Después de una semana acuciante de lluvias durante prácticamente a todas horas, hoy ha amanecido un día resplandeciente, con un sol bien brillante y los pájaros cantando de forma alegre. Es un día muy primaveral.
La semana ha sido muy intensa de trabajo y de reuniones a deshoras, así que me he propuesto que el fin de semana va a ser muy tranquilo… (bueno, eso creía yo, hasta que el teléfono comienza a sonar).
- ¡Buenos días, hermanito! – comienza diciendo mi hermana mayor – espero que hayas descansado muy bien. Tengo que pedirte un favor y no me puedes decir que no.
- ¡Buenos días, señorita madrugadora! ¿Te has caído de la cama? Porque te recuerdo que hoy es sábado y no son ni siquiera las diez de la mañana - digo refunfuñando, ya que ni tiempo he tenido de darme una ducha ni de tomarme mi café mañanero.
- Te equivocas, de la cama no me he caído, pero necesito que te quedes con tu sobrina Carlota. Tenemos mucho trabajo acumulado y tú eres nuestra única opción disponible y el único que tampoco puede negarse – responde mientras le guiña el ojo a Carlota.
- Pero sólo hasta el mediodía, esta tarde tengo planes con mis amigos y no voy a hacer de niñero, te aviso – digo poniendo énfasis a dos palabras “te aviso”.
- Me parece perfecto hermanito. Por cierto, ves abriendo la puerta, ya estamos aquí.
- Genial… - resoplo – ¡¡Ya voy!!
Al momento, abro la puerta y sin saber cómo, da un salto hacia mí mi sobrina Carlota, mientras me come a besos y me regaña porque lleva días sin verme.
- Yo también te echo de menos peque. ¿Te parece que te ponga los dibujos, mientras paso por ducha y después desayuno? – le responde a Carlota.
- Me parece perfecto, tío. Tú a lo tuyo. Ya me encargo yo de la tele – me contesta sacándome la lengua.
A media mañana, le propongo a Carlota irnos al parque a jugar con la pelota y nos llevamos su patinete y todos sus artilugios, por si se cae, que esté protegido su cuerpo entero. El sol ya va haciéndose más pesado, por lo que nos vamos a la heladería que hay en el otro lado del parque.
Cuando llegamos me entretengo mirando todos los sabores de helado que hay y mientras pienso a ver cuál elijo, porque obviamente, mi sobrina lo tiene más que claro. Como suele ocurrir, yo soy el más tardón. Mientras sigo obnubilado mirando el escaparate, noto que me tiran de la chaqueta.
- ¿Qué ocurre, Carlota? – le pregunto sin entender ese afán por tirar de la chaqueta.
- ¡Pues qué va a pasar tío! Que la encargada de los helados te está esperando… - me regaña mientras se tapa los ojos con ambas manos.
- ¡Oh! Perdona, discúlpame, me he quedado en las nubes. Quiero una tarrina de stracciatella con café, gracias – le respondo con mi sonrisa característica.
Es la primera vez que me fijo bien en esa mujer a la he visto varias veces mientras paso continuamente por esa zona haciendo deporte, pero hoy me ha dejado sin palabras. Tiene algo en el brillo de su mirada que hace que no puedas dejar de mirarla, ni siquiera puedo pestañear. Quién me vea ahora mismo se está dando cuenta que parezco la persona más indefensa del mundo.
- Aquí tenéis vuestros helados, pareja. Disfrutad mucho, que hace un día estupendo – nos comenta a la vez que se acicala el flequillo mientras sus mejillas están igual que las granadas y, no es por la sensación de calor que hace, sino por la sensación de timidez que le recorre el cuerpo entero.
- Muchas gracias a ti – le respondo mientras le sonrío.
Cuando íbamos buscando un banco donde sentarnos…
- Tío, antes en la heladería te has quedado pasmado – me comenta mientas se ríe de mí y de la situación que acabábamos de tener.
- ¡Oye peque! No está bien que te rías de mí, mira que no te traigo más al parque ni te invito a helados – pongo cara seria mientras a la vez le saco la lengua.
- Sí tío, di lo que quieras, pero esa mujer te gusta – responde demasiado segura mientras sigue comiendo el helado.
- Pero…qué dices…qué va…nooo, no ha pasado nada…esa mujer se ha portado fenomenal con nosotros y ha sido amable – las palabras que salen por mi boca parecen que no son mías.
- Sí, claro…no entiendo por qué los adultos negáis lo evidente…si te gusta alguien, se lo dices y ya está. ¿Qué te puede pasar? Si el no ya lo llevas – me responde de manera muy natural.
- Oye peque, ¿desde cuándo entiendes tanto de cosas del amor? – pregunto como si fuera la persona más ilusa del planeta.
- ¡Ayy tío! Ni que hubieras nacido ayer. Cuando dos personas se gustan, se siente ese cosquilleo, o al menos eso dicen los niños de mi clase, que a su vez han escuchado a sus padres de decirlo – responde Carlota con toda la razón del mundo.
- Vale, supongamos, pero sólo supongamos que esa mujer me parece guapa e interesante, ¿Qué tendría que hacer, doctora amor? – pregunto con una sonrisa enorme dibujada en mi cara.
- Pues en primer lugar tío, ser valiente. En segundo lugar, invítala a dar una vuelta y de paso a un helado, que seguro no te dice que no. Y, a poder ser hoy, porque si no, te la van a quitar – me regaña muy segura.
- Carlota, a las personas no nos la quitan, deciden que a veces una persona merece una oportunidad más que otra – le digo muy razonado.
En ese momento suena el teléfono, como no podía ser de otra forma, la mamá de Carlota hace acto de presencia.
