba ubicado en una vieja casona frente al Mar Cantábrico que, fue capaz de sobrevivir a la censura, sabotajes y desapariciones de sus propios periodistas.

Hoy en día el periódico está dirigido por Unai Zubizarreta, un señor que ronda las seis décadas y aunque tiene el típico carácter vasco, en el fondo tiene un corazón que no le cabe en el pecho, pero claro, de cara a la galería, es un macho alfa que no cede así porque sí. Está casado, tiene dos hijas y entre las dos le han dado 6 nietos. Por supuesto, todos son socios del mejor club, los leones. Son muy fans del Athletic de Bilbao.

Asier Aretxaga llega con muchos nervios y un poco de miedo a la redacción de este periódico, por todo lo que lleva escrito durante años, pero con la ilusión de un niño pequeño con zapatos nuevos, con ganas de comerse el mundo y de disfrutar de este momento. En el despacho, Unai Zubizarreta está sentado en su escritorio con varias torres de folios que, según él, está todo magníficamente colocado, no vayas a ser tú el que diga lo contrario que, te manda al sótano a trabajar sin derecho a salir de allí una temporada.

-          Señor Zubizarreta, ha llegado el nuevo. ¿Lo hago pasar? – pregunta su secretaria, una mujer con cara de acelga y poco conversadora.

-          Sí, Marga, dile que pase al muchacho. A ver si este viene con ganas de trabajar, porque los anteriores se han ido echando leches en dos días – susurra Unai por lo bajo sin levantar la mirada de los documentos.

-          Buenos días, señor Zubizarreta. Soy Asier Aretxaga, el nuevo periodista del periódico. Un placer conocerlo en persona – comenta mientras le tiende la mano al señor Zubizarreta.

-          Muchacho, nada de darme la mano, aquí se dan abrazos, venga para acá – responde a la vez que lo engancha y lo estruja junto a su cuerpo -. Aquí, los vascos somos muy efusivos, no nos van las cosas minimalistas. Siéntate, muchacho – le dice mientras ambos se sientan frente al escritorio -. A ver chaval, te voy a contar cómo funciona esto. De momento, eres el novato. Lo siento, esto es así. Vas a serlo durante unas semanas. Estás en el periódico más cotizado de este país, por lo que quiero más suscriptores y más ventas, físicas como online y, además, vas a trabajar en la mejor sección posible. Quiero que des forma a misterios y leyendas que toman vida tanto en España como en el mundo entero. Tu sección saldrá una vez al mes, por lo que tendrás un mes para documentarte, buscar la mayor información posible y crear el mejor artículo jamás contado. Si lo haces bien, el trabajo es tuyo. Sobra decir que, también, tienes que informar en las noticias de todo lo relativo que ocurre en Mundaka como en la provincia. ¿D´accord?

-          Como usted mande, señor Zubizarreta.

-          Así me gusta. Te comento muchacho. Tus antecesores han renunciado a los dos días, así que espero que tú me dures, al menos, dos telediarios. Ya verás como vas a disfrutar. Tú déjate llevar. Tu primera encomienda va a ser la siguiente: cuenta la leyenda que hay un misterio por desentrañar en Estocolmo. Por lo visto, se creó en los años sesenta, un modelo único de la serie C5, con 8 vagones plateados.  Era un tren para el metro, no tenía publicidad ni decoración interior, por lo que le daba un aspecto frío y fantasmal. Quiero que escribas una crónica sobre dicho tren y que le des un toque de misterio. Muchacho, tienes tiempo para investigar y darme la mejor crónica. Tienes un mes. Y, ahora, desaparece de mi vista. Tu mesa está cerca de los aseos. A trabajar, ¡vamos!

II

Asier se dirige a su nueva mesa de trabajo, la cual, ha ido organizando a su manera, porque la tenían como mesa auxiliar para colocar sus cosas los compañeros. Asier enciende el ordenador y pulsa en internet el tren fantasma de Silverpilen (Estocolmo). Todo lo que va leyendo le deja el cuerpo frío. Cuando se da cuenta, es la hora de finalización del trabajo. Así que, se guarda en la nube todo lo que ha ido recopilando de información y se marcha a casa a descansar.

