Nadie imaginó antes que lo que una vez predijo la serie de Los Simpson
pudiera ser real. Ya se habían visto ciertos hechos que te hacen pensar como la
pandemia del coronavirus; el ataque de las Torres Gemelas con un ejemplar de una
revista con dos torres y un 9; la presidencia de Donald Trump o el botón de
apagón mundial. En ese episodio, Lisa les explica a sus nietos que, antes del
Día de Acción de Gracias se produjo un apagón mundial que casi destruye
Springfield, así como el resto del planeta.
Pues algo similar ocurrió aquí, en España, un 28 de abril de 2025. A eso
del mediodía, sobre las 12:30 hubo una caída de la red eléctrica y con ello,
todo el suministro. También empezaron a tener fallos los dispositivos móviles y
las operadoras en sí. Al principio, se pensaba que el fallo era en el
municipio, pero no en otras ciudades y otros países de Europa. Es cierto que,
al comienzo, estábamos desinformados porque no podíamos acceder a internet ni
mucho menos ver las noticias. Pero había un artilugio (grande o pequeño,
dependiendo del que hubiera en cada casa) que nos hizo que el día no fuera tan gélido
y eso, que frío no hacía. Ese instrumento que tiene ondas magnéticas nos fue de
gran ayuda: la radio. Se pueden apagar los televisores, nos podemos quedar sin
dispositivos móviles, se puede caer el sistema de alumbrado, pero siempre nos
quedan ellos/ellas, las voces que nos acompañan cuando no podemos dormir,
cuando queremos estar informados, quiénes nos cuentan los mayores misterios de
la Humanidad o los que nos hacen la vida más amena para aquellos/as que viven
en soledad. Esas voces mágicas nos volvieron a llevar al tiempo analógico. La
radio volvió a ser un medio indispensable para estar informado minuto a minuto
de esta crisis que nos pilló a todos desconcertados y sin saber qué hacer o
cómo actuar.
Cuánta más información recibíamos, más nerviosismo nos entraba en el
cuerpo, porque algunos no sabíamos si podíamos ir a trabajar, si habría
retenciones, otros no sabían como llegar a casa porque el transporte público
estaba colapsado, no podíamos realizar llamadas ni mucho menos mandar mensajes
para conocer cómo estaban nuestros familiares más cercanos.
Hubo momentos que nos recordaban a los primeros días de la pandemia,
viendo cómo la gente compraba papel higiénico y agua, porque no se sabía
exactamente cuánto tiempo duraría ese apagón. Otros se decantaron por proveerse
de velas, pilas para las radios y, los que llegaron a tiempo, de unos hornillos
para poder cocinar y comer caliente.
Algunas de esas personas, como yo, decidimos hacer algo rápido de comida,
como una ensalada y acompañada con algo de fiambre que teníamos por el
frigorífico. Todo esto, claro, con la luz de una linterna comprada con
intención gracias a otro trabajo, que nos servía para alumbrar una cocina sin
luz natural. Sin más medios que los que había y pese a las recomendaciones de
la DGT, de no coger el coche si no era necesario, decidí ir a mi trabajo porque
no podía comunicarme con ningún miembro de allí. La carretera estaba poco
transitada y de vez en cuando coincidías con algún coche en sentido contrario.
Al llegar allí, la pregunta estrella fue: “¿profe, hoy hay clases?”. La
respuesta no la tenía yo exactamente y pese a hacer el esfuerzo de intentarlo,
se decidió que mejor me marchara a casa por si la situación empeoraba. Ese
pueblo estaba incomunicado por red eléctrica, no tenían agua y no había
servicio telefónico. Al regresar a casa, la situación no era mucho mejor,
aunque aquí, sí teníamos agua. Pero no llegaban mensajes ni mucho menos, las
llamadas. Las horas pasaban y no veíamos que la luz se fuera reestableciendo
por la zona, aunque en otros lugares del norte y el sur del país, sí que
volvían a ver con más claridad. Nosotros decidimos preparar una cena fría antes
de que anocheciera, por si, aun teniendo las velas, no veamos bien. Eso sí, con
nuestra radio acompañando la velada a la luz de las velas. Cuando terminamos de
cenar y viendo como la noche se presentaba muy oscura, ya que la luna decidió
no dejarse ver por el cielo despejado, cada vez que un coche recorría la calle
se aprovechaba para ver con más claridad. Después, todo era oscuridad.
Aunque se nos había repetido una y mil veces no salir de casa si no era
necesario, algunos de los jóvenes decidieron hacer caso omiso de las
instrucciones y salir a la calle acompañados de la linterna del móvil o con el
patinete eléctrico en las tenebrosas calles oscuras. De fondo, se veían luces o
focos revisando los monumentos que tenemos en el municipio, asegurándose los Cuerpos
y Fuerzas de seguridad del Estado que todo estaba correcto.
Dentro de todo este caos ferroviario, con aviones incluidos, retenciones
en las entradas a las capitales y negocios a medio cerrar por falta de la red
eléctrica, esta crisis de horas interminables, en algunos sitios se ha
terminado de recuperar al día siguiente; en mi caso, fueron unas 16 horas ininterrumpidas
sin teléfono y sin luz, nos han enseñado que a veces, es bueno volver a
reencontrarnos con las personas que vivimos, con los vecinos, hacer piña y
ayudarnos en lo que se necesite. Hemos aprendido a comunicarnos, a entablar una
conversación sin la necesidad de tener un teléfono a mano o la televisión, a
realizar pasatiempos, a coger un libro, a salir a la calle a dar un paseo y
disfrutar de ese día tan primaveral y veraniego que teníamos, a pasar un rato
con los peques de la casa o con nuestras mascotas.
Todo este tipo de situaciones nos enseñan a ser humanos, a no tener que
depender tanto de cosas que, en muchas ocasiones, nos hacen parecer robots. La
felicidad es eso: conversar, salir a pasear, hacer algo que no habías hecho
nunca, disfrutar del paisaje, observar el cielo…De todas las cosas que
surgieron ese 28 de abril, me quedo con una: tuve el privilegio de poder mirar
al cielo y encontrarme con un firmamento lleno de estrellas, sin ningún tipo de
obstáculos que me impidiera disfrutar de ese momento y poder pedir un deseo, a
pesar de no haber visto ninguna estrella fugaz: pasar más tiempo con mi
familia.
El Oasis de las Letras

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