El Eco de tus Pasos (3º Capítulo)

 


CAPÍTULO 3

I

El amanecer ha sido frío como el hielo, con una pequeña claridad grisácea que pesaba como el plomo. Saúl ha llegado al puerto pesquero antes de las seis de la mañana. El frío hacía mella, se calaba hasta los huesos. Aunque más que frío lo que tenía era un miedo horrible. Su pequeña Lucía dormía plácidamente en la casa custodiada por un asesino.

-          Puntual, así me gusta – dijo una voz a su espalda. Era uno de los “perritos falderos” del señor de la Vega-Sanz. Un tipo con muy mala cara que olía a pólvora y menta llamado Marco-. El camión ya te está esperando. La mercancía viene de serie con dos fondos en la caja de la merluza. Tu trabajo consiste en firmar el albarán de la constructora y llevarlo al almacén número cuatro.

-          Todo eso es muy bonito en la teoría, pero me interesa más la parte práctica. ¿Y si aparece la policía? – pregunta Saúl, apretando los puños dentro de su chaqueta de cuero.

-          Entonces tendrás que rezar. Porque si no te matan ellos, te matamos nosotros. Así de fácil, amigo – responde Marco con una sonrisa helada-. Si el cargamento se pierde o te lo requisan, tu “niñita” adelantará su viaje.

Saúl apreta la mandíbula por no romperle los dientes al chulo que tiene delante suyo. Se marcha al camión. El volante le quemaba las manos.

Estaba usando los papeles de su propia empresa, algo que no le gustaba nada. En esa empresa comenzó cargando los sacos de cemento.

Y ahora…ahora, ni él mismo se reconoce. Está usando un camión para blanquear el tráfico de drogas de su suegro. Cada kilómetro que haga, será una traición para él mismo, una traición a sus propios valores, los que le educaron sus padres en un barrio obrero y, también peligroso, como es la calle. Ahí aprendes a pasos agigantados. Esta situación no es diferente a las que ha vivido.

II

Mientras los neumáticos devoran el asfalto hacia ese almacén número cuatro, a Saúl le asalta el miedo y, sobre todo, los recuerdos. Un nudo se le hace en el estómago. Hay un recuerdo que pesa más que otros. Lo ha mantenido enterrado bajo toneladas de hormigón y de su éxito empresarial. Ni siquiera la fría Elena llegó a conocer al verdadero Saúl, un joven de 19 años.

En su barrio, antes de llegar a la empresa constructora y de los trajes a medida, Saúl no cargaba sólo sacos; también cargaba con la protección de su hermano menor. Una noche, en un callejón próximo a su casa, el cual olía a orina y miedo, tres tipos se saltaron las normas y decidieron que su hermano era el blanco perfecto. Lo agredieron sin miramientos. Era la paliza que les daban de iniciación.

Saúl no llamó a la policía. En ese barrio y, en especial, en su calle, la policía, pasaba por allí de vez en cuando y, cuando lo hacía era para recoger los restos que dejaban.

Saúl llegó antes.

Nunca le ha contado a nadie lo que hizo aquella noche. No solo defendió la vida de su hermano como si fuera la suya propia. No, en un arrebato de furia ciega, una furia que hoy reconoce en el espejo, Saúl utilizó una barra de hierro que había en una obra cercana. No se detuvo cuando esos tres tipos cayeron. El secreto no es la pelea, sino lo que viene a continuación. El silencio.

Saúl tuvo que hacer desaparecer a esos tipos para que su familia no se viera implicada en un caso como ese y, a la vez, que no fueran exterminados por la banda. Usó los cimientos de la obra en la que había trabajado como peón para ocultarlos allí.

Aquel fue el trabajo más difícil que había hecho nunca. Fue su master particular en “protección de activos”. Por eso, cuando Marco lo ha amenazado con la vida de su hija, todo le ardía por dentro. Saúl ya conoce el sabor de la cal viva y el peso sobre sus hombros.

III

Después de varias horas de viaje llega al almacén número cuatro. El silencio fue interrumpido por el sonido de un motor de alta cilindrada. No eran los hombres que trabajaban para Don Germán. Era un zeta de la policía. Del zeta se baja, quién si no, el inspector toca narices, masticando un chicle con parsimonia, algo que a Saúl le pone de los nervios. Hubiera querido darle un puñetazo y que salieran los dientes y el chicle volando por los aires, pero claro, no era el momento más adecuado y la vida de su hija pendía de un hilo y de que cometa cualquier error más ínfimo.

-          Vaya, vaya, pero a quién tenemos por aquí…no sabía yo que usted hacía entregas especiales a estas horas – dijo el inspector acercándose al camión-. ¿Qué llevas ahí, Cobos, cemento premium?

-          Muy gracioso inspector…¿no tiene nada mejor que hacer que aparecer en todas partes?- responde con un mohín-. Llevo documentación de obra. No sabía que ahora también hacía las funciones de policía de tráfico – dice Saúl sintiendo un sudor frío bajando por su espalda.

-          La verdad es que llevo tiempo queriendo mirar bajo tus “cimientos”. Abre la parte de atrás, anda.

