I
El día ha
amanecido con unas nubes que amenazan tormenta…pero de las fuertes.
El cielo está
plomizo y los ánimos, bajos y caldeados. Lucía está terminándose de arreglar
junto a su niñera y Saúl se encuentra en su habitación sin saber ni cómo ni por
qué han sucedido las cosas. Con la barba sin afeitar de tres días y el pelo
desaliñado, se mira al espejo y no entiende cómo en dos días su vida ha dado un
giro tan radical.
Hoy es el funeral
de su mujer. No está preparado para
ello. Pero por su hija, pone su mejor cara y decide seguir de adelante. Tiene
muchas cosas que descubrir.
Una hora
después…
El funeral está
siendo un desfile de hipocresía con letras mayúsculas. Don Germán de la Vega-Sanz
y Saúl Cobos presiden el duelo. Su suegro lo recrea como si fuera el dueño
también del cementerio (quién sabe, a lo mejor lo es), recibiendo las
condolencias de hombres con trajes que superarán los mil euros y almas forradas
de alquitrán.
Saúl se mantiene
en un segundo margen, como si con él no fuera la cosa. A él le hubiera gustado
despedir a su esposa en la intimidad, rodeados sólo por sus seres queridos, no
por déspotas como su suegro. Pero ahí está, sujetando la mano de su hija.
Para todos los presentes
en el funeral, él es el sospechoso. Para Saúl, todos son objetivos potenciales.
Entre los que
han acudido al cementerio, una persona no pasa desapercibida, es el inspector,
que sigue empeñado en hacer mala sangre.
-
Bonito día para un entierro, ¿no cree Cobos?
El cielo está gris, tirando a negro, como su coartada.
-
Váyase a la mierda, inspector. Hoy no es un
buen día – responde Saúl sin mirarlo a los ojos.
-
Nunca es un buen día, señor Cobos. La mierda
es de dónde viene usted, ¿Me equivoco? Solo estoy esperando a que dé un paso en
falso. No me decepcione. Conozco a los tipos como usted. Todos son escoria.
Saúl lo mira
fijamente a los ojos, como una bola de fuego a punto de estallar.
-
Ya veremos quién es más escoria, si usted o
yo – responde Saúl con una media sonrisa.
El resto del día
continua como si no hubiera ocurrido nada. Don Germán se encerró en su despacho
y pidió que le llevaran la comida allí. Saúl no tenía hambre, pero hizo un
pequeño esfuerzo por ponerle la mejor de sus caras a Lucía. El silencio reinaba
por la casa. No había alegrías. Se respiraba tensión a raudales.
Por la noche,
Saúl se encargó de leerle el cuento preferido a su niña y le dio un beso de
buenas noches. Cuando Lucía cayó rendida en los brazos de Morfeo, Saúl se
marchó a su habitación. Se cambió el traje por la chaqueta de cuero y unos
pantalones vaqueros desgastados. El empresario “eficiente” se quedó en esa
casa.
Salió por la
puerta de servicio, evitando ser vigilado por las cámaras de seguridad que
había instalado su suegro, supuestamente por su “seguridad”.
Cogió su moto
negra del garaje, una Ducati Panigale V4R de 218 CV, para ir a hacer una
visita. El reencuentro se produjo en un taller mecánico de las afueras de la
ciudad. El olor a grasa y metal le recordó quién era antes de conocer a Elena.
-
¡Qué sorpresa Cobos! Has tardado cinco años
en llamar – dijo el “Toro”, un hombre con el cuello más ancho que su cabeza y
con cicatrices que marcan las historias de la cárcel.
-
He estado ocupado siendo quién no soy.
-
Ya… ¿Qué necesitas de este humilde
samaritano?
-
Saber quién es el capullo que apretó el
gatillo. Un 9mm. Un profesional. Un coche negro sin matrículas.
El Toro escupió
en el suelo.
-
Ese coche que tú buscas no es de aquí. Viene
de la costa. De esos que mueven la “mercancía blanca” para que gente que viste
como tú.
-
Dame nombres, Toro. No he venido hasta aquí
para que me des una lección de geografía.
-
El “rata”, en el club The Abyss. Si no te
mata el olor a sudor, te matan sus hombres.
II
Saúl no tiene
tiempo que perder. Sale a la busca del que llaman el “Rata”. Siguiendo las
pistas del Toro, llega a un club nocturno muy codiciado en este momento. El
club sirve de oficina para los tipos que limpian los problemas de los
ricachones. El miedo no le frenó. Él solo quiere saber quién ha hecho esto. El
odio es el combustible más eficaz que hay.
La escena se
midió en décimas de segundos. Saúl entró en el despacho del encargado sin
esperar a ser llamado. No hubo ninguna negociación con el “Rata”. Directamente,
lo cogió por la espalda, le retorció el brazo izquierdo y le aplastó su cara
contra la mesa de caoba de su escritorio, antes de que pudiera sacar su arma.
-
¿Quién fue la persona encargada de mandar el
mensaje a la mansión de la Vega-Sanz? – rugió con todas sus fuerzas Saúl.
-
¿Qué mensaje, tío? No sé de qué me estás
hablando. ¡Te lo juro!
-
Pues como no sabes nada, si yo cojo ahora
mismo y te pego un tiro, estamos en paz. ¿no?
-
No, no, por favor. ¡Te juro que yo no tengo
nada que ver! Solo sé que eran unos tíos de la costa…escuché decir que Elena
les debía algo.
-
¿Elena? ¿Qué tiene que ver mi mujer en todo
esto? – preguntó Saúl notando un frío que no venía precisamente del aire
acondicionado.
