El Guardián

 

        

Desde hace unos meses, he encontrado trabajo en un pequeño pueblo de la sierra albaceteña. Me voy a encargar del mantenimiento y del cuidado del cementerio del pueblo. Según me han contado, el anterior guardián se acabó marchando porque decía ver cosas que no podían ser creíbles, pero a falta de un trabajo mejor, bueno es.  

Me presento, soy Rubén Almazán y tengo conocimientos de albañilería, soldadura, carpintería y arreglo cualquier cosa que tenga solución. Me encanta darle forma a la madera y modelar figuras increíbles. Me comentaron la oferta de este trabajo y como no le tengo miedo a los retos, lo acepté. Me vine con mi coche, alquilé una casa que me proporcionó el ayuntamiento y estoy comenzando a conocer a los pocos vecinos que tiene el pueblo. Por lo visto en verano, gracias a las fiestas patronales, se llena y triplica sus habitantes, en cambio, el resto de días, el pueblo ronda la centena.

El primer día me recibe el alcalde, Don Leoncio López, un hombre entrado en años, pero con una vitalidad de un chico joven. Me enseña el pueblo, sus rincones y mi nuevo lugar de trabajo. Allí se encuentra un señor llamado Sebastián, nacido en Andalucía y afincado en la Mancha, pero lo conocen como “el Sebas”, porque todo lo sabe antes de que se entere el propio alcalde. Sebas se ha encargado del cementerio estas últimas semanas, lo tiene adecentado y listo para las visitas. Doña Engracia es la mujer de don Leoncio y a día de hoy, sigue trabajando su propio huerto sin ayuda de nadie. Se levanta todos los días a las seis de la mañana, haga frío, calor o la helada del siglo, pero ella nunca tiene frío y menos sabe lo que es resfriarse. Doña Engracia ronda ya los noventa y algunos, es de ideas fijas y si te dice: “muchacho, todos los días vas a comer en casa con nosotros, sí o sí. Te veo a las 14h.”, significa que a las 14h ya llegas tarde y como te dejes algo de comida, tendrás un problema. 

Después del cocido que me ha preparado Doña Engracia y que seguramente tenga problemas para hacer la digestión, decido pasarme por la botica de la Merceditas, que dice que todo lo que allí tiene, es mano de santo. Doña Merceditas, ronda también la friolera de los noventa y alguno, pero cuando la ves con esos movimientos tan cuidados y refinados, dudas muchísimo su edad. Es una mujer bajita, con gafas y tiene un peinado muy cuidado, como de los años ochenta. Aunque lo más característico es su voz juvenil. Convive con su hermana y su sobrina, la cual, tiene principios de Alzheimer, por ello, la tienen vigilada, por si vuelven los guerreros de la Edad Media a reconquistar el país. Gracias a las hierbas del bosque que le proporciona doña Merceditas, Rubén va a pasar una mejor tarde.

De paseo por el pueblo, entre caminos de tierra y zonas asfaltadas, llega sin buscarlo al cementerio. Allí se encuentra con un hombre, al que le faltan varios dientes de su dentadura, con un abrigo que pesa más que él y con un sombrero, el cual, en su día, era de paja, ahora no puedo distinguir qué es. Me acerco a saludarlo:  

-       Buenas tardes caballero, ¿usted es el Sebas, ¿no? – pregunto de forma conciliadora.

-       A buenas horas llegas, muchacho…si te quieres ganar un jornal de forma digna, tendrás que madrugar más… ¿te parecen coherentes estas horas de llegar? El sol está a punto de ponerse y al anochecer es cuando más trabajo tenemos aquí – me responde sin mirarme a la cara ni girarse mientras prepara el fuego para entrar en calor, que ya está refrescando.

-       Sebas, soy Rubén, el nuevo encargado del cementerio y me gustaría seguir contando con su ayuda – digo de carrerilla.

-       A ver joven, si ya sé quién eres, como también sé que te has metido un buen cocido entre pecho y esparda de la seña Engracia como que también te has ido a camelar a la Merceditas…pero te aviso, la Merceditas es mía, ni se te ocurra quitármela – le amenaza con un azadón que lleva en la mano izquierda.

