Capítulo 2 - Puertas Cerradas

 



PUERTAS CERRADAS – LA RED QUE ATRAPÓ A LAS VÍCTIMAS

 

CAPÍTULO 2

 

I

 

            Después de recoger a las chicas, Olha se encuentra más nerviosa que de costumbre, algo que para Vadym no le pasa desapercibido:

-      ¿Te encuentras bien, Olha? Estás muy callada y te noto nerviosa. Y sabes que no me gusta cuando te comportas así. Todo el que trabaja para mí tiene que estar al cien por cien. ¿Me has entendido?

-      Por supuesto, Vadym. Estaba pensando en otros temas que también nos incumben en los negocios, de ahí el que estuviera despistada. Pero vamos, que ya estoy centrada – responde saliendo del paso Olha.

-      Así me gusta. Pero, por si acaso, te tendré vigilada. Cualquier cosa que necesites, sabes que puedes hablar conmigo.

-      Lo sé y te lo agradezco Vadym – dice con una sonrisa tímida.

El resto del viaje lo realizan en silencio dentro del furgón. Las chicas están calladas y alguna llora de forma silenciosa. Durante el trayecto, el conductor se encuentra un control de carreteras, por lo que disminuye la velocidad y da un golpe avisando que ninguna de ellas puede moverse, hablar y mucho menos, gritar. A través del manos libres, avisa a Vadym del control:

-        Jefe, acabo de encontrar un control de carreteras y no puedo esquivarlo – dice el conductor.

-      Nikolai, ya sabes lo que tienes que hacer si la cosa se pone fea. Las chicas tienen que llegar al lugar a los pisos y de ahí trasladarlas a los clubs que tenemos por varias ciudades.

-      De acuerdo, jefe. Como tú digas.

Llevan varios metros recorridos a cámara lenta cuando les toca el turno en el control. Un Guardia Civil se acerca al furgón y le pide la documentación al conductor de ese vehículo. Cuando recoge la documentación, se marcha a realizar la comprobación al coche patrulla. Todo correcto. Deshace el recorrido camino al furgón. Cuando va a devolverle la documentación, el guardia escucha un ruido proveniente del furgón:

-       Caballero, ¿le acompaña alguien más en el furgón? – pregunta el guardia con seriedad.

-       No, voy yo solo. Seguramente haya sido algún ruido de este furgón, que últimamente me está dando algunos fallos – responde Nikolai.

-       Aún así, no estaría de más poder corroborarlo. Por favor, ¿puede bajar del vehículo y abrirme las puertas de detrás?

-       Sí. Bajo ahora mismo – responde mientras se acomoda la Glock 26, una subcompacta con un cargador de 10 balas. La pistola descansa de forma silenciosa en la parte baja de la espalda, oculta bajo la tela del abrigo. Apenas un bulto imperceptible para los ojos.

Abre las puertas de atrás y el guardia comprueba que todo está en orden. Se baja y le da las gracias. Le recomienda que lleve el vehículo al taller para evitar que tenga un accidente. Nikolai hace una señal de asentimiento y vuelve a su asiento de conductor. Cuando vuelve a retomar su camino realiza una llamada:

-       Jefe, todo bajo control. Ha habido un momento de tensión, pero al final he salido de la situación lo mejor posible.

-       Nikolai no quiero problemas. ¿Qué ha ocurrido?

-       Pues una de las chicas ha gritado y el guardia lo ha escuchado. Me ha hecho de abrir las puertas de detrás y al final ha desistido y me ha dicho que lleve el furgón al taller a que lo vea el mecánico.

-       ¿Quién es la chica que ha gritado?

-       Una de las más jóvenes. Ha querido hacerse la lista y se le ha castigado por eso – (ha recibido un golpe en la nuca con una Sig Sauer P365) – así que va a estar dormida un rato largo.

-       Cuando lleguéis al piso házmelo saber. Esa joven tiene mucho que aprender.

 

II

            El lunes por la mañana, en la sala de reuniones, la agente Ruíz entra con gesto serio. El inspector Novoa está sentado en la mesa principal, mientras que Vidal y Ortega se encuentran a los lados. La agente Ruíz se encarga de poner al día a sus compañeros y a su jefe de lo que ocurrió el pasado fin de semana en el Karpatos Club Legends.

-       Como ya sabéis, estuve todo el fin de semana en el Karpatos Club Legends. Me hice pasar por clienta, como habíamos estipulado. El lugar es más que un club nocturno. Hay movimiento constante de chicas, sobre todo extranjeras, de Europa del Este. Algunas de ellas no saben hablar español – comenta la agente Ruíz.