- ¡Hola, hermanita! Estamos terminándonos de comer un helado cada uno. ¿Cuándo quieres que te lleve a Carlota?
- ¡Hola! Pues tengo que darte un pequeño disgusto. Tienes que quedarte con Carlota hasta esta noche, porque tenemos una urgencia y no podemos quedarnos con ella. Así que, lo sentimos por tus planes, pero te toca quedarte de niñero unas horas más – me dice muy apenada.
- Está bien. Buscaremos qué planes podemos hacer esta tarde. Te llamo luego.
Al colgar la llamada, veo varias conversaciones en el WhatsApp donde los planes de hoy se cancelan.
- Carlota, ¿te parece bien que comamos en casa tú y yo y después nos vayamos al cine a ver una película?
- Me parece perfecto, tío.
Después de preparar la comida y descansar un ratito en el sofá, nos preparamos para irnos al cine. Disfrutamos de la película y de regreso a casa pasamos de nuevo por el parque.
- ¡Mira, tío! La encargada de la heladería sigue allí y ahora mismo no hay nadie…
Al comprobar que no me he inmutado, me da un codazo y me mira muy enfadada.
- ¡¡Tííííooo!! ¿No me escuchas cuando hablo?
- Sí, claro, Carlota, ¿Qué ocurre?
- Adultos…te estoy diciendo que la chica guapa no tiene gente en la heladería y que deberías decirle algo…te voy a dar un consejo…quién no arriesga no gana. ¡Vamosss! - Me dice mientras tira de mí.
Cuando llegamos de nuevo a la heladería, mi cara es un poema, una mezcla entre timidez absoluta y de tierra, trágame.
- Buenas tardes, parejita. ¿Queréis otro helado? – nos pregunta muy feliz, aunque con las mejillas sonrojadas.
- No, yo vengo de acompañante, es mi tío el que quiere pedirte algo. Os dejo, no quiero molestar – me dice mientras me guiña un ojo a su manera.
- Sabes que últimamente paso por aquí muy a menudo porque es mi zona habitual de salir a hacer deporte casi todos los días y también es una excusa para verte y pedirte la botella de agua…perdóname, estoy muy nervioso y no sé qué más decirte… - respondo mientras me rasco la cabeza sin saber qué decir ni que hacer.
- Pues podías pedirle salir, que para eso estamos aquí, ¿no? – comenta Carlota que ha vuelto a escena.
- ¿Tú no te habías ido? – pregunto de la forma más idiota.
- Claro, pero ya he vuelto. Es que tío, te complicas mucho – se empieza a reír y nos reímos los demás.
- Bueno, pues ya que no te atreves a preguntármelo directamente, le diré a tu sobrina que sí, que acepto salir contigo – nos dice con las mejillas sonrojadas al cien por cien, mientras se sigue riendo.
- ¿Aceptas a venirte a cenar con nosotros unas pizzas? – pregunto de forma atropellada.
- ¡Claro que sí! Termino mi turno en quince minutos. Si me esperáis, nos vamos juntos.
- ¡Ves, tío! No era tan difícil…qué tarea más pesada es estar con los adultos…
Después de cenar los tres juntos, de reírnos, de contarnos anécdotas, llegó el momento que menos le gusta a Carlota, regresar a casa con sus padres. La llevamos en el coche con su patinete y todos sus artilugios de faena (por si se caía). Al llegar a casa, sus padres estaban felices de verla y cuando han visto a Lucía, la han saludado de manera muy efusiva. Yo me he quedado a cuadros, porque no sabía que ya se conocían.
- Una pregunta, ¿vosotros ya os conocíais?
- Claro que sí, es una amiga de mi hermana y bueno, pues estábamos los tres compinchados para que se produjera este encuentro – responde mi cuñado.
- Entonces, esperad un momento…Carlota, ¿tú sabías de esta encerrona? – pregunto desconcertado.
- ¡Pues claro que sí, tío! Si fui yo la que les dio la idea de crear esta situación tan romántica – dice mientras se sujeta ambas manos y pone forma de corazón a la vez que se empieza a reír.
- ¿Y por qué soy el último en darme cuenta de las cosas? – me pregunto resignado.
- Porque aparte de ser muy vergonzoso, necesitabas un pequeño empujón para decidirte pedirle salir a Lucía, porque sabemos que te gusta desde hace tiempo. Se te nota muchísimo. El respingo que das cuando la ves, la sonriseja que le pones cuando le pides el agua o el helado, esa tartamudez que te sale cuando te pones muy nervioso…vamos que te teníamos pillado, hermanito.
- Vamos Carlota, despídete del tío y de Lucía, que ya es hora de irte a la cama – le dice cariñosamente mi hermana. También le da un codazo a mi cuñado para que nos dejen solos.
Cuando la familia se ha marchado a la habitación…
- Como puedes comprobar soy la persona más tímida del planeta y si sigues esperando, no me hubiera atrevido a pedirte salir. He de confesar que me da miedo que vuelvan a hacerme daño y me volví muy desconfiado. La verdad, es que todo lo que ha dicho mi hermana es cierto. No puedo negar que me gustas y mucho.
- Lo sé, llevo tiempo dándome cuenta. Pero me pasa lo mismo que a ti. No me atrevía a dar el paso. Y estoy encantada de que haya pasado.
Ambos se sonríen. No necesitan decirse nada más. El brillo de sus ojos les delata. Las mejillas sonrojadas también. Se cogen de las manos, se acercan poco a poco, se miran a los ojos, juegan nariz con nariz hasta que se produce el esperado beso.
Desde la puerta del salón, la familia feliz los contempla sonrientes.

Comentarios
Publicar un comentario