-
Tu mujer era la encargada de organizar las
rutas, Cobos. ¿De verdad pensabas que solo se dedicaba a vender casas de lujo?
Ella era la persona indicada, el puente entre el dinero limpio de papá y el
dinero sucio que se mueve por Francia.
-
Más te vale que lo que me estás contando sea
cierto, porque si no, la próxima vez vas a hacer valer tu mote, vas a ser la
rata del vecindario y te prometo que ese día soy yo el que te cuelga a la
entrada del club – dice Saúl cuando lo suelta y lo tira al suelo de un empujón.
III
Saúl regresó
bien entrada la madrugada a la mansión. Lo primero que hizo fue comprobar que
Lucía seguía dormida de forma plácida y que la niñera seguía ahí, sin separarse
de ella.
El silencio que
reinaba en la casa era absoluto, pero a la vez, amenazador. Se encerró en el
despacho de Elena. Por lo general, él nunca pasaba ahí.
Empezó a buscar
algo que le pudiera ayudar a encontrar pistas. Tenía una intuición. No buscó en
los cajones, sino en los huecos que se dejan, como en los marcos de los
cuadros, en los libros de contabilidad…
Gracias a su
habilidad, se encontró justo con una llave. Estaba pegada detrás de la foto de
su hija Lucía. El corazón le dio un vuelco y comenzó a bombear más deprisa.
La llave era la
encargada de abrir una caja de seguridad camuflada en el suelo, bajo una
alfombra persa, capricho de su mujer.
Dentro de esa
caja fuerte Saúl no se equivocó, no esperaba encontrarse joyas, ya que las
pocas de las que disponía, las tenía guardadas en su joyero de la habitación de
matrimonio. Al abrir la caja, descubrió un pasaporte falso a nombre de Sonia
Valls, un fajo de billetes en francos y un teléfono encriptado.
Saúl encendió el
teléfono. Solo había un nombre en la agenda. Papá.
Abrió el último
mensaje que se encontraba ahí. Lo había enviado minutos antes de morir.
“Papá, no puedo
más. Saúl sospecha y no quiero que mi hija crezca metida en estos temas. Me
llevo los registros a Francia. Si intentas detenerme o hacerme cambiar de
opinión, lo destruyo todo”.
La respuesta de
Germán llegó un minuto después:
“Elena, nadie
abandona nunca a su familia. Nadie se lleva los registros de aquí. El mensaje
será entregado hoy, como siempre se ha hecho”.
IV
Saúl soltó el
teléfono sobre la mesa del escritorio como si le estuviera quemando. Lo que
acababa de escuchar no podía ser verdad. El aire del despacho parecía
insuficiente. Su mujer no era una víctima inocente, era más que eso. Realmente
era una pieza del engranaje de su suegro. Y no la habían matado por error, no.
La mataron para silenciarla. Para dejar claro quién manda.
Un crujido en la
puerta lo sobresaltó. Saúl reaccionó. La figura de Don Germán estaba allí,
apoyado en su bastón de plata, viéndolo todo, como si fuera una película en
blanco y negro.
-
Ya te dije que no eras uno de los nuestros,
Saúl – respondió Don Germán con una calma que helaba la sangre de cualquier
mortal-. Ahora ya has visto más de lo que tu pequeña mente de obrero podía ver.
-
¡La mataste tú! Qué idiota he sido todo este
tiempo. Pensando que era tu ojito derecho y sólo era una pieza más en este
jodido engranaje.
-
No me hagas reír, mequetrefe. Yo di una orden
de protección de activos. Ella, con ese noble corazón y con la idea de querer
cambiar el mundo y hacerlo más bonito, se metió en medio de todo. Pero por
encima de cualquier cosa, está nuestro apellido.
-
¡Pero era tú hija, perro asqueroso!
-
Fue una inversión que me salió mal,
llamémoslo así.
Don Germán dio
un golpe fuerte en el suelo con su bastón de plata. De las sombras del pasillo
aparecieron dos figuras vestidas con trajes negros y armados hasta los dientes.
-
Saúl, no hagas ninguna tontería. De momento,
tienes a la niña. Si quieres que siga despertando cada mañana con esa sonrisa
infantil, vas a hacer exactamente lo que yo te diga. A partir de este instante,
tú vas a ser el enlace con la costa. Vas a terminar de completar el trabajo que
ella no fue capaz de hacer.
Saúl miró a su
suegro a los ojos. El odio era tan puro que casi podía tocarse con la punta de
los dedos. En ese momento comprendió que, si quería salvar a su hija, debía
hacer lo que le mandaba su suegro. Pero la venganza se sirve en un plato frío.
Tendría que esperar el momento perfecto. Ahora debía convertirse en el monstruo
que quería Don Germán.
-
¿Y si me niego a hacer este trabajo?
-
Entonces, Lucía conocerá el mismo viaje que
su madre.
Si Saúl hubiera
podido le habría reventado la cara a su suegro. Pero claro, también lo habrían
acribillado a tiros sus perritos falderos.
-
¿Cuándo empiezo? – preguntó.
Don Germán
comenzó a sonreír. Una sonrisa que puede valer una vida.
-
No podía esperar menos de mi chico
“eficiente”. Mañana a primera hora tienes un cargamento que recibir.
Ya que Don
Germán y sus secuaces iban enfilando el camino de salida del despacho de Elena,
se gira y le dice:
-
Bienvenido a la familia, Saúl. A la de
verdad”.
Próximo capítulo: Sábado 9 de mayo
El Oasis de las Letras
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