CAPÍTULO 4
I
La figura dio un paso al
frente.
El mundo se detuvo, como si
alguien lo hubiera parado.
-
Saúl…- susurró una voz que él conocía mejor que nadie.
Era Elena.
Estaba viva.
Con los ojos llenos de miedo
y de determinación.
Él, asustado, retrocedió un
paso, incapaz de digerir lo que estaba viendo frente a sí.
-
No…no puede ser…- balbuceó.
-
Lo siento Saúl, no había otra forma de hacer las cosas. Tenía
que desaparecer por un tiempo. Tenía que protegeros.
Saúl sintió como el suelo se
le abría bajo sus pies. Comenzó a temblar. Pensaba que lo que estaba viendo era
fruto de una pesadilla.
-
¿Protegernos? ¿De quién, Elena? – preguntó con un hilo de
voz.
-
De mi propio padre.
Saúl se quedó petrificado.
No sabía qué decir. En ese momento, salió corriendo dirección a la habitación
de Lucía. Elena salió detrás de él. No podía seguirle el ritmo. El viento
comenzó a hacer acto de presencia. Saúl tenía todos los músculos en tensión. Al
llegar a la habitación, la niña no estaba.
Lo que sí se encontraron fue
una nota, clavada en un peluche que Saúl no le había regalado.
“Papá dice que pronto nos
iremos de viaje”
Pero el papá no era él.
Era Germán.
Ambos se miran con cara de
preocupación. Saben quién es el autor de la nota.
Se habían llevado a Lucía.
Entonces, el rugido de un motor
los devuelve a la realidad. No era un coche cualquiera. Era el Bentley negro de
Don Germán. A Saúl comenzó a hervirle la sangre.
-
Hijo de… - masculló entre dientes.
II
-
Saúl, tenemos que hablar…tengo que explicártelo todo – dice Elena
mientras le coge la mano. Él, la mira con desconfianza y se la retira.
-
Vamos al despacho – responde él.
Elena comenzó a hablar deprisa,
como si el tiempo se le escapara.
-
Intenté salirme del negocio muchas veces, pero no podía.
Quise llevarme todos los registros, pero mi padre me descubrió. Él ordenó mi
muerte. Pero yo tenía un plan por si se torcía todo.
Saúl asiente, pero no le
casan todas las piezas del puzzle.
-
El hombre que viste en la foto no es mi amante, es un agente
infiltrado de la policía francesa. Íbamos a entregarlo todo a la Fiscalía. Pero
mi padre, como siempre, se me adelantó.
-
¿Y cómo pudiste fingir tú propia muerte? – pregunta incrédulo
Saúl.
-
El agente me ayudó a prepararlo todo. Cambiamos los cuerpos.
Manipulamos la escena. Pero…no pude avisarte, ni a ti ni a Lucía. Todo se
precipitó, fue muy rápido. Y ahora mi padre tiene a nuestra hija. ¡A Lucía!
Saúl sintió una punzada en
su corazón. Vio que todo se rompía dentro de él.
No era rabia, era algo mucho
más profundo. Algo que llevaba años enterrado.
-
Elena, vamos a recuperarla.
-
Saúl, nosotros solos no podemos. Pero sí hay alguien que
quiere ver a mi padre que caiga.
Unos pasos sonaron en el
pasillo. El inspector entró en el despacho. En una mano llevaba su placa, en la
otra, la pistola.
-
Cobos, al final, no eras tú el malo de esta película.
Saúl apretó la mandíbula.
-
¿En serio? ¿Vienes a detenerme ahora?
-
No – responde el inspector mientras se guarda la placa-.
Vengo a cazar al monstruo que anda suelto.
III
El rastro de los matones de
Don Germán los llevó hasta un antiguo matadero abandonado a las afueras de la ciudad.
El lugar olía a todo, menos a bueno, a óxido, humedad y muerte. Las luces
parpadeaban, como si estuvieran a punto de apagarse.
Dentro, Lucía lloraba, amordazada,
en una silla metálica. A su lado, Don Germán la miraba implacable, como siempre,
junto a su bastón de plata y esa sonrisa maliciosa que helaba la sangre.
-
Vaya vaya…pero a quiénes tenemos aquí…si es la familia feliz.
Qué conmovedor…me vais a hacer llorar – responde mientras se saca su pañuelo de
su bolsillo y hace el amago de limpiarse las lágrimas.
El inspector llegó por el
lado contrario donde estaba Don Germán y lo encañonó directamente.
-
Germán de la Vega-Sanz, queda usted detenido por…
-
Venga ya, por favor – lo interrumpió chasqueando los dedos.