-       No se preocupe Sebas, no le voy a quitar a su enamorada. Soy un hombre de paz y si una mujer está ocupada, yo me retiro como buen caballero que soy – respondo con una media sonrisa.

-       Si ya lo sabía yo, eres el mayor de los cameladores que existen…pero te aviso, aquí no vas a durar ni quince días, porque cuando empiece la fiesta, tú sales huyendo como el más pringao – me comenta Sebas.

-       A mí no me asusta nada ni nadie Sebas. Vengo a aprender y a trabajar – respondo muy serio.

-       Ya…lo iremos viendo muchaso (la botella de ron le está pasando factura al Sebas). Yo te dejo que me voy para el catre, que los huesos ya me duelen muso por este frío de la sierra. Que te sea leve la noche y no tengas mucho trabajo – me responde mientras se va riendo él solo.

Me quedo al resguardo de la fría noche de la sierra albaceteña, donde se queda helado el más despistado. Comienzo a revisar todos los papeles que tengo que ir dándole salida y veo los planos de ese cementerio, el cual, parece más un laberinto frondoso que un lugar para velar las ánimas de los nuestros. De pronto, escucho un ruido y un murmullo, como si hubiera personas afuera hablando. Salgo del despacho y veo que todo está tranquilo y en calma. Me río porque mi imaginación me la ha jugado y al volver al despacho me encuentro con una figura. No es ni alto ni bajo, punto intermedio. Con abundante pelo, con la raya hacia un lado, ataviado con un pantalón vaquero, un jersey verde y unas deportivas. Me quedo atónito, porque no me he movido de la puerta y tampoco entiendo cómo ha entrado. En ese momento se gira y creo ver un fantasma. Me agarro con fuerza al mueble del recibidor que aguanta mi empuje y mi espantosa caída. Me levanto rápido y veloz sin saber articular ni una sola palabra. De mi boca salen ruidos raros. Esa misteriosa figura se acerca a mí, me agarra el hombro y me dice:

-       ¡Qué ganas tenía de verte! Esperaba verte en otro trabajo, pero doy gracias por poder compartir contigo las noches venideras. Vamos, tenemos muchas cosas que arreglar. El cementerio no se adecenta solo – me contesta la figura.

Después del estupor inicial, sigo sin saber quién es esa figura feliz, a la cual, veo su silueta de cintura para arriba, sus piernas aparecen y desaparecen como los ojos del Guadiana. Lo sigo y me lleva a una zona donde las lápidas dan lugar a un pequeño conjunto de Panteones familiares. Según me cuenta el hombre, los Panteones datan de muchas fechas distintas, incluso hay algunas de finales del siglo XVII y XVIII. De entre todas, hay un que me llama la atención por sus coloridas vidrieras y por el apellido de la familia: Los Escobar. Pero no, no me refiero al narcotraficante más famoso, sino a una familia de renombre del pueblo. Hace ya muchos años, rondamos casi la centena…vino al pueblo una familia acomodada de la villa de Madrid, donde el cabeza de familia era proveniente de Valladolid. Decidieron invertir aquí y darle vida al pueblo, el cual, era conocido por sus magníficas aguas procedentes del río Mundo, en la sierra de Alcaraz. También tiene unos dulces deliciosos que se realizan con motivo de las fiestas patronales del municipio. Aquí dieron trabajo en sus fábricas a muchos ciudadanos. Todo iba viento en popa, hasta que se produjo la tragedia que marcó un antes y un después. Las hijas pequeñas del matrimonio eran muy revoltosas y juguetonas y en un descuido del servicio, jugaron con las velas, con tan mala suerte, que la pequeña se cayó, se le escurrió la vela y acabó quemando las cortinas y todos los muebles y enseres de la zona alta. El fuego comenzó a arder muy deprisa y se iba llevando todo muy rápido. Su hermana mayor puedo rescatar a su hermana pequeña y ambas salieron hacía la escalera principal, mientras que los trabajadores del servicio, intentaban apagar las llamas, las cuales, iban calcinando la estructura de madera de techos y suelos a gran velocidad.  Al intentar bajar por la escalera, el fuego devoraba las alfombras, su madre se quedó encerrada en el dormitorio principal al otro lado de la escalera y no podía escapar. Así que ambas hermanas, decidieron escapar por la ventana al grito de socorro. Se tiraron desde la segunda planta, pero con tan mala suerte, que ambas, murieron al precipitarse contra el suelo. Los vecinos intentaban ayudar apagando el fuego, pero las llamas se lo llevaban todo por delante. La familia de los Escobar era presa de las llamas y de la muerte. El marido, ese día estaba de viaje por la zona comprobando unas máquinas nuevas para sus fábricas. Uno de sus empleados salió raudo y veloz a avisar del incendio de su casa y cuando quiso llegar se encontró su casa devastada por las llamas, el cuerpo calcinado de su mujer y sus hijas en el suelo por el golpe producido de una caída de dos pisos. Él, muy dolido y devastado por la situación, cogió su escopeta de caza y, de madrugada, se quitó la vida. Así podía estar con su familia nuevamente. Sus fábricas comenzaron a perder clientes y al final, desaparecieron. 

