I
El cristal de la
copa de vino que sujeta Saúl Cobos en su mano, es tan fino que teme romperlo
con tan solo mirarlo. Puede que sí quisiera romperlo. Estrellarlo con todas sus
fuerzas contra la mesa de color caoba y ver cómo el rastro del Ribera del Duero
se derrama por el mantel de lino inmaculado.
-
No es por desacreditar todos los esfuerzos
que haces Saúl – dijo Germán de la Venga-Sanz- pero los números de tu constructora
son…como lo diría…sí, muy pintorescos. Y claro, viniendo de donde vienes…porque
te recuerdo que empezaste cargando sacos de cemento.
Saúl decide
morderse el labio antes de contestarle al arrogante de su suegro. Prefiere no
levantar la vista del solomillo. Siente esa presión en su mandíbula. Ese dolor
que aparece cuando muerdes las palabras por no escupírselas a alguien.
-
Don Germán, crecemos un 12% cada año. Y, lo
más importante, sin pedirle favores a nadie – responde Saúl. Su voz suena como
la gravilla bajo la rueda.
-
El dinero es como el apellido, querido Saúl.
Si tienes que explicar de donde viene, es que no pertenece a este lugar – comenta
Germán, moviendo las manos indicándole donde se encuentra.
Elena, sentada
frente a Saúl, ni siquiera responde. Mueve el tenedor con una elegancia perfecta,
con la mirada perdida en algún punto de ese salón tan bien amueblado de la mansión.
Elena no es de esas personas que te dan calor y cobijo en las noches, no, ella
es de las que se preocupan más por el status que por su propia familia. Sí,
ella lo quiere, pero a su manera. Siempre está a la expectativa, observando a
su marido como si fuera un experimento social que se ha ido alargando con los
años.
-
Papá, por favor, no atosigues tanto a mi marido,
te lo pido. Saúl es eficiente.
Eficiente…ya…como
si fuera ahora un electrodoméstico que hace su función de manera correcta,
piensa Saúl.
De repente, una
risa infantil se hace eco en mitad de la mesa de caoba de aquella mansión tan
fría. Lucía, de cuatro años, entra corriendo ignorando los protocolos que tienen
en la mansión de la Vega-Sanz. Corre a abrazarse a la pierna de su padre. En
ese momento, Saúl se relaja y comenzó a jugar con ella, a hacerle cosquillas y
a acariciarle la cara. Ese es el ancla por el cual decide no mandar todo al
carajo. Pero sabe que, si lo hace, saldrá perdiendo. Ese es su territorio más
sagrado.
-
¿Qué hace la niña aquí? – grita Don Germán, levantándose
de la mesa muy enfadado-. Estamos cenando, Lucía. Marcharte con la niñera,
vamos.
-
Lo siento abuelo, pero solo quería que papá
me diera un beso antes de irme a dormir – susurra la niña con sus ojos a punto
de explotar de lágrimas.
Saúl se levantó
de golpe y le dio un beso sonoro a su niña en la mejilla, desafiando la mirada
de asco de su suegro. Cuando la niña salió del salón, el aire de la sala volvía
a cortarse.
-
Mañana salgo de viaje, Saúl. Tengo unos
asuntos pendientes en la costa francesa. Regresaré tarde – dijo Elena, de repente.
-
¿Qué asuntos pendientes tienes tú en la costa
francesa? – pregunta Saúl desconcertado. No le suena que le haya hablado de ello
nunca.
-
Negocios de familia – responde Germán de la
Vega-Sanz, antes de que lo haga su hija Elena-. Son cosas que requieren de la
sutileza de una mujer, que como tu sabes, aún no posees.
Ya había pasado
un rato largo desde que la cena había terminado. El silencio de la noche hacía
acto de presencia antes de que un motor sonara a lo lejos, como si se hubiera
roto algo a su paso.
Saúl bajó las escaleras
de dos en dos. Su instinto de los barrios bajos donde él se crio, le gritaba la
palabra “peligro”.