Saúl metió sus manos en la chaqueta, buscando la pistola que no debería llevar encima. El aire parecía cortarse por momentos. Él sabía que, si lo abría, no solo iba a la cárcel (si llegaba, claro) y que Lucía se quedaría a expensas de Don Germán. Si mataba al inspector, se iba a convertir en la figura que más odiaba.

En ese preciso momento, el teléfono del inspector comenzó a sonar. Él, con la parsimonia que le caracteriza, respondió a la llamada. Una voz autoritaria da una orden directa desde la central. Él escuchó atentamente durante diez segundos y su semblante cambió de golpe. El mensaje se escuchó perfectamente: “Retirada inmediata del sector 4. Prioridad absoluta en el puerto”. Miró a Saúl con un odio renovado.

-          Señor Cobos, tiene amigos en las altas esferas por lo que veo. La orden viene de la Fiscalía. Me dicen que te deje continuar el camino…por ahora. Pero recuerda una cosa: la sombra de una zanja es igual de oscura para todos.

Saúl observa como las luces azules se alejan. Sabe que hoy ha tenido un golpe de suerte, movido por su suegro. Pero también sabe algo más: ahora tiene una deuda doble de sangre y el cemento de su pasado se está agrietando. Ahora mismo no puede cometer ningún fallo.

 

IV

Después de descargar la mercancía bajo la atenta mirada amenazante de los perritos del señor de la Vega – Sanz, Saúl encontró un sobre pequeño escondido entre los fardos. No eran drogas. Eran fotos.

Saúl las miró en la penumbra de la cabina. Eran fotos de Elena. Se encontraba en una terraza en Niza. No estaba sola. Aparecía con un hombre joven, más o menos rondaba los treinta años, donde le hacían entrega de un sobre idéntico al que tenía Saúl entre sus manos. En el reverso de la foto, hay algo apuntado. Una fecha. Era del día antes de su asesinato.

También, había una frase escrita a mano: “Él lo sabe todo. Huye lo más lejos posible”.

¿Quién es ese hombre? ¿Por qué está avisándola del peligro que corre? ¿Era su amante? ¿Es alguien que intentaba de verdad ayudarla a escapar? Las preguntas sin respuestas se le agolpan en su cabeza. Vuelve a sentir el frío en su cuerpo y el sudor helado por su frente. Un flash le viene a su cabeza: ¿Intentaba Elena salvarse a sí misma o intentaba salvarlos a Lucía y a él?

Unas horas después…

Saúl regresa a la mansión agotado y abatido. Don Germán estaba en el jardín, cortando rosas. Si no fuera por esa mirada que irradia oscuridad, parecería un abuelito encantador.

-          El trabajo ya está hecho, Don Germán.

-          Lo sé, Cobos, lo sé. El inspector me ha llamado muy indignado. Eres un activo muy valioso, Saúl y, sobre todo, muy eficiente, como decía mi querida hija.

De su chaqueta de cuero saca la fotografía que ha encontrado.

-          Don Germán, ¿quién es ese hombre y que hace ahí con Elena? – pregunta con furia Saúl.

Don Germán deja de cortar las rosas, se gira y responde:

-          Cobos, yo no soy la niñera de nadie. Déjame ver la fotografía.

Después de revisarla unos segundos, se la lanza a la cara.

-          Ese es el mayor error que cometió Elena. Digamos que es un “socio” que se volvió demasiado ambicioso. Y, te digo una cosa más. Si vuelves a meter tus narices de perro flaco en lo que no te incumbe, la próxima rosa que corte de este jardín, será la tuya – lo amenaza con la cizalla de plata.

Saúl se marcha del jardín apretando de nuevo la mandíbula y los puños. Sube al cuarto de Lucía. La niña duerme plácidamente, pero en su mesilla de noche se encuentra con un elemento nuevo: un peluche diferente al que había. Él no recuerda haberlo comprado. Es otra advertencia. Se fija que tiene una nota pegada.

“Papá dice que pronto nos iremos de viaje”

El corazón de Saúl se desbocó como un caballo salvaje. Germán estaba hablándole a la niña. Comenzaba a preparar su terreno, donde él era el más hábil. El que controlaba los hilos y hacía caer lo que no le servía.

Saúl volvió a encerrarse en el despacho. Encendió el teléfono encriptado de Elena. Buscó en los mensajes borrados que había podido recuperar. Uno de ellos era del hombre que aparecía en la foto de la terraza de Niza. El mensaje decía: “Tengo los registros de la Operación Sombra. Si me llegase a ocurrir algo, por favor, mándaselos a Cobos. Él es el único que puede terminar con mi padre”.

En ese momento, Saúl comenzó a atar los cabos sueltos. No solo estaba siendo vigilado por Germán, también era un protagonista involuntario en esta trama.

De repente, las luces de la mansión se apagaron. Un silencio sepulcral lo envolvió todo. El eco de unos pasos pesados se oía cada vez más cerca, por el pasillo. Se acercaban hacía el despacho.

El olor del miedo se percibe antes de que llegue. Saúl sacó su pistola de la chaqueta y quitó el seguro. Su corazón latía a más velocidad de la permitida. El instinto de supervivencia apremiaba. La puerta cede con un gemido casi imperceptible al oído humano. Saúl no parpadea, apunta con su arma de 9mm, con la extensión de su brazo a quien quiera que se le ocurra atravesar el umbral.


Último capítulo: Próximo Sábado, 16 de mayo. 

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