El hombre me cuenta que, desde entonces, todo aquel que vuelve al lugar donde se encontraba la casa, tienen pesadillas después, donde según cuentan, ven como las niñas y la mujer piden ayuda, presas de las llamas. Acaban huyendo y no regresan más.

Rubén, no da crédito a todo lo que le cuenta la figura misteriosa, el cual, le comenta que está arreglando algunas fisuras que se están produciendo en el hierro, porque teme que un día de estos, este Panteón acabe destruido por la lluvia o el viento.

El muchacho se percata que el día va amaneciendo y le pregunta a la figura que lo acompaña:

-       Disculpe caballero, soy nuevo en la zona, me encanta escuchar las leyendas de este cementerio, pero todavía no me ha dicho cómo se llama.

-       Zagal, yo soy el verdadero guardián de este cementerio, el que todo lo sabe, el que les da vida a todas estas personas por la noche y en la víspera del 31 de octubre, nosotros damos las gracias a nuestras familias por acompañarnos todos los días del año, haga frío o calor. Seguramente ya no me conozcas, pero yo he viajado por muchos cementerios arreglando lo que el tiempo y el viento se han encargado de estropear. Porque es lo que he hecho siempre, arreglar y hacer. Durante toda mi vida he sido maestro albañil. De estas manos han salido grandes obras, como: casas, pisos, chalets, ermitas. Soy un errante de cepa, nunca paso mucho tiempo en el mismo lugar. Cuando lo arreglo, me marcho a otro sitio y así sucesivamente. Todos me conocen como el abuelo Venancio.

-       Me ha encantado conocerlo, abuelo Venancio. Espero poder coincidir contigo en alguna otra ocasión – respondo feliz.

-       Por supuesto zagal. Yo ya he dejado aquí mi marca, por lo que seguramente, volveré. No sé cuándo, pero regresar, regreso – dice mientras le da una palmada fría en el hombro, aunque Rubén siente como calurosa.

Cuando despierto, veo a la señora Engracia junto a Don Leoncio y el Sebas, entre la espesura de una niebla que se empieza a difuminar. Sebas, que es tan educado, me está dando guantazos en la cara para espabilarme, mientras a mí me cuesta despertar de este profundo sueño que tengo.

-       Si ya le decía yo, señor Leoncio, que este muchaso no iba a aguantar ni dos días, mire como a la primera de cambio, en plena noche se nos ha escalabrao. Si es que no podemos dejarlo solo, si el primer día se escalabra, el segundo ni lo cuenta – dice en voz alta mientras se ríe solo.

-       Anda calla Sebas, que siempre estás igual. Vamos a esperar qué nos dice el zagal que le ha ocurrido. Me imagino que tendrá alguna explicación para encontrarse en el despacho con una ceja partida y con dolor de cabeza… - responde el alcalde.