-       ¿Pudiste hablar con alguna de ellas? – pregunta Novoa con gesto serio.

-       Sí. Con una chica, se llama Aline. Tiene veintidós años y es ucraniana. Tuvimos un encontronazo en el club porque el portero casi nos pilla en el momento en el que ella quería contarme algo. Por ello me propuso salir afuera, a un callejón, para poder hablar rápido. Me contó que está retenida en contra de su voluntad. Nada más llegar le quitaron el pasaporte, la vigilan constantemente a ella como al resto de mujeres y las amenazan con represalias e incluso con matarlas si alguna de ellas se le ocurre hablar.

-       ¿Quiénes las vigilan? ¿Te dijo algún nombre? – pregunta Novoa.

-       No directamente. Me nombró a dos personas: a él lo llamó “El Gordo” y a ella “la señora de los collares”. No sabe sus nombres reales. Allí todos los pesos pesados son jefes y jefas. Me contó que hay cámaras en los pasillos y que las chicas tienen horarios muy estrictos. Si se salen de la línea, desaparecen – explica la agente Ruíz.

-       ¿Y como desaparecen? – pregunta confuso Novoa.

-        Aline no llegó a decírmelo. Solo que una amiga suya, Lucía intento escapar hace unos días y nadie ha vuelto a verla. Desde entonces, Aline tiene miedo. Quiere salir de este mundo. Me lo dijo con lágrimas en los ojos.

-       ¿Puede ser la chica que apareció muerta en el callejón hace unos días? – pregunta Vidal.

-       Puede ser. Ahora mismo todo parece encajar. Ruíz, ¿Sabes si estaría dispuesta a colaborar? – dice Novoa.

-       Sí, pero necesita protección. Está aterrada. Me pidió que no la dejara sola. Sabe que si se enteran que ha hablado, la matan.

-       Entonces debemos movernos rápido, jefe. Si esta chica también desaparece, perdemos la única vía de escape que tenemos – comenta el agente Ortega.

-       Ruíz, buen trabajo. Quiero que sigas manteniendo el contacto con Aline. Necesitamos que hable. Ortega, prepara el protocolo de protección. Vidal, revisa todas las cámaras cercanas al Karpatos y las que el club tiene. Quiero saber quién entra y sale de allí. Y, sobre todo, no quiero que nadie sepa que estamos detrás de este asunto, ¿está claro? – ordena el inspector Novoa.

-       Si señor – responden todos al unísono.

III

            Cuando llegan todas las chicas al piso, las van ubicando en diferentes habitaciones conforme van pasando. En cada habitación, hay una mujer que se encarga de explicarles las normas y qué ocurre si alguna de ellas decide hablar o no seguir las normas.

            Vadym entra al piso con cara de pocos amigos y pregunta quién es la chica que por poco provoca que los delaten. Uno de sus sicarios, hace una señal hacía una chica menor de edad que está sentada en el suelo, con las rodillas pegadas al cuerpo y la cara escondida entre sus brazos. Llora silenciosamente. Sabe que ha cometido un error.

-       ¡Tú! Sí tú, mosquita muerta. Por poco y me la lías. Vente conmigo, que vas a aprender a no volver a gritar cuando te digan que te calles – en ese momento, coge un cinturón que lleva en la chaqueta y, delante de todas, le da una paliza inconmensurable. Le ha partido la ceja y el labio. El ojo y los pómulos los tiene hinchados – Esto es sólo una pequeña parte de lo que os puede llegar a ocurrir. Y ahora, te vienes conmigo. Vamos a dar un paseo.

El resto de las chicas se miran asustadas. Saben que cuando una persona de esas características dice de ir a dar un paseo, nunca es bueno.

En un descampado desolado, no hay nadie por la zona, ni siquiera naves ni locales. Es una noche cerrada. El motor del furgón se apaga. Vadym baja el primero. Abre la puerta trasera y la chica, de unos dieciséis años, tiembla de miedo.

-       ¿Sabes qué ocurre cuando una perra ladra donde no debe? – pregunta Vadym.

-       Yo…yo…no quería, tenía miedo y me dejé llevar – solloza la chica.

-       ¿Miedo? Espera que me ría. Miedo es lo que vas a pasar ahora. El miedo no te da permiso para poner en riesgo a todas tus compañeras. Por tu culpa casi nos paran. ¿Crees que eso te exculpa?

-       Lo siento, por favor, no me haga daño, no lo volveré a hacer, lo juro – llora poniendo las manos juntas.

