Todos los días, da igual que llueva o truene, haga frío o calor, esté más
cansado o con más vitalidad, realizo siempre la misma rutina. Me gusta madrugar
(según el dicho: quién madruga, Dios le ayuda) para preparar mi cuerpo a
cualquier tipo de inclemencia meteorológica. Para ello, pongo mi alarma a las
5:30h. Me levanto, me pongo las mallas, cojo el móvil y las llaves y, me bajo a
la calle a recorrer mis 7 km correspondientes.
Cuando regreso a casa, me doy una ducha caliente para desentumecer los
músculos del frío y así mejorar la circulación sanguínea. Después, me pongo el
traje de faena y me tomo un café con una tostada y un zumo de naranja. De paso,
coloco dos cuencos en el suelo: uno con comida y otro de agua. Mi fiel escudero
(que guarda y vigila la casa) no puede ser menos que yo. Es cierto que le falta
el sombrero con la pluma, la espada y las botas, pero no, es un
gato siamés, que pesa 6kg y que prefiere comer y dormir antes que salir a
buscar andanzas. Es el autentico rey de la casa.
Me asomo a la ventana y compruebo que la lluvia no ha dejado de caer,
igual que cuando he salido a correr. Aún así, todos los que me conocen saben
que no me achantan cuatro gotas, por lo que me he montado en el coche y me he
ido al trabajo.
Al llegar me he encontrado el edificio más triste y oscuro que de
costumbre. No se si será por las fechas que vienen o porque la madrugada está
siendo oscura y fría. Por ello, sigo con la misma rutina de siempre: entro al
edificio; quito la alarma; voy al cuadro de luces y enciendo las
correspondientes para darle vitalidad a la estancia. En este recorrido no me he
encontrado a mis compañeros del turno de noche y es muy raro, porque
coincidimos día sí y día también. Será que hoy me he adelantado. Mientras sigo
colocando los documentos en sus carpetas, noto una presencia a lo lejos, como
si fuera una silueta de mujer, a la cual no puedo ponerle cara porque está de
espaldas.
- - ¿Carajo, por dónde ha entrado? me pregunto a mí
mismo. Si ha sido por la puerta, debería haber sonado su característico sonido
estridente y no he escuchado nada. Serán imaginaciones mías.
Pasados unos minutos, vuelvo a escuchar esos ruiditos acuciantes de
antes…decido ser valiente, salgo al hall y, voy mirando a un lado y a otro; voy
abriendo y cerrando puertas; mientras, en el otro lado del pasillo, se abren y
se cierran puertas también, pero no veo a nadie.
- - Amigo destino, bien sabes que no creo en las
casualidades y menos en fantasmas, así que, ya puedes ayudarme y que lo que sea
que se mueve entre sigilos de la cara – me digo a mí mismo para animarme,
porque un sudor frío me recorre la frente y la espalda.
En ese preciso instante, la luz del pasillo central comienza a parpadear
de una forma poco convencional y a la vez tan tenebrosa…pero justo detrás de
mí, vuelvo a escuchar unos pasos. Veo una figura con forma de mujer, ataviada
con una bata rosa clarita, un pijama de franela con tonos blancos y verdes, el
pelo alborotado y, un paraguas grande colgado de su brazo izquierdo. Se la ve
muy segura. Sabe perfectamente a dónde se dirige. Lleva un paso firme y
decidido. Se marcha por la puerta igual que ha entrado.
Mi cara es una
mezcla entre asombro e incertidumbre, ya que me quedo completamente inmóvil. Me
froto los ojos con suavidad. Creo que es fruto de mi imaginación y acabo
riéndome. Es otra de las anécdotas que vivimos día a día en este trabajo.
Creemos ver cosas que no son.
Ni siquiera ha
terminado de amanecer y ya veo fantasmas, muy típico de estas fechas. Lo tengo
claro, esta noche no vuelvo a ver ninguna serie de miedo, que luego me pasan
este tipo de cosas. Sin embargo, el destino me tiene prevista otra de sus casualidades.
Delante del mostrador de la entrada se presenta delante de mí esa silueta que
lleva un rato persiguiéndome. En sus manos lleva, como si fuera el mayor de los
tesoros, el conjunto de las llaves que abren todas las puertas del edificio.
Intento decir algo, pero no me salen las palabras. ¿Cómo puede ser que esa
mujer tenga las llaves? La miro a ella, vuelvo a mirar las llaves y vuelvo a
buscar su mirada. Ella me sonríe con esos ojos saltarines y brillantes de niña
buena:
- - Perdona, ¿puedes decirme dónde puedo dejar estas
llaves? Resulta que mi prometido se las ha dejado en casa y claro, me ha pedido
que se las acerque. Él es muy despistado. Por cierto, es el encargado de
mantenimiento, el del turno de mañana.
- - No se preocupe, puede dejarlas aquí, yo se las
entrego en cuanto lo vea aparecer – le digo mientras sonrío.
La mujer se marcha sonriendo con paso
decidido, su pelo alborotado (de estar recién levantada) y con un movimiento de
caderas muy preciso. Después de marcharse me echo a reír, porque no me esperaba
una situación así antes del amanecer.
Y yo me
pregunto: ¿Qué más me puede deparar el día previo a la celebración de
Halloween?
El
oasis de las letras
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