Mientras me voy despertando, la cabeza me da muchas vueltas y veo al par de tres, alrededor de mí y para colmo los veo hasta repetidos…

-  Dejadme a mí, mastodontes, que no sabéis tratar a un pobre zagal herido. Muchacho, despierta corazón, vuelve en sí. ¿Cómo te encuentras? – me pregunta con cariño.

-  ¿Ha amanecido ya? - Pregunto un poco desorientado por el golpe.

-  ¡Ojo con el muchacho! Qué si ha amanecido ya…pero zagal, si hace unas horas que ya ha amanecido…menuda siesta te has pegao…ya quisiera yo…

-  Sebas, ¡compórtate ya! El muchacho está herido. Vete a buscar a la doctora, que tiene que verle la herida, aunque ya se la he curado yo.

-  Como usted mande, seña Engracia, pero no le pasa nada, solo es un simple golpe…refunfuña el Sebas.

-  Sebas, ves a buscar a la doctora, vamos. No hagas enfadar a la Engracia, que cuando se enfada, se enfada. Te lo digo yo, que la conozco ya de muchos años – dice el alcalde.

Mientras Sebas se marcha en busca de la doctora, voy recobrando el conocimiento. Al cabo de un rato, llega la doctora Calatrava con su pequeño maletín. Rubén ya está sentado en el sillón.

-       ¿Pero bueno, qué ha ocurrido aquí? El nuevo encargado del cementerio, ¿ya se nos ha herido? – comenta mientras se ríe por el momento.

-       Y dale con las bromitas…no sé qué me ha ocurrido, pero me duele mucho la cabeza y la ceja – responde Rubén enfadado.

-       Bueno, no se enoje tan deprisa Rubén. Cuéntame cómo ha ocurrido su caída.

-       Pues la verdad es que no lo recuerdo bien. Sólo sé que estaba aquí repasando los planos del cementerio cuando he escuchado ruidos de algarabía fuera, al salir no he visto a nadie y cuando me he girado me he encontrado con una figura extraña sentada ahí mismo, que me ha dicho que se alegraba de verme. De la emoción del momento, me he escurrido y al intentar agarrarme a este mueble, me he caído y me habré dado el golpe.

-       Por lo que me está contando, lo más probable es que tenga una conmoción producida por el golpe. Aún así, no está de más, que lo lleve al hospital a que le hagan una radiografía para descartar posibles sustos. Acompáñeme, anda – le dice la doctora con una sonrisa amable.

-       Espere doctora, que el zagal no nos ha dicho todavía quién era la figura misteriosa que ha producido la caída – pregunta el Sebas.

-       Pues era un hombre educado, vestía un pantalón vaquero, un jersey verde y unas deportivas. Iba muy bien peinado y para la edad que puede tener, tiene abundante pelo. Creo que me dijo que se llamaba Venancio…sí, el abuelo Venancio – acerté a decir.

-       ¡Acabáramos! Si el hombre murió hace varios años. Por lo que nos cuentas, parece que ha estado vivito y coleando por aquí. La verdad es que era un hombre muy querido en el pueblo y su fallecimiento nos dejó a todos atónitos y desconcertados. Anda que no ha construido cosas por aquí. Es todo un referente. Vamos a necesitar que te des más golpes, para recordar a más vecinos – dice de forma graciosa.

-       Bueno Sebas, deja al muchacho y vete a tus quehaceres. Rubén, márchate con la doctora Calatrava al hospital; Engracia, vuelve al huerto que tenemos faena y yo me voy al bar, a la partida matutina – resuelve el alcalde.

-       De eso nada, amor mío…tú te vas a la partida y ésta que está aquí, se marcha con la Merceditas a tomarse el café de la mañana, tenemos que contarnos muchas cosas – le responde Engracia a Don Leoncio.

Después de la revisión en el hospital, Rubén se toma dos días libres de reposo para evitar posibles mareos. Cuando vuelve al trabajo, Sebas y Rubén comienzan a organizar todos los preparativos del día de los Santos, que saben que van a tener mucha afluencia de público.

El Oasis de las Letras

 

(Relato dedicado a mi tío Venancio, fallecido durante la pandemia del 2020)

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