En el vestíbulo se
encontró con Elena. Se estaba poniendo su mejor abrigo, uno de cachemir. Un coche
negro la estaba esperando afuera de la mansión con las luces apagadas.
-
Espera Elena, quisiera hablar contigo un
momento.
-
Ahora no puedo Saúl. Hablamos a la vuelta.
Elena abrió la
puerta. Una sombra aparece entre el umbral de la puerta y la luz de la luna. No
hubo advertencia. No hubo ningún tipo de diálogo. Solo el resplandor de un fogonazo
que iluminó la cara de Elena antes de que su cuerpo saliera disparado hacia
atrás.
El primer
disparo se estrelló contra su pecho. El segundo, fue directo a su cuello.
II
Saúl se lanzó corriendo
hacia el cuerpo de Elena, mientras el coche oscuro chirriaba en el asfalto
huyendo en medio de la oscuridad. La sangre de la familia de la Vega-Sanz es
tan roja como la de la familia Cobos empapando el suelo de mármol.
-
¡Elena! – grita desesperado Saúl taponando los
impactos de las balas.
Elena intentó
decir algo, pero de su boca solo salió un burbujeo de color escarlata. Sus
ojos, fríos como el acero, ahora estaban llenos de miedo, de terror. Y
entonces, se apagaron para siempre.
Desde lo alto de
la escalera, un llanto desconsolado comenzó a sonar. Un grito ensordecedor devolvió
a Saúl a la realidad.
La
venganza no es un plato que se sirve frío. La venganza es una deuda que se cobra
con carne.
III
La policía llega
a la mansión de la Vega-Sanz a escasos 10 minutos del asesinato. Las luces azules
y rojas de los zetas rebotan contra las paredes. Saúl sigue en estado de shock
con las manos rojas y el pecho de su camisa arruinado de sangre. No lloraba. No
le nacen las lágrimas. Solo quiere saber quién ha hecho esto y por qué le han
arrebatado a su mujer. Para él, los hombres nunca deben llorar en público.
-
Señor Cobos, aléjese del cuerpo, por favor –
le pide el inspector con cara de haberlo visto todo y de no haber disfrutado
nada.
Saúl no se movía
del sitio.
-
Señor Cobos, es para hoy. Por favor, venga conmigo.
Se puso de pie. Sus
movimientos eran pesados, como si llevara sobre él una losa que pesa demasiado.
Entonces
apareció Don Germán de la Vega-Sanz. No corría. No gritaba. El caos se apartaba
a su paso como si el hombre fuera un rompehielos. Se detuvo ante el cuerpo
inerte de su hija. La miró tres segundos. Ni una sola lágrima.
-
Limpiad esto ya – dijo Don Germán. Ni
siquiera miró a los policías. Se refería al mundo en general.
En ese momento,
se giró hacia Saúl. Sus ojos estaban marcados a fuego y la oscuridad en su
mirada era hipnótica.
-
¿Dónde estabas, desgraciado? – pregunta como
si hubiera soltado un latigazo al aire.
-
Me pilló bajando las escaleras, quise hablar con
ella. Pero me dijo que no podía, que a la vuelta.
-
Como siempre, vas tarde para todo.
El llanto de
Lucía seguía incontrolado. La niña estaba aterrorizada. La niñera la retenía
como podía, pero la niña ya había visto lo suficiente. La luz roja de los zetas
le pintaban la cara de un rojo infernal.
Saúl se acercó a
ella. Se arrodilló. La abrazó con fuerza, dejándole el pijama de seda manchado
con la sangre de su madre.
-
Papi, mamá está durmiendo, ¿verdad? – pregunta
la niña con un hilo de voz.
-
Mamá se ha ido de viaje, cariño – responde
con una voz muy segura. La primera de las muchas mentiras-. Se ha ido a solucionar
unos problemas del trabajo.
-
¿Va a volver, verdad papá?
-
No – responde tajante y cortante Don Germán-.
No va a volver. Aprende eso ya, niña. La gente está de paso en esta vida, unos
van y otros vienen. Nadie se queda para siempre.
Saúl apretó los
dientes. Si no fuera porque la niña estaba delante, le habría arrancado la
lengua ahí mismo.
