Mi última esperanza





Cuando era joven, tuve que acudir a la guerra como tantos otros jóvenes de mi edad. Había un coronel, que nos tenía tomada la medida a todos, pero sabía dirigir a la perfección el batallón. De la guerra me traje consigo dolor, muerte, desesperación y una cojera de por vida. Unos años después, formé mi propia familia, pero mi felicidad plena me duró poco. Mi mujer murió el día que nació mi hijo. Me quedé con un niño recién nacido sin saber qué hacer. Lo crie como mejor pude hacerlo, con pocos recursos, pero con mucho amor. Nunca más volví a rehacer mi vida. Con los años, mi único hijo formó su propia familia, pero mi nieto nació con una enfermedad rara y su tratamiento no era nada asequible para nuestros bolsillos. A pesar de mi reuma y del dolor de cadera, decidí enfrentar la situación. Llegué a duras penas a la casa de mi viejo amigo, el coronel. Cuando me vio, una sonrisa cariñosa se le dibujó en el rostro: “Amigo, llevo esperando mucho tiempo este día. Tengo la solución para la enfermedad de tu nieto”.

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