Después de
dos funciones continuadas en el teatro, estaba molida. Al terminar la última
sesión, decidí irme al camerino. Pero cuando entré por la puerta no podía creer
lo que estaba viendo. Todo removido, mis trajes por el suelo, mis cremas
esparcidas por el tocador. No sabía si romperme a llorar o a gritar. De pronto,
unos pasos resuenan por el pasillo. Llaman a la puerta del camerino y aparece
mi representante. Una persona muy tranquila que no se inmuta para nada y,
haciendo caso omiso a lo que ve, me dice: “cariño, tienes que volver al
escenario a saludar. La gente quiere más”. Se da media vuelta y al punto de
salir, me pregunta: “¿corazón, por casualidad no habrás visto a Misha?”. Justo
en ese preciso instante, entre mi ropa apareció un gatito negro jugueteando muy
feliz con su pelota.
Comentarios
Publicar un comentario