Al llegar a casa, se cambia de ropa, se marcha a correr sus 7 km diarios por la ría de Urdaibai, mientras caen unas pequeñas gotas de agua. Al llegar, se dirige a darse una ducha calentita. Cena rápido y se queda dormido frente al ordenador leyendo y releyendo todo sobre la estación de Silverpilen.

Cuando se despierta, somnoliento, no acierta a entender dónde se encuentra en ese preciso momento. Es un lugar frío, de forma fantasmal, con poca luz y con unos asientos raros. Al abrir los ojos y frotárselos, descubre que no se encuentra en su piso ni en su cama, sino en un vagón abandonado. Se levanta con miedo, mira hacía alrededor y solo ve una niebla densa que lo envuelve.

De pronto, escucha ruidos y voces aisladas. Asier, comienza a temblar como nunca, mira hacia todos los lados y su cuerpo no responde. Él quiere correr, pero sus pies se han quedado petrificados en el suelo. En ese momento, ve una silueta de mujer que le dice: “no hables, no mires y pasa desapercibido”. Asier lo entiende como una amenaza y a la vez, como una advertencia para que tenga cuidado. La mujer, le hace una seña para que lo siga por los vagones. Mientras sigue a la mujer, solo ve caras que nunca ha visto, que entran y salen sin abrir las puertas. La mujer lo empuja hacia uno de los compartimientos del vagón y un revisor con cara de pocos amigos, no repara en él. La mujer lo ha salvado. Siguen caminando por el interior del vagón y en una zona poco concurrida, la mujer le informa:

-          Acaba de arrancar el tren. Pero, lo que no entiendo es, ¿qué hace un chico tan joven aquí dentro?

-          La verdad es que yo ni siquiera lo entiendo. Estaba trabajando en un artículo para el periódico en el que trabajo y tenía que investigar sobre un tren y no sé cómo, he llegado hasta aquí.  

-          No sé qué habrás averiguado o que no, pero que sepas, que este tren se dirige a la estación de Kymlinge, donde se bajan todos los muertos. Los pasajeros suben y bajan y solo los que mueren, van dirección a esa estación.

-          (Asier comienza a tener náuseas, pero intenta tomar aire antes de responder). – Por lo que tengo entendido esa estación de Kymlinge se encuentra sin terminar.

-          Asier, tú no deberías estar en este tren. El tren solo aparece por la noche, cruza las estaciones a gran velocidad y atrae a diferentes tipos de pasajeros: algunos desaparecen y regresan años después dejando a su familia perpleja y otros, que nunca vuelven a su lugar de origen.

-          ¿Y tú cómo sabes que me llamo Asier?

-          Muy sencillo, porque yo soy la muerte.

En ese momento, Asier se cae redondo al suelo y se da un golpe en la cabeza. Todo se vuelve más oscuro que antes.

III

Asier se despertó con un zumbido fuerte en los oídos y con un sabor metálico en la boca. Esta desorientado, desubicado. El vagón donde antes había visto personas, ahora estaba vacío. La niebla que envolvía la atmósfera se había difuminado. Solo quedaba en el ambiente un silencio espeso, como si hubiera más respiraciones cerca de él.

Se levantó con dificultad, como si su cuerpo todavía no pudiera responder. La mujer con la que hablaba (la muerte) había desaparecido, pero junto a él, en el suelo, se encontró con una hoja que pertenecía a un periódico, de color amarillo, por el paso de los años, con el logotipo de El Faro Invisible impreso en tinta. La fecha correspondía a 1934. La noticia comenzaba con el siguiente titular:

Un joven periodista desaparece tras investigar el tren fantasma, el tren de los muertos”

En ese momento, Asier sintió un frío estremecedor que le heló la sangre de forma antinatural. ¿De verdad era él el protagonista de esa noticia en el periódico? ¿Había cruzado el umbral del que nadie regresaba?