-       Tienes razón en algo. No lo harás nunca más.

La chica retrocede dando un paso atrás, mientras cae al suelo de espaldas. Vadym se agacha y le susurra al oído.

-       Ya no volverás a hablar nunca más.

Se escucha un disparo seco y certero. Un silencio absoluto. Vadym se aleja sin mirar atrás.

-       Nikolai, ya sabes lo que tienes que hacer. Deshazte de ella.

 

IV

En una fría madrugada entre el viernes y el sábado, a principios del mes de diciembre, con una temperatura mínima demasiado baja, en un descampado de la zona del polígono aparece un cuerpo mutilado de una mujer joven, con la cara desencajada y con muestras de haber sufrido una paliza.

El cuerpo lo encuentra un operario de la limpieza de basuras y da el aviso a la policía. El oficial de guardia llama al inspector Novoa para informarle que tenemos un segundo cadáver en la zona. Novoa refunfuña porque sabe que este asunto se puede ir de las manos…

Al llegar a la escena del crimen, el lugar parece sacado de una película de terror. El cadáver yace cubierto de forma parcial. A Novoa se le nota visiblemente molesto, mientras que la doctora Sotomayor ya está trabajando.

-          ¿Otro más, doctora? Al final se va a acabar convirtiendo en una rutina poco agradable…- comenta el inspector Novoa con un tono seco.

-          Anda, no sabía yo que los asesinos pedían permiso para actuar. Pero si quiere, le creo un calendario. Puedo intentarlo – responde sin levantar la vista del cadáver.

-          Doctora, no estoy para sarcasmos hoy. ¿Qué tenemos? – suspira Novoa mientras se frota la frente.

-          Que conste que ha comenzado usted. Es una mujer de unos dieciséis años. Mutilaciones precisas y limpias. Esto no es obra de un aficionado – comenta la doctora Sotomayor.

-          ¿Tiene las mismas marcas que la anterior? – pregunta a la par que se agacha y observa el cuerpo.

-          Son similares, pero no idénticas. En esta ocasión hay más control. Se le nota que está perfeccionando la técnica – responde de forma cortante.

-          Doctora, ¿y usted que opina? ¿Estamos ante un artista o un cirujano frustrado? – comenta con un tono ácido.

-          Mi humilde opinión es la siguiente: si la policía hiciera bien su trabajo, nosotros no estaríamos aquí analizando un segundo cadáver – explica mientras le mira fijamente a los ojos.

-          Pues yo opino que, si los informes forenses llegaran antes de que el cuerpo se enfriara, tal vez tendríamos algo con lo que trabajar – responde mientras se incorpora de forma tensa.

-          Como siempre tan encantador, inspector. Me pregunto cómo no le han dado todavía un premio por ese tacto que tiene usted al decir las cosas – dice con una sonrisa fría.

-          Doctora, sólo te pido una cosa, dame algo que nos pueda ser útil. Algo que me acerque al capullo que está haciendo esto – responde mientras se levanta para marcharse del lugar.

-          Sabes que te lo daré, Novoa. Pero no esperes que lo que encuentre, te guste.

Novoa la observa mientras se aleja entre los focos y el murmullo de los agentes. Aún recuerda aquella noche en la que la encontraron, rota y temblando, con la mirada perdida y la voz hecha jirones. Él quiso desde el primer momento cuidarla y protegerla, pero ella lo rechazó con una frialdad que aún le dolía. Nunca le ha dicho por qué se comportó así con él. En ese momento, un flashback le llega a la memoria y hace que se le escape alguna lágrima.

Cuando Novoa llegó al hospital, un nudo en la garganta le impedía respirar. La noticia lo había golpeado como si fuera un puñetazo: secuestrada, drogada y hospitalizada. Cuando la vio conectada a una vía y con la piel pálida, sintió que su mundo se desquebrajaba por completo. Quiso quedarse y cuidarla. Había pedido unos días de permiso al comisario Villagarcía y este se los había concedido. Cuando se lo propuso a la doctora, lo miró como si no lo conociera. – No hace falta – estoy bien. Le respondió son ninguna emoción.

Él insistió, ella se negó. No hubo tiempo para el consuelo, ni para las preguntas. Novoa pensó que tenía que ver con el trauma, que necesitaba tiempo para reponerse. En cambio, lo que no sabía, era que ella no quería que ella viera más allá de lo que le ocurría.

Desde entonces, el inspector Novoa vive con esa herida invisible: el rechazo que nunca entendió y el silencio que ella eligió como escudo.


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