De las sombras del lugar
aparecieron cuatro hombres armados hasta los dientes.
-
Inspector, a usted nadie lo ha invitado a esta fiesta. Pero
se lo voy a explicar, para que no diga que no le cuento las cosas. Verá, aquí
la ley soy yo. El que marca las normas, soy yo.
Saúl dio un paso adelante.
-
Don Germán, su ley se acaba aquí y ahora.
Germán sonrió.
-
¿Y tú quién te crees que eres, Saúl? ¿Crees que puedes ganarme?
Tú eres barro, yo soy mármol.
-
El mármol también se rompe, papá – responde Elena apuntándole
a la cabeza.
IV
Todo ocurrió en décimas de
segundo.
Uno de los matones comenzó
el duelo.
El inspector se lanzó hacia un
lateral, rodando entre cajas oxidadas.
Saúl se cubrió detrás de una
de las columnas, mientras Elena corría a por Lucía.
El matadero se llenó de
luces y fogonazos, ecos metálicos y gritos.
El inspector se incorporó
como pudo y apuntó directamente a Don Germán.
-
¡Ríndase! No tiene escapatoria.
-
¡Jamás!
En ese momento, Don Germán
levantó su bastón. Un disparo oculto en su empuñadura escupió fuego.
El inspector recibió el
impacto en el abdomen, pero aún así tuvo fuerzas para disparar su arma en
varias ocasiones.
La bala atravesó el pecho de
Don Germán y varias zonas de su cuerpo.
El viejo cayó de rodillas,
sorprendido.
-
El apellido…siempre prevalece…
La sangre brotaba de su
pecho como si fuera una fuente natural. Murió desangrado.
El inspector cayó segundos
después, apoyado en una columna, con la respiración entrecortada. Saúl se
acercó a él, presionando la herida del abdomen.
-
Cobos…cuida de tu familia. Se lo debes – dijo, con dificultad.
Sus ojos se apagaron.
De lejos, las sirenas de los
coches patrullas se escuchaban. Un murmullo lejano comenzó a crecer. Después,
un crujido hizo vibrar las paredes del lugar. Saúl levantó la vista. Las luces
rojas y azules comenzaron a filtrarse por las rendijas.
Unos segundos después una
docena de agentes irrumpió en formación con sus cascos, chalecos antibalas y
fusiles.
Los matones de Don Germán, aún
aturdidos por el tiroteo y la muerte de su jefe, dudaron qué hacer. Marco fue
el primero en reaccionar, levantando su pistola hacía Saúl, pero un láser rojo
en el centro de su frente lo frenó.
-
Ni se te ocurra, amigo – gritó un agente.
-
¡ARROJEN SUS ARMAS AL
SUELO, YA! – gritó otro.
Los matones decidieron hacer
lo que les pedían.
No tenían líder. No tenían
ninguna salida.
Elena consiguió liberar a su
hija y la abrazó. Saúl llegó corriendo a abrazarlas. En esta ocasión, han podido
salir con vida.
Por primera vez en su vida,
lloró.
No era de rabia, ni de
dolor, sino de alivio.
-
Vámonos de aquí. A un lugar donde nadie nos conozca –
respondió Elena.
-
A empezar de cero – dijo Saúl.
-
Pero, ¿juntos? – preguntó asustada Lucía.
-
Claro que sí, cariño, siempre juntos – contestó Saúl, mirando
a Elena fijamente a los ojos. Ahora no había desconfianza, había amor
verdadero.
V
Varios meses después…
Una pequeña casa de color
blanco frente al mar les daba la bienvenida todos los días en el norte del
país.
Un jardín con hortensias,
geranios, rosas y varias plantas más les daba vida y color.
Una niña se reía con las
ocurrencias de un pequeño cachorro.
Una mujer preparaba el café de
la mañana.
Un hombre arreglaba una
barandilla de madera de la entrada.
Saúl mira al horizonte.
Elena se acerca por detrás y lo abraza fuerte.
-
¿Crees que algún día dejaremos de mirar atrás? – pregunta Elena.
-
No. Pero ahora, por fin, tenemos un motivo para mirar hacia
delante – Saúl se gira a su mujer, la mira con cariño y lleva sus manos al vientre
de ella – Dentro de poco seremos cinco. El número idóneo para jugar al
baloncesto.
Ambos se ríen a carcajadas.
Hacía mucho tiempo que no se sentían así, felices.
Lucía sale corriendo junto al
cachorro, riendo y saltando alrededor de sus padres.
Por primera vez, el eco de
sus pasos no trae peligro ni muerte.
Trae vida. Trae esperanza.
El Oasis de las Letras

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