IV
El inspector se
llevó a Saúl hacia un lado del vestíbulo mientras el equipo forense se
encargaba de tomar huellas y marcar cada zona. Recogieron los casquillos. No
hay duda. Son de un profesional. 9mm.
-
Es curioso, señor Cobos que usted haya
llegado tan lejos viniendo de donde viene – comenta el inspector mientras saca
su libreta del bolsillo junto a un boli-. Un tipo de barrio que llega a lo más
alto. Una mujer atractiva, guapa y rica que tiene una vida prominente por delante
y que muere en la entrada de su casa. Un seguro de vida que daría para comprar
una isla.
Saúl da un paso
al frente y se queda a la altura de los ojos del inspector.
-
¿Me está acusando de algo?
-
No se ponga a la defensiva señor Cobos. Solo
soy un observador. El coche era negro. No llevaba matrícula. Usted bajó justo a
tiempo para ver el final, pero no ha resultado herido. Mucha suerte ha tenido.
O mucha puntería, quizás.
-
Tenga cuidado, inspector. Se está equivocando
conmigo.
-
No me haga reír, señor Cobos. Tenga cuidado
usted. Don Germán tiene amigos en todas partes, incluso en la misma Fiscalía. Y
tengo la sensación de que usted es el eslabón más débil de esta cadena.
Germán se acerca
al inspector. Le pone una mano en el hombro. Gesto de dueño, no de amigo.
-
Déjenos solos. El señor Cobos tiene mucho que
pensar ahora mismo.
Cuando el salón
se queda despejado y en un silencio sepulcral, Germán se acerca al sitio donde aguarda
Saúl. El olor a tabaco de importación y de odio puro se palpan mutuamente.
-
Saúl, sé quién eres y de dónde vienes. No te
creas que por haber vivido en esta casa eres uno de los nuestros. Porque nunca
lo serás. Elena está muerta porque se casó con un mediocre como tú.
-
Se equivoca suegro. La mataron a ella. Pero yo
me pregunto algo, ¿a quién buscaban de verdad? – lanza la pregunta clavándole una
mirada fija.
Germán comienza
a reírse. Hace una mueca macabra.
-
Eso deberías decírmelo tú a mí. Ellos buscaban
un mensaje. Y ya ha sido entregado. Ahora, si quieres conservar a esa niña, apártate.
Deja que los hombres de verdad, esos que sí saben llevar los pantalones
puestos, solucionen este embrollo. Porque si no, acabarás en una zanja con el
mismo apellido humilde con el que te vanaglorias siempre. Vamos, un don nadie
que se cree con ínfulas.
V
Con todo lo sucedido,
Saúl no fue capaz de poder conciliar el sueño. Se fue al cuarto de Lucía y se
sentó allí. Dentro de la caja fuerte tenía guardada una pistola y que no
debería tener. La limpió con su camisa, la misma que lleva todavía manchada de
sangre.
Su suegro cree
que Saúl es el sospechoso de la muerte de su hija.
La policía tiene
indicios de que Saúl es el sospechoso de la muerte de Elena.
El mundo cree
que Saúl está derrotado y acabado.
Pero Saúl es más
listo que todos juntos. Recuerda algo que Don Germán de la Vega-Sanz no se
acuerda. Para poder llegar a la cima desde el fango, hay que saber moverse muy bien
por las alcantarillas.
Se acerca a su
escritorio y saca un teléfono de prepago. Se lo piensa mientras le da vueltas
al móvil.
Juró que no
volvería a marcar ese número nunca más.
Pero lo hace.
La sed de
venganza es mayor que rebajarse.
-
Soy Cobos – dice cuando le responden-.
Necesito entrar. Quiero llegar hasta el fondo. No me importa cuántas personas
caigan en este cometido.
La sombra de don
Germán es larga, la de alguien que lleva muchos años en estos lares, pero la de
Saúl está comenzando a oscurecerlo todo.
Próximo Sábado: 2 de mayo (Capítulo 2)
El Oasis de las Letras

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