En ese preciso momento, el tren volvió a retomar la marcha, las luces comenzaron a parpadear y una puerta se abrió con un sonido estridente. Al otro lado, no se veía ninguna estación. Solo el mar. Un mar oscuro, iluminado por la mínima luz que reflejaba la luna, inmóvil, como si esperara algo.

Se decidió a dar un paso, luego otro y entonces, lo vio: había un faro. No emitía ningún tipo de luz, pero su silueta era visible desde mucha distancia. Es el Faro Invisible. En ese momento, cerró los ojos, se sentó en la arena, pensó en Mundaka, en su jefe, Unai Zubizarreta, en su mesa de trabajo, pensó en su madre y en esos paseos interminables en la ría de Urdaibai. Y, de pronto, el tren desapareció, como si nunca hubiera existido.

IV

Cuando por fin se despertó, se encontró en el mismo sitio donde se quedó dormido, en su mesa con el ordenador encendido. Se estiró por la mala posición que había cogido durante la noche. El reloj marca las 8 de la mañana. Nadie parecía haber notado su ausencia. Sólo él sabía todo lo que había ocurrido. Y ahora, tenía que contarlo.

El Faro Invisible

Silverpilen: El tren que no admite pasajeros vivos

Por Asier Aretxaga, redactor de misterios y leyendas

Hay una frase que me marcó: “no hables, no mires y pasa desapercibido”. Esas fueron las palabras que me salvaron la vida, o al menos, eso es lo que creo.

Durante un mes he estado investigando la leyenda del tren fantasma de Estocolmo, conocido como Silverpilen. En un principio, lo que comenzó siendo una crónica de un tren, acabó convertido en una experiencia que casi rozo la muerte. Literalmente.

Por lo que he estado investigando durante todas estas semanas, tengo que confirmar que el tren sí existe. Pero no lo verán nunca en horarios, ni en mapas, pero sí en las grietas producidas en el tiempo. Aparece siempre de noche, atraviesa estaciones sin detenerse y recoge pasajeros que no deberían estar allí. Es cierto que algunos regresan años después sin entender que han desaparecido. Otros, en cambio, nunca regresan.

Yo estuve dentro. Vi rostros que no pertenecían a este mundo. Escuché voces que hablaban en idiomas olvidados. Y, además, conocí a la muerte. No en forma de concepto, pero sí como presencia. No me pregunten cómo regresé, porque no lo sé. Solo sé que el faro me guío. Es un faro que no emite luz, pero sí un destino. Es el Faro Invisible.

Esta crónica no busca convencer a nadie, solo advertir. Hay trenes que no deberían abordarse. Y hay historias que solo se cuentan una vez.

 

NOTA DEL DIRECTOR

Publicado en El Faro Invisible, edición especial de otoño

Por Unai Zubizarreta, director de El Faro Invisible

            Hay crónicas que no se escriben con tinta, sino con miedo. La que hoy publicamos es una de ellas.

            Cuando Asier Aretxaga entró a la redacción, no lo hizo como el joven periodista de semanas atrás, sino con la mirada de quien ha visto algo que no debía y con el silencio de quien sabe que contarlo es un deber, no una elección.

            Su historia sobre Silverpilen, el tren que no admite pasajeros vivos, nos obliga a recordar cuál es el motivo por el que este periódico existe. Fue fundado en tiempos oscuros y el Faro, nunca ha buscado la luz fácil de los titulares. Nuestra misión principal es alumbrar lo que permanece oculto.

            A todos aquellos que hoy leéis esta edición os pedimos que pongáis atención, es decir, memoria. Porque hay patrones que se repiten, nombres que regresan y señales que cruzan fronteras. El tren de Estocolmo es solo una estación en una ruta larga.

            Y, si alguna noche, en alta mar, escuchan una campana que no tendría que sonar…mejor, no miren hacía atrás.

            Sigamos navegando